En Defensa del Software Libre

El buscamemes

Evgeny Morozov

Publicado el 10/12/2016. Última modificación 20/12/2016

El buscamemes

Publicado como “The Meme Hustler” en The Baffler #22, 2013. Traducción liberada bajo la Licencia de Producción de Pares con permiso del autor.

Mientras las mentes más brillantes de Silicon Valley “disrumpen”1 cualquier industria demasiado débil para pararlas, algo raro está ocurriendo con nuestro lenguaje. Las viejas, confiables palabras ya no significan lo que otrora; a menudo no significan nada en absoluto. Nuestro lenguaje, como todo lo demás en estos días, ha sido hackeado. Las ideas difusas, contenciosas y complejas han sido despojadas de sus connotaciones subversivas y reemplazadas por alternativas más limpias, brillantes y vacías; los debates sobre política, derechos y libertades han sido remoldadeados al lenguaje aparentemente natural de la economía, la innovación y la eficiencia. La complejidad, al final, no es particularmente viral.

Afortunadamente, Silicon Valley, esa fuente inagotable de conceptos berreta y paradigmas dudosos –de wiki-todo a i-algo, de e-nada a cualquier-cosa-abierta– esta lista para ayudar. Como un buen cura, está siempre disponible para consolarnos con la promesa de un futuro mejor, un plan más brillante, un vocabulario más pulcro. Esto no niega que muchos de los últimos dispositivos y apps sean fantásticos. Pero fijarse solo en la innovación tecnológica significa perderse de las formas más sutiles –y con más consecuencias– en las que un grupito de tecno-emprendedores ha asaltado nuestro lenguaje y con él, nuestra razón. En la última decada, Silicon Valley ha disparado su propia ola de innovación lingüística, una ola tan masiva que al romper ha hecho emerger una nueva forma de analizar y describir el mundo –una suerte de mentalidad de silicona. El viejo lenguaje se ha vuelto inútil; nuestro vocabulario pre-Internet, nos dicen, necesita una actualización.

Silicon Valley siempre ha tenido algo por los curas. Steve Jobs fue el irritable Papa que se merecía. Hoy en día, habiendo dominado el arte de la semana laboral de cuatro horas y los almuerzos sin gluten en cafeterías al aire libre, nuestros ministros digitales están empezando a predicar sobre asuntos que sobrepasan el mundo de los drones, las impresoras 3D y los cepillos de dientes inteligentes. Que eventualmente fuéramos robadas de un lenguaje con significado para discutir sobre tecnología era predecible. Que el imperialismo conceptual de Silicon Valley terminaría contaminando el resto de nuestro vocabulario no lo era.

La duradera vacuidad de nuestros debates sobre la tecnología tiene una causa principal y su nombre es Tim O’Reilly. Fundador y CEO de O’Reilly Media, editor aparentemente omnipotente de libros de tecnología y organizador incansable de conferencias de moda, O’Reilly es uno de los pensadores más influyentes de Silicon Valley. Áreas enteras del pensamiento –desde la informática a la teoría de administración y la administración pública– ya se han rendido a su pasión por las palabras pegadizas, pero O’Reilly sigue avanzando. Durante los ultimos quince años nos ha entregado gemas de la precisión analítica como “open source” [código abierto], “web 2.0”, “Estado como plataforma” y “arquitectura de participación”. O’Reilly no solo acuña sus expresiones favoritas, las promueve con celo religioso y envidiable perseverancia. Mientras Washington se vanagloria de tener a Frank Luntz, el estratega republicano que cambió “calentamiento global” por “cambio climático” y convirtió “impuesto a la propiedad” por “impuesto de muerte”, Silicon Valley ha encontrado su propio Frank Luntz en Tim O’Reilly.

Trazar las huellas intelectuales de O’Reilly no es una tarea fácil, en parte porque es muy vasta.2 A través de sus libros, blogs y conferencias ha amamantado a una generación entera de pensadores sobre tecnología, desde Clay Shirky a Cory Doctorow. Bloguero prolífico y usuario compulsivo de Twitter con más de 1,6 millones de seguidores, tiene gusto por escribir ensayos sobre el cambio tecnológico. Su ensayo sobre la “web 2.0” elucidó una filosofía básica sobre Internet de forma accesible tanto a académicas como a capitalistas de riesgo y cuenta más de seis mil referencias en Google Scholar. Nada mal para un autor no académico. También invierte en startups –las mismas que celebra en su actividad pública– a través de un fondo de riesgo que, como todas las cosas O’Reilly, lleva su propio nombre.

Estilizado y suave auto-promotor con una visión filosófica sobre todo, O’Reilly es el Bernard-Henri Levy de la Ruta 101 y el filósofo de la corte favorito de las elites TED. Su impresionante estatura intelectual en el valle probablemente pueda ser atribuida al simple hecho de que está mejor leído que el tecno-emprendedor promedio. Sus constantes referencias a los educados hombres del pasado –desde Arquiloco, el fabulista griego a Ezra Pound– lo hacen resaltar sobre todos esos desertores universitarios de Silicon Valley que no distinguen a Plotino de Plinio. Una vez recibió una beca del National Endowment for the Arts para traducir fábulas griegas –“Sócrates es [una de] mis compañías constantes”– y tiene el aire de un hombre listo para pelearse con las Grandes Preguntas del Universo (su título en Harvard sobre los clásicos le viene muy bien). Aunque haya dicho a Wired que “no me importa una mierda que las novelas literarias desaparezcan” porque “son un interés elitista”, O’Reilly rápidamente reconoce que las novelas le han formado profundamente en su vida. En 1981, el joven O’Reilly escribía una respetable biografía del escritor de ciencia ficción Frank Herbert, autor de la serie Dune, en la que se da el lujo de hablar de Martin Heidegger y Karl Jaspers.

No obstante O’Reilly y los alemanes muertos han seguido caminos separados hace mucho tiempo. En estos días está ocupado cambiando el mundo. Cualquier lista de tecnócratas inelectos que estén dándole forma al futuro de la política norteamericana debería tener su nombre en el primer lugar. Con una presencia a la Zelig en ambos lados del Atlántico, O’Reilly se codea con oficiales gubernamentales de Washington y Londres, dándoles consejo sobre la Próxima Gran Cosa. El pensamiento de O’Reilly sobre el “Gobierno 2.0” ha influenciado a muchos burócratas de la administración Obama, particularmente aquellos cuya tarea es la promoción del ideal amorfo del “gobierno abierto”, algo no tan fácil de hacer dentro de un gobierno inclinado a judicializar a soplonas y enviar drones hacia “no-te-podemos-decir-exactamente-dónde”. O’Reilly también está activo en discusiones sobre el futuro de la salud, con fuertes visiones sobre cómo debería ser la “Salud 2.0”.

Nada de esto es necesariamente malo. A primera vista, O’Reilly parece ser una muy necesaria voz de la razón –incluso de espíritu cívico– en el paraíso-gueto superficial e implacable que es Silicon Valley. Comparado con expertos de la tecnología ultra-libertarian como Peter Thiel y Kevin Kelly, O’Reilly podría pasar por un progresista de corazón. Incluso ha apoyado públicamente a Obama y apoyado muchas de sus reformas clave. Ha llamado a las programadoras jóvenes –las remeras esclavas de la galera Silicon Valley– a trabajar en “cosas que importen”, aunque preferentemente en el sector privado. Ha escrito favorablemente sobre el trabajo de oficiales locales poco conocidos que están transformando las ciudades estadounidenses. O’Reilly alguna vez dijo que la visión de su compañía es “cambiar el mundo mediante la difusión del conocimiento de los innovadores” mientras que en su credo personal se trata de “crear más valor del que capturas”. (Y ciertamente ha capturado un montón: su imperio editorial, otrora dedicado al humilde negocio de los manuales técnicos, ahora vale unos $ 100 millones de dólares.) Ayudar a personas con ideas similares encontrarse entre sí, afilar su mensaje, formar un movimiento social y cambiar el mundo: esto es de lo que se trata el imperio de O’Reilly. Su sitio web incluso alardea de su “larga historia de militancia, creación de memes y evangelismo”. ¿Quién dice que los gurúes espirituales no pueden tener su propio capital de riesgo?

La trayectoria personal de O’Reilly no fue atípica para Silicon Valley. En un ensayo del 2004 sobre sus libros favoritos (publicado en Tim O’Reilly para principiantes), confesaba que de joven tenía “esperanzas de escribir libros profundos que cambiarían el mundo”. O’Reilly agrega que gracias a un libro de ciencia ficción documentando las luchas de una joven contra una plutocracia corporativa (Rissa Kerguelen de F. M. Busby) abandonó esos sueños tempranos de escritura revolucionaria para entrar en el “negocio fundamentalmente trivial de la escritura técnica”. El libro mostraba el emprendedorismo como una “fuerza subversiva”, que convenció a O’Reilly que “en un mundo dominado por las grandes compañías, son las pequeñas las que mantienen viva la libertad, donde la economía es al menos uno de los campos de batalla”. Esta tendencia a ver los problemas de la libertad a través de la lente de la competencia económica, poniendo el foco en el productor y el emprendedor a expensas de todas las demás, configura el pensamiento de O’Reilly sobre la tecnología.

Sin embargo, no es la política lo que vuelve a O’Reilly el hombre más peligroso de todo Silicon Valley –pujante enclave del pensamiento randiano, rebosa de casos más locos. La maestría de O’Reilly para las relaciones públicas, por otro lado, no tiene rival y avergonzaría a muchos de los spin doctors más importantes de Washington. Nadie ha hecho más por volver los debates más importantes sobre la tecnología –debates que solían ser sobre derechos, ética y política– en celebraciones inocentonas del espíritu emprendedorista, mientras que el lenguaje economicista se convertía en la única forma razonable de hablar sobre el tema. Como descubrió O’Reilly hace mucho tiempo, los memes son para perdedores, el dinero está en las epistemes. Los tonos randianos del pensamiento de O’Reilly son difíciles de evitar, aun cuando ostente credenciales progresistas. “Existe una forma en que la esencia de la marca O’Reilly es en última instancia una historia sobre el hacker como héroe, el chico que está jugando con tecnología porque le encanta, pero que un día cae en una situación donde es llamado a salir y cambiar el mundo”, escribía en 2012. Pero no solo se trata de la hacker como una heroína que O’Reilly no se cansa de celebrar. Su verdadera heroína es la hacker-devenida-emprendedora, alguien que supera los innumerables obstáculos erigidos por corporaciones gigantes y burócratas perezosos, para cumplir con el Sueño Americano 2.0: empezar una compañía, disrumpir una industria, acuñar una buzzword. Escondido detrás de toda esta disrupción de brillantina está el mismo viejo pregón individualista del gobierno mínimo y el fundamentalismo de mercado que asociamos con los personajes randianos. Para Silicon Valley y sus ídolos, la innovación es el nuevo egoísmo.

O’Reilly se inició en el negocio en el ’78 al lanzar una consultora que se especializaba en escritura técnica. Seis años después, empezó a retener los derechos de algunos de los manuales que estaba produciendo para sus clientes individuales y gradualmente se abrió camino hacia la edición mainstream. Para mediados de los ’90, O’Reilly había alcanzado un éxito moderado en Silicon Valley. Le iba bien, habiendo encontrado un best-seller en The Whole Internet User’s Guide and Catalog [La guía completa del usuario de Internet y catálogo] y vendido el Global Network Navigator –posiblemente el primer portal de Internet con publicidad paga (“el primer sitio web comercial” como lo describe O’Reilly)– a AOL.

Fue la popularidad creciente del “software open source” lo que lo convirtió en una figura nacional (y al menos en los círculos geek, también internacional). El “software open source” fue también el primer gran ejercicio de cambio de marca llevado a cabo por el Equipo O’Reilly. Es donde puso a prueba todas sus intervenciones discursivas que ya son su marca: alojando un encuentro para definir el concepto, escribiendo ensayos provocativos para refinarlo, produciendo libros y eventos para popularizarlo y cultivando una red de pensadores para hacerle proselitismo.

El software que aseguraba los cuatro derechos luego mencionados se llamaba “software libre”. Era “libre” por su asociación a la “libertad” antes que a la “cerveza libre”. No había una oposición teórica a cobrar dinero por construir o mantener ese software. Para proveer cobertura legal, Stallman inventó una licencia muy ingeniosa que usaba las leyes de copyright para suspender sus provisiones más draconianas –un truco legal que es conocido como copyleft. La GPL (acrónimo de “General Public License” [Licencia Pública General]) se ha convertido en la más famosa y utilizada de estas licencias copyleft. Es fácil olvidarse esto hoy en día, pero no había algo conocido como software open source antes de 1998. La coherencia contemporánea aparente del concepto es producto de la manipulación astuta y el marketing. El software open source nació de la escisión ideológica entre dos grupos que, al menos antes de 1998, habían estado tradicionalmente juntos. En una esquina estaba el grupo de geeks apasionadas y con principios lideradas por Richard Stallman de la Free Software Foundation, preocupadas por asegurar que las usuarias tengan derechos con respecto a sus programas de computadoras. Esos derechos no eran muchos –las usuarias deben ser capaces de usar el programa con cualquier propósito, estudiarlo, re-distribuir copias y publicar sus propias versiones modificadas si las hubiese– pero aun esto parecía revolucionario en comparación a lo que se podía hacer con el software privativo de ese momento.

Desde sus mismos comienzos en los ’80, el movimiento iniciado por Stallman apuntaba a producir alternativas de software libre a sistemas operativos privativos como Unix y Microsoft Windows así como software privativo como Microsoft Office. El software de Stallman podría no haber sido el mejor, pero algún sacrificio en la eficiencia técnica era un precio digno de pagar por la emancipación. Alguna incomodidad era incluso deseable, porque el objetivo de Stallman, como decía en su ensayo de 1998 “Por qué el software libre es mejor que el open source”, era pedir que “la gente piense sobre cosas que de otra forma ignoraría”.

Lo que apuntalaba al proyecto de Stallman era una crítica profunda al rol de las regulaciones de patentes que se habían convertido en retenes para la innovación y la creatividad. Tal vez sin darse cuenta, Stallman argumentaba prescientemente sobre por qué el código y más ampliamente la infraestructura tecnológica, debía estar sometido al escrutinio público. Buscaba abrir las cajas negras tecnológicas que las corporaciones conspiraban por mantener cerradas. Si sus esfuerzos hubieran sido exitosos, podríamos estar viviendo en un mundo donde las complejidades del software utilizado en la bolsa o la identificación biométrica no presentaran mayores misterios.

Stallman es bastante idiosincrático, para decirlo levemente, y muchas geeks no comparten su agenda. Muchas desarrolladoras contribuyen a proyectos de software libre por razones que no tienen nada que ver con la política. Algunas, como Linus Torvalds, el creador finlandés del celebrado sistema operativo Linux, lo hacían por diversión. Otras porque querían construir software más conveniente. Y otras porque querían aprender habilidades nuevas y en demanda.

Una vez que el mundo corporativo empezó a expresar interés por el software libre, muchas geeks apolíticas presintieron una oportunidad de negocios lucrativa. Como decía el emprendedor tecnológico Michael Tiemann en 1999, mientras que el manifiesto de Stallman “se leía como una polémica socialista […] percibí algo diferente. Vi un plan de negocios disfrazado.” La militancia por los derechos que hacía Stallman, sin embargo, ponía en riesgo el interés corporativo. A Stallman no le importaba ofender a la gente de traje, porque su objetivo era convencer a las usuarias ordinarias para que elijan el software libre por motivos éticos y no venderlo a los negociantes como una alternativa más barata o eficiente al software privativo. Después de todo, estaba intentando lanzar un movimiento social radical, no una complaciente asociación de negocios.

Para principios de 1998 varios miembros de la comunidad del software libre con mente de negocios estaban listos para separarse de Stallman, por lo que planearon un golpe, formando su propio espacio de activismo –la Open Source Iniciative [Iniciativa por el Código Abierto]–, trayendo a O’Reilly para ayudarles en el cambio de marca. El tiempo era el correcto. Netscape acababa de rendirse ante Microsoft en las guerras entre navegadores y había prometido que las próximas versiones de Netscape Navigator serían gratuitas, a la vez que su código estaría disponible públicamente. Algunos meses después, O’Reilly organizaba un muy publicitado encuentro, donde algunos de los lealistas escogidos –¡democracia de silicona en acción!– votaron por open source [código abierto] como la marca preferida. Stallman no fue invitado.

La marca open source puede haber sido nueva, pero las ideas detrás de ella habían circulado antes. En 1997, aun antes del golpe, Eric Raymond –un cercano asociado de O’Reilly, libertarian apasionado y fundador del grupo con nombre auto-explicativo Geeks with Guns [Geeks con armas]– daba una charla muy intelectual llamada La catedral y el bazar, que preveía la emergencia una forma nueva y radicalmente colaborativa de producir software. (En 1999, O’Reilly lo convirtió en un exitoso libro.) Poniendo énfasis en su naturaleza altamente distribuida, Raymond capturó la esencia del software open source en forma de un gran paradigma que podía atraer tanto a consultores de McKinsey como a académicas de izquierda.

Aun antes del golpe, O’Reilly ocupaba un lugar ambiguo y comercialmente esencial en la comunidad del software libre. Por un lado, publicaba manuales que ayudaban a entrenar a las nuevas conversas a la causa. Por otro, esos manuales eran caros. También eran de excelente calidad, lo que, como se quejaba Stallman, desalentaban a la comunidad de producir alternativas más baratas. En última instancia, sin embargo, el desacuerdo entre Stallman y O’Reilly –siendo que este último se convertiría muy pronto en el animador más visible del paradigma del open source– probablemente haya tenido que ver con sus muy diferentes roles y aspiraciones. Stallman como reformista social podía esperar décadas hasta que sus argumentos éticos en favor del software libre prevaleciesen en el debate público. O’Reilly el hombre de negocios inteligente tenía un tiempo más corto: la adopción rápida del software open source por la comunidad empresarial garantizaba una demanda estable por los libros y eventos de O’Reilly, especialmente en un momento donde algunos analistas empezaban a preocuparse –y con buenas razones, como resultaría más tarde– porque la industria tecnológica estaba al borde del colapso. En aquellos días, la difusión del open source bordeaba ocasionalmente con la propaganda. Como decía Raymond en 1999 “lo que necesitábamos montar era efectivamente una campaña de marketing” que “requeriría poner en juego técnicas de marketing (spin, construcción de imagen y cambio de marca) para funcionar”. Este movimiento en ciernes se enorgullecía en no querer hablar sobre los objetivos que perseguía. A excepción de la mejora en la eficiencia y la reducción de costos, todo lo demás estaba bastante indefinido. En cambio, todo el énfasis estuvo puesto en cómo se estaban persiguiendo esos fines, es decir de forma totalmente decentralizada, utilizando plataformas de Internet, con poca coordinación central. En contraste con el software libre, el open source no tenía un componente moral obvio. Según Raymond, “el open source no es un problema particularmente moral o legal, porque […] conduce a mejores resultados en cuestión de ingeniería y términos económicos”. O’Reilly concurría. “No creo que sea un problema religioso. Se trata más bien de cómo estimular y encender la innovación”, anunció una década más tarde. Mientras que el software libre estaba orientado a que las desarrolladoras pierdan el sueño con problemas éticos, el software open source vino a terminar con su insomnio.

El golpe tuvo éxito. El proyecto de Stallman fue marginalizado. Pero O’Reilly y sus acólitos no ganaron por tener mejores argumentos. Ganaron porque tenían mejores relaciones públicas. Para lograr que su narrativa sobre el software open source sea creíble para un público con una creciente fascinación con Internet, O’Reilly produjo una historia de esta altamente particularizada, que luego tomó vida por sí misma. En pocos años, esa narrativa se volvió la forma estándar de hablar sobre la historia de Internet, dándole el tipo de coherencia intelectual que nunca tuvo realmente. Una década después de producir esta singular visión sobre la Internet para justificar sus ideas sobre la supremacía del paradigma del open source, O’Reilly está cerca de lograr un truco similar sobre cómo hablamos de la reforma estatal.

Para comprender cómo la idea de Internet que O’Reilly usó para legitimar el paradigma del open source, es importante recordar que muchos de los esfuerzos de Stallman se dirigieron a las licencias de software. La apuesta de O’Reilly fue que mientras el software migraba de los escritorios a los servidores –lo que luego llamaríamos “la nube” en otra muestra de amor por las palabras pegadizas– las licencias dejarían de importar. Ya que no hay un intercambio de código cuando usamos Google o Amazon, resulta contraproductivo obsesionarse por las licencias. “Dejemos de pensar en las licencias por un rato. Dejemos de pensar que eso es lo principal en la importancia del open source”, urgía O’Reilly en una entrevista para InfoWorld del 2003.

¿Pero entonces qué era lo que importaba del open source? No la “libertad” –al menos no en el sentido que le daba Stallman. A O’Reilly solo le importaba un tipo de libertad: la libertad de las desarrolladoras de distribuir software en los términos que quisieran. Esta era la libertad del productor, el emprendedor randiano, que debe ser dejado tranquilo para innovar, sin ser perturbado por las leyes ni la ética. La libertad más importante, como dijo O’Reilly en un intercambio con Stallman, es aquella que protege “mi libertad en tanto creador para darte, o no darte, los frutos de mi trabajo a vos la ‘usuaria’ de ese trabajo y de vos como usuaria, de aceptar o rechazar los términos en los que cedo mi regalo”.

Esto era un hondo contraste con el plan de Stallman para recortar –a través de la ética y algún día por las leyes– la libertad de las desarrolladoras para en cambio promover la libertad de las usuarias. O’Reilly se opuso a este programa: “Apoyo completamente el derecho de Richard [Stallman] o de cualquier autora individual de disponibilizar su trabajo bajo los términos de la GPL; pongo el freno cuando dicen que otras que no lo hacen están equivocadas”. Lo correcto, para él, es dejar en paz a las desarrolladoras. “Estoy dispuesto a aceptar cualquier argumento que diga que hay ventajas y desventajas sobre cualquier método de licenciamiento. […] Mi posición moral es que la gente debe ser libre de encontrar la que más le convenga”, escribió en 2001. Ese “lo que más le convenga” para las desarrolladoras podría eventualmente lastimar a todas las demás –lo esencial en el argumento de Stallman– no molestaba a O’Reilly. En su postura economicista, no tenían interés las externalidades.

Que tal debate pueda ser montado revela cuánto del bagaje político se ha infiltrado en los debates sobre políticas públicas una vez que el “software open source” reemplazó al “software libre” como el término elegido. Los estados son empujados constantemente a hacer cosas que a alguien en el sector privado no le gustaría, ¿por qué la industria del software debería ser especial? La promoción de la responsabilidad pública o la mejora de la seguridad de la red podrían disromper el modelo de negocios de alguien, ¿pero qué importa? Una vez que el término open source entró en nuestro vocabulario, pudimos re-interpretar el cálculo completo de las políticas públicas en términos muy diferentes. De esta forma, en lugar de discutir sobre el interés público, estamos discutiendo sobre los intereses individuales de desarrolladoras de software, mientras proclamamos que esta es una discusión sobre “innovación” y “progreso” y no sobre “responsabilidad” o “seguridad”. Según esta interpretación randiana del open source, el objetivo de las regulaciones y el activismo público deberían tender a que absolutamente nada –ni la ley ni las consideraciones morales– detengan la marcha de la revolución del open source. Cualquier intento de mover el asunto desde los frutos del trabajo de las desarrolladoras a la regulación pública debe ser rechazado, aun si su objetivo es promover una mayor adopción del software open source, ya que mancillaría la reputación del open source como tecnológica y económicamente superior al software privativo. Ocasionalmente esto lleva a paradojas, por ejemplo durante un acalorado debate en el 2002 sobre si los gobiernos deberian estar obligados a abandonar Microsoft y migrar a software open source. O’Reilly manifestó su vehemente oposición a tal propuesta. “Nadie debería ser forzado a elegir software open source, como nadie debería estar forzado a elegir software privativo. Cualquier victoria para el movimiento open source lograda privando a los usuarios de su derecho de elegir, sería una traición a los principios donde se plantan el software libre y el open source”, escribió en un artículo ampliamente discutido.

Para debilitar la posición de Stallman, O’Reilly tuvo que mostrar que el movimiento del software libre estaba luchando una guerra inútil y estúpida: el advenimiento de Internet volvió obsoleta su obsesión por las licencias. Hubo una buena cantidad de manipulación semántica en juego. Para Stallman, las licencias nunca fueron un fin por sí mismas; importaban solo en tanto codificaban un número de prácticas que derivaban de su visión de una buena vida mediada por la tecnología. En otras palabras, las licencias solo eran el medio para permitir el único fin que les importaba a las defensoras del software libre: la libertad. Una colección diferente de prácticas tecnológicas (por ejemplo, remplazar el software que corre en computadoas por software que corre en la nube) podrían haber construido fácilmente unos medios diferentes de garantizar esa libertad.

De hecho, la filosofía de Stallman, aunque rudimentaria, tenía todas las herramientas conceptuales adecuadas para permitirnos pensar sobre la conveniencia de mover todo a la nube. El consiguiente asalto a la privacidad, la centralización de los datos en las manos de un par de compañías, la creciente accesibilidad de datos sobre las usuarias para las agencias de orden público (que no se preocupan si quiera de conseguir una orden de allanamiento): todas esas consecuencias de la computación en la nube podrían haber sido predichas y analizadas, incluso si pelear contra esas consecuencia hubiera requerido de herramientas diferentes a las licencias.3 El ingenio de O’Reilly sobre las relaciones públicas descansó en lograr que casi todo el mundo confundiese los medios con los fines del movimiento del software libre. Ya que las licencias eran obsoletas, argumentó, las desarrolladoras de software pueden descartar los fines del proyecto de Stallman –es decir, su foco en los derechos y libertades de las usuarias. Muchas desarrolladoras efectivamente dejaron de pensar en las licencias y por ende dejaron de pensar en los problemas morales más amplios que hubieran sido centrales si el open source no hubiera desplazado al software libre como el paradigma actual. Seguramente hubo excepciones –como la comunidad altamente política y legalista que trabaja en Debian, otro sistema operativo– pero fueron las que probaron la regla.

Para maximizar el atractivo y la legitimidad de este nuevo paradigma, O’Reilly tuvo que establecer el open source como antecesor del software libre y que a su vez estaba en camino de dominar el mundo –que tenía tanto una historia como un futuro ricos. Logró el primer objetivo, en parte, explotando las ambigüedades del termino “open” (abierto); la segunda encuadrando el debate sobre Internet alrededor de su conexión compleja y causal con el software open source.

“Open” le permitió construir el paraguas más grande posible para el movimiento. El lenguaje economicista fue menos alienador que el lenguaje ético de Stallman. Esta “apertura” fue el tipo de término multipropósito que le permite parecer político mientras se avanza en una agenda que nada tiene que ver con política. Como O’Reilly mostró en el 2010, “el arte de promover”apertura" es evitar volverlo una cruzada moral, sino resaltar las ventajas competitivas de esta apertura“. Reemplacemos”apertura" con cualquier otro término político –por ejemplo “derechos humanos”– en esta oración y se vuelve claro que esta misión por una “apertura” fue políticamente ineficaz desde el comienzo. ¿Y qué pasa si a tu interlocutora no le importan para nada las ventajas competitivas? El término open source no fue inventado por O’Reilly. Christine Peterson, la co-fundadora del Foresight Instituto (un think tank de nano-tecnología), lo acuñó en una sesión de brainstorming en febrero de 1998 que había sido convocada como reacción a la liberación del código fuente del navegador web de Netscape, Navigator. Pocas palabras en el inglés contienen tanta ambigüedad y sensualidad como “open”. Después de la intervención grandilocuente de O’Reilly –“‘open’ permite experimentacion, ‘open’ fomenta la competencia, ‘open’ gana,” anunciaba– su encanto solo se intensificó. Sacando provecho de la ambigüedad del término, O’Reilly y sus colaboradores equipararon la “apertura” del open source con la “apertura” de los mercados, la libertad de expresión y los proyectos académicos. De este modo “open” podría significar cualquier cosa, desde “apertura a intercambio intelectual” (O’Reilly en 1999: “Una vez que empezás a pensar en el código fuente de las computadoras como si fuera lenguaje humano, vas a ver al open source como una variedad de la libertad de expresión”) a “abierto a la competencia” (O’Reilly en 2000: “Para mí, ‘open source’ en el sentido más amplio significa cualquier sistema donde el acceso abierto a escribir código disminuye las barreras para entrar en el mercado”).

Como era de esperar, la disponibilidad de código fuente para la examinación universal muy pronto se volvió el único estándar para medir la apertura. Lo que el código hacía tenía muy poca importancia –¡el mercado sabe más!– siempre y cuando cualquiera pudiera verificar “bugs”. El nuevo paradigma fue presentado como algo que escapaba a la ideología y que podía atraer a ejecutivos de corporaciones sin perder encanto ante la comunidad hacker. “Las implicaciones de la etiqueta open source es que intentamos convencer al mundo corporativo de adoptar nueestras formas por razones económicas, desinteresadas y no ideológicas” decía Eric Raymond en 1998. Lo que Raymond y O’Reilly no pudieron comprender, o decidieron omitir, es que su esfuerzo para presentar el open source como algo no ideológico fue apoyado por una ideología poderosa –una ideología que venera la innovación y la eficiencia a costa de todo lo demás.

Tomó un montón de trabajo creativo lograr que este paradigma persevere. Una táctica común fue presentar al software como si tuviera una historia mucho más larga, incluso anterior a 1998. Por tanto, poco después de la histórica reunión cumbre sobre el open source organizada por O’Reilly, Raymond dijo que “la reunión cumbre fue organizada por O’Reilly & Associates, una compañía que fue simbiótica con el movimiento open source por muchos años”. Que el término open source haya tenido solo unos pocos meses en el momento en que Raymond escribió esto no importó demasiado. La historia es algo que brillante agentes de relaciones públicas pueden arreglar facilmente. “Mientras pensamos en esto, dijimos, ¡dios mío!, es también una gran oportunidad en cuanto a relaciones publicas –somos una compañía que ha aprendido a trabajar las cosas desde las relaciones públicas”, dijo O’Reilly en 1999. “Parte de la agenda de este encuentro cumbre fue solo juntarnos y ver qué teníamos en común. La segunda agenda fue hacer una declaración de algún tipo diciendo que esto es un movimiento, que todos estos diferentes programas tienen algo en común.”

Lo que tenían en común era un desdén por la moralización de Stallman –aunque mantuvieron la suficiente para justificar su agenda revolucionaria, sobre todo hacia las comunidades hacker que tradicionalmente sospechaban de cualquier ansioso por chuparle las medias a las grandes corporaciones que aspiraban a dominar la escena open source.

Al conectar este nuevo movimiento con la historia de Internet y su futuro, O’Reilly evitó la mayoría de estas preocupaciones. No tenía que elegir open source, la decisión ya había sido tomada. Mientras todas creyeran que open source implicaba Internet y que Internet implicaba open source, sería muy difícil resistirse al nuevo paradigma. Como O’Reilly –siempre haciendo relaciones públicas– escribió en un ensayo en el 2004, “siempre me ha desilusionado y desconcertado que la comunidad del open source no haya reclamado a la web como uno de sus más grandes exitos […] ¡es un fracaso de las relaciones públicas!” Para compensar ese fracaso, O’Reilly tuvo que establecer alguna relación causal entre los dos –los detalles se podían afinar después.

“Creo que estamos atravesando un cambio de paradigma involucrando tanto al open source como a Internet y no está totalmente claro cual es el conductor y cual el pasajero, pero al menos son compañeros de viaje” anunció en una entrevista en InfoWorld. Comparado con el tipo de excitación universal generada por Internet, las charlas sobre licencias de Stallman eran tan excitantes como interpretar Mahler en un recital de Jay-Z. Como O’Reilly mismo reconoció, su “enfásis en hablar sobre open source nunca estuvo en los detalles de las licencias, sino en el open source como cimiento y expresión de Internet”. Cuando algo es promocionado tanto como cimiento y expresión de algo más, la lógica subyacente a esa idea podría beneficiarse de un poco más de rigor.

Contar una historia coherente sobre el open source requirió encontrar una lógica interna a la historia de Internet. O’Reilly estaba listo para esta tarea. “Si me creen cuando digo que open source se trata sobre la colaboración permitida por Internet, en lugar de un estilo particular de licenciamiento de software” decía en el 2000, “van a ver los hilos que atan no solo proyectos open source tradicionales, sino tambien projectos colaborativos de redes computacionales como _SETI@Home_, las críticas de usuarios en Amazon.com, las tecnologías como el filtrado colaborativo, nuevas ideas sobre marketing como esas expuestas en The Cluetrain Manifesto, weblogs y la forma en que los foros de Internet pueden mover el mercado de valores“. En otras palabras, todo en Internet estaba conectado con todo lo demás, vía el open source.

Como lo veía O’Reilly, muchos de los principales desarrollos de la cultura de Internet estaban motivados por lo que llamó “comportamiento open source”, aun si esos comportamientos no estaban codificados en licencias. Por ejemplo, el hecho de poder ver el código fuente de una página web en el navegador, que poco tiene que ver con el software open source, era para él parte del mismo espíritu de “apertura” que veía en acción en Internet. Ninguna moralización (ni hablar de legislación) era necesaria; Internet ya vivía y respiraba open source. Lo que no dijo es que, por supuesto, no tenía que ser así por siempre. Ahora que las aplicaciones están desplazando a los navegadores, la “apertura” que dábamos por sentada no existe más –contingencia que las licencias y la ética podrían haber prevenido fácilmente. La “apertura” como un accidente de las condiciones de mercado es un animal muy diferente que la apertura como producto de una garantía legal.

Una de las consecuencias principales de vincular Internet con el mundo del open source fue establecer la primacía de Internet como el nuevo y reinventado escritorio –como la más grande, incluso la máxima, plataforma para alojar servicios y aplicaciones de terceros. Acá es donde el ahora olvidado lenguaje de “libertad” re-aparece, dado que era importante garantizar que los randianos y heroicos hackers-emprendedores de O’Reilly pudieran transitar libremente. Pronto esta “libertad para innovar” se transformó en “libertad de Internet” donde lo que estamos tratando de preservar es el potencial innovativo de la plataforma, sin importar el efecto en las usuarias individuales.

Stallman tenía una oferta mucho más precisa y revolucionaria: una forma de pensar acerca de las libertades de las usuarias individuales en contextos específicos, como si el bienestar de la mega-plataforma fuera secundario. Pero esa visión nunca ocurrió. En su lugar, la militancia pública fue canalizada hacia preservar una configuración abstracta y reificada de las tecnologías digitales –“la Internet”– de manera que Silicon Valley pudiera continuar haciendo dinero aspirando nuestra información privada.

Amontonar todo en la etiqueta “libertad de Internet” tuvo sus ventajas para aquellas genuinamente interesadas en promover derechos como la libertad de expresión –el fervor religioso que muchas usuarias tienen acerca de Internet ayudó a catalizar muchas campañas activistas– pero el concepto también despuntó nuestra habilidad analítica para lograr un balance de derechos. Forzadas a decidir entre preservar la libertad de Internet o la de sus usuarias, se esperaba que eligiéramos la última –porque “la Internet” significa progreso e iluminación.

A finales de los ’90, O’Reilly comenzó a celebrar el “infoware” como la próxima gran cosa después del “hardware” y el “software”. La premisa era que las compañías de Internet como Yahoo! y E-Trade no estaban en el negocio del software sino en el del “infoware”. Su funcionalidad era bastante básica –permiten a clientes comprar o buscar algo en un mapa– por lo que la propuesta de valor yace en la información que entregan, no en las funciones del software que ejecutan. Todos esos sofisticados servicios de Internet que hacen posible que exista el infoware estaban armados en base a software open source. Al mostrar que el infoware era el futuro y que el software open source era su componente esencial, O’Reilly buscaba re-asegurar a aquellas que todavía no se habían sumado al movimiento del rol bisagra que tenía para el futuro de la computación, o aun de todo el progreso humano.

El infoware no se volvió popular, por lo que O’Reilly se volvió hacia el trabajo de Douglas Engelbart, el inventor idiosincrático que nos dió el mouse y el hipertexto, para argumentar que Internet podría ayudar a la humanidad a aumentar su “inteligencia colectiva” y que una vez más el software open source era crucial para lograrlo. Ahora se trataba de Amazon aprendiendo de sus clientes y de Google aprendiendo de sus sitios en su índice. La idea de que Internet es tanto un repositorio como una incubadora de “inteligencia colectiva” fue bastante atractiva para Silicon Valley, en particular porque intervino la retórica New Age de los ’70, pero la crisis de las puntocom forzó rápidamente a O’Reilly a suspender su filosofar. Cuando la burbuja tecnológica explotó, la demanda por manuales y conferencias (la mayor parte de su negocio) se encogió, mientras que también tuvo que lidiar con desagradables litigios relacionados con su sede central en Sebastopol, California. Despidió a un cuarto del personal y la situación parecía bastante terrible.

Así nació una conferencia de alta perfil, dirigida explícitamente a ayudar a los VIPs de Silicon Valley a “ver la forma que tendrá el futuro”. Pronto O’Reilly expandía la idea de la web 2.0 en un ensayo en coautoría con John Battelle, otro escritor y emprendedor. O’Reilly no pudo mejorar un concepto tan sensual como “inteligencia colectiva” así que lo mantuvo como la característica que define este nuevo fenómeno. Lo que diferencia a la Web 2.0 de la Web 1.0 según O’Reilly, fue el simple hecho que aquellas firmas que no abrazaron la primera terminaron quebrando. Todas las compañias de Silicon Valley deberían aprender la lección que dan las pocas que sobrevivieron: tienen que encontrar la manera de aprovechar la inteligencia colectiva y hacerla parte de su modelo de negocios. Deben convertirse en verdaderos portadores del espíritu de la Web 2.0. Luego, en el 2004, O’Reilly y Dale Dougherty, su compañero de negocios, se dieron con la idea de “Web 2.0”. ¿Qué es lo que significa “2.0”, exactamente? Esta etiqueta tenía una ambición teórica –más sobre esto después– pero el principal objetivo era mostrar que el colapso del mercado en el 2001 no significó el fin de la Web y que era el tiempo de dejar el colapso atrás y comenzar a aprender de los que lo sobrevivieron. Debido a la gran cantidad de capital retórico que se había puesto en vincular la idea de la web con la del open source, el fin de la web significaría también el fin de muchos otros conceptos. Tácticamente, la Web 2.0 podría ser mucho más grande que el open source; fue el tipo de término abarcativo y sexy que podría permitirle a O’Reilly diversificarse de temas extremadamente técnicos y aburridos hacia la futurología acelerapulsos. “Normalmente tenemos muchísimas charlas técnicas enfocadas en cómo usar software nuevo, construyendo nuestras conferencias para los hackers que están inventando el futuro y los early adopters4 que están llevando su trabajo al siguiente nivel” escribía O’Reilly en su blog anunciando su primer conferencia Web 2.0. “En contraste, Web 2.0 es nuestra primera ‘conferencia ejecutiva’ –una conferencia orientada a gente de negocios, con el foco puesto en el panorama general.”

La explicación que da O’Reilly del colapso es curiosa. Antes que nada, algunas de las compañías tecnológicas que se fueron en picada (se me ocurre Global Crossing) no podían emplear la inteligencia colectiva, porque estaban en el negocio de las telecomunicaciones. La mayoría de los fracasos memorables de las puntocom –casos como Pets.com– se fueron en picada porque estaban manejados por modelos de mercado estúpidos e inversores excesivamente exhorbitantes. (Pets.com hubiera tenido una propuesta aun peor si hubiera seguido el manual de O’Reilly y se hubiera convertido en una compañía de la Web 2.0.) Además, compañías que no siguieron el mantra de la Web 2.0 –como Barnes & Noble, que O’Reilly ejemplificó como una compañía que a diferencia de Amazon, no estaba aprendiendo de la inteligencia colectiva –no quebraron.

Para el 2007 O’Reilly admitía sin problemas que “Web 2.0 fue un nombre bastante berreta para lo que está pasando.” En el 2004, sin embargo, parecía tomárselo muy en serio, promoviendo este concepto a diestra y siniestra. La etiqueta prendió; como el open source era ambigua y lo suficientemente amplia como para permitir muchísimos usos alternativos e interpretaciones. Los socios de O’Reilly con quienes organizó la conferencia registraron la marca Web 2.0, pero esta noticia no fue bien recibida por sus compañeros de viaje (un esfuerzo similar por registrar “open source” como marca de la Open Source Initiative no prosperó). Una vez que Web 2.0 se estableció como una referencia cultural, O’Reilly podía aventurarse fuera de Silicon Valley y establecer su relevancia en otras industrias. Como el software open source dio nacimiento a las “políticas open source” y la “ciencia open source” también la Web 2.0 expandió su imperio terminológico. O’Reilly eventualmente puso la etiqueta “2.0” atrás de todo lo que se acomodara a su plan de negocios, organizando eventos como Gov 2.0 y Where 2.0. Hoy, cuando todos compraron el paradigma 2.0, O’Reilly esta abandonándolo silenciosamente. El año pasado su conferencia Where 2.0 sobre geolocalizacion fue renombrada como Where. Lo excepcional se convirtió en lo normal.

Clasificar las alrededor de seis mil publicaciones académicas que citan el ensayo de O’Reilly sobre la Web 2.0 no es tarea fácil. Pareciera que cualquiera que quisiese declarar que una revolución estaba en marcha dentro de su propia disciplina lo hacía simplemente invocando la idea de la Web 2.0 en su propio trabajo:

Lo que une a la mayoría de estas publicaciones es la suposición de fondo que gracias a la llegada de la Web 2.0, estamos viviendo circunstancias históricas únicas. Excepto que no hubo ninguna llegada de la Web 2.0 –era solo una forma de vender conferencias sobre tecnología a un público seriamente quemado por el colapso de las puntocom. Por qué alguien lidiando con manejo del estrés o Wittgenstein se conmovería por la logística de la organización de conferencias es un misterio.

O’Reilly mismo fue el pionero de esta 2.0-ficación del discurso público, reinterpretando agresivamente tendencias que estuvieron sucediendo durante décadas a través del prisma de la historia de Internet –una movida que presentó todas esas tendencias como consecuencia lógica de la revolucion de la Web 2.0. Por ejemplo, las reflexiones de O’Reilly sobre las “Empresas 2.0”. ¿Qué son, exactamente? Bueno, es la misma empresa –por lo poco que sabemos, podrían estar fabricando chirimbolos– pero que aprendió algo de Google y Amazon, parar encontrar una forma de aprovechar la “inteligencia colectiva”. Para O’Reilly, Walmart es la Empresa 2.0 por excelencia simplemente porque monitorea en tiempo real todo lo que compran sus clientes.

Que esto sea una práctica bastante estándar –conocida bajo el aburrido nombre de “delivery justo a tiempo”– anterior a Google y Amazon no fue registrado por O’Reilly. En el mundo de la Web 2.0, todos esos conceptos antiguos no importan o ni siquiera existen; todo fue impulsado por las fuerzas del open source y la Internet. ¡Una revolución estaba en ciernes!

Esta fue una consecuencia típica de descansar en la Web 2.0 como la metáfora que guiaba la época: en el caso de las Empresas 2.0, una tendencia que tiene poca conexión con Internet fue reinscrita en su marco, como si pegándole la etiqueta 2.0 fuera lo único necesario para establecer el paralelismo lógico entre los mundos de la venta minorista y la búsqueda. Esta tendencia a re-describir la realidad en términos de la cultura de Internet sin importar cuan espurio y poco convincente sea el vínculo, es un buen ejemplo de lo que llamo “Internet-centrismo”.

La Web 2.0 pronto se volvió en la manera preferida de explicar cualquier cambio que estuviera sucediendo tanto en Silicon Valley como más allá de este. La mayoría de los analistas de tecnología simplemente tomaron prestada la etiqueta Web 2.0 para explicar cualquier cosa que necesitara explicación, tomando su utilidad y objetividad por sentado. Open source nos dio la Internet, que nos dio la Web 2.0 y esta a su vez nos dió la empresa 2.0: en esta versión de la historia, Tim O’Reilly es más importante que la Unión Europea. Todo lo que necesitaba re-pensarse y re-hacerse: empresas, gobiernos, el sistema de salud pública, las finanzas, la producción fabril. Para O’Reilly, había pocos problemas que no pudieran resolverse con la Web 2.0: “Nuestro mundo está plagado de problemas […] desde turbios mercados financieros hasta el calentamiento global, desde sistemas de salud deteriorados hasta intratables guerras religiosas […] muchos de nuestros sistemas más complejos están alcanzando sus límites. Nos sacude que la Web nos enseñe nuevas maneras de abordar estos límites.” La Web 2.0 fue una fuente de sabiduría didáctica y O’Reilly tenía las herramientas necesarias para interpretar qué nos quería decir en todos los contextos, sean mercados financieros o calentamiento global. Todos estos contextos pertenecen a Internet ahora. El Internet-centrismo ganó.

En su libro de 1976 Charla loca, charla estúpida, Neil Postman señaló cierto imperialismo lingüístico que impulsa charlas locas. Para Postman, cada actividad humana –religión, ley, matrimonio, comercio– representa un “ambiente semántico” distinto con su propio tono, propósito y estructura. La charla estúpida es relativamente inofensiva; no presenta riesgo alguno hacia su ambiente semántico y no cruza hacia otros. Dado que consiste mayoritariamente de falsedades y opiniones “dadas por una persona falible sobre las observaciones de otra persona falible” puede ser fácilmente corregida con hechos. Por ejemplo, decir que Teherán es la capital de Iraq es charla estúpida. La charla loca, en contraste, desafía al ambiente semántico, dado que “establece propósitos y conjeturas diferentes de aquellas que normalmente aceptamos”. Argumentar, como algunos nazis lo hicieron, que los soldados alemanes terminaron mucho más traumatizados que sus víctimas es charla loca.

Para Postman, una de las principales funciones del lenguaje es codificar y preservar las distinciones entre los distintos ambientes semánticos. “Cuando el lenguaje se vuelve indiferenciable, las situaciones humanas se desintegran: la ciencia deja de distinguirse de la religión, que deja de distinguirse del comercio y este de las leyes, etc. Si cada una cumple la misma función, entonces ninguna de ellas cumple ninguna función. Cuando este proceso ocurre, la palabra apropiada es contaminación.” Algunas palabras –como “ley”– son particularmente suceptibles a las charlas locas, ya que significan diferentes cosas: desde las leyes científicas, pasando por las leyes morales, hasta las leyes del mercado y las administrativas, la misma palabra captura muchas relaciones sociales diferentes. “Abierto”, “redes” e “información” funcionan de manera similar a la palabra “ley” en el contexto del discurso actual sobre Internet.

El pensamiento de Postman sobre el funcionamiento interno del lenguaje fue fuertemente influenciado por el trabajo de Alfred Korzybski un conde polaco recordado por su libro Ciencia y sanidad de 1933. Korzybski fue el fundador de un movimiento llamado semántica general. Aunque ha inspirado a varios peligrosos y extraños seguidores –el cientólogo L. Ron Hubbard afirma haber sido un fan– también ganó el apoyo de varios pensadores serios, desde cibernéticos como Anatol Rapoport hasta filósofos como Gaston Bachelard. Para Korzybski, el mundo tiene una estructura relacional que está siempre fluyendo; como Heráclito, quien argumentaba que todo fluye, Korzybski creía que un objeto A en un tiempo x1 no es el mismo que el objeto A en un tiempo x2 (recomendaba identificar cada término en uso con un número de relevancia para poder distinguir la “ciencia de 1933” de la “ciencia de 2013”). Nuestro lenguaje podrúa no conseguir nunca la estructura altamente fluida y relacional de nuestra realidad –o como dijo en su más famoso aforismo, “el mapa no es el territorio”.

Korzybski argumentó que nos relacionamos con nuestro ambiente mediante el proceso de “abstracción”, donde nuestras limitaciones neurológicas siempre producen un incompleto y muy selectivo resumen del mundo que nos rodea. No había nada perjudicial en esto per sé –Korzybski simplemente quería concientizar a la gente de la naturaleza altamente selectiva de la abstracción y darnos herramientas para detectarlas en las conversaciones diarias. Quería inducir artificialmente a lo que llamaba una “demora neurológica” para conseguir mayor conciencia de cómo una persona responde a estímulos verbales o no verbales, comprender qué características de la realidad fueron omitidas y reaccionar en consecuencia.

Con ese fin, Korzybski desarrolló varias herramientas mentales con el fin de revelar todas las abstracciones que nos rodean; patentó el más famoso –el “diferencial estructural”– en la década del ’20. También alento a sus seguidoras a empezar a usar “etc.” al finalizar sus oraciones como forma de llamar la atención sobre la inherente incapacidad de decirlo todo sobre un tema determinado y promover lo que llamó la “conciencia de la abstracción”.

Las teorías de Korzybski eran demasiado locas y basadas en mala ciencia como para haber sido tomado en serio como pensador, pero su pregunta básica –como dice Postman “¿cuáles son las características del lenguaje que lleva a la gente a realizar falsas evaluaciones del mundo que la rodea?”– aun hoy es relevante.

Tim O’Reilly es tal vez el seguidor de más alto perfil de las teorías de Korzybski. O’Reilly se introdujo en el pensamiento de Korzybski cuando en su adolescencia trabajó con un hombre muy extraño llamado George Simon, en medio de la contracultura californiana de los ’70. O’Reilly y Simon daban talleres en el Esalen Institute –en ese entonces un hervidero del “movimiento del potencial humano” que buscaba desatar el potencial oculto de sus seguidoras y aumentar su felicidad. Al unir la filosofía de Korzybski con el yoga integral de Sri Aurobindo, Simon tuvo una inmensa influencia en el joven O’Reilly. La re-lectura que hizo Simon de la semántica general, recordaba O’Reilly en el 2004, “me dio una base sobre la que observar a la gente y reconocer aquello que veía, que es el fundamento de mi filosofía personal al día de hoy”. (En el ’76, un O’Reilly de 22 años editó y publicó los cuadernos de Simon luego de que este muriera en un accidente; aun para los estándares de los ’70, esos cuadernos son llanamente delirantes.)

O’Reilly reconoce abiertamente su deuda con Korzybski, incluyendo Ciencia y sanidad entre sus libros favoritos y mostrando visualizaciones del diferencial estructural en sus presentaciones. Sería un error pensar que sus intervenciones lingüísticas –desde open source a web 2.0– son aleatorias o espontáneas. Tienen una filosofía detrás: una filosofía del conocimiento y el lenguaje inspirado por Korzybski. Sin embargo, O’Reilly emplea a Korzybski de la misma forma que la industria publicitaria emplea los últimos descubrimientos de la neurociencia: el objetivo no es aumentar la conciencia, sino manipularla. Si las semanticistas generales intentaban revelar la vacuidad subyacente a muchos conceptos que contaminan el debate público, O’Reilly aplica algunas de las ideas de Korzybski para practicar una contaminación propia.

Por supuesto, O’Reilly percibe su rol de otra manera, diciendo que todo lo que quiere es hacernos concientes de aquello que otras comentaristas podrían haber pasado por alto. “Una metáfora es solo eso: una forma de enmarcar los problemas de forma que las personas puedan ver algo que de otra forma se perderían”, [respondió]((http://blogs.gartner.com/andrea_dimaio/2009/09/08/why-government-is-not-a-platform/) a una crítica que lo acusaba de incontinencia lingüística. Pero el punto de Korzybski, si se lo absorbe plenamente, es que una metáfora es principalmente una forma de enmarcar problemas de manera que no veamos algo de otra forma veríamos.

En público, O’Reilly se presenta modestmente como alguien que casualmente sobresale en detectar las “débiles señales” de las tendencias emergentes. Logra esto al monitorear un grupo de über-innovadores a los que llama “los geeks alpha”. “Estos geeks alpha nos muestran a dónde quiere ir la tecnología. Las empresas inteligentes siguen y apoyan su ingenio en lugar de suprimirlo”, escribe. Su función es la de intermediar –ser quien se asegure que los geeks alpha son escuchados por los ejecutivos correctos: “Los geeks alpha a menudo se encuentran algunos años adelantados a su tiempo […] lo que hacemos en O’Reilly es monitorearlos, aprender de ellos e intentar difundir la palabra escribiendo (o ayudándoles a escribir) lo que han aprendido, para luego publicarlo en libros o en la web.

El blog de su compañía, llamado O’Reilly Radar está pensado para posicionarlo como un intelectual independiente que simplemente se encuentra a la vanguardia de sus pares en cuanto a captar lo obvio. Algunos contribuidores regulares a este blog tienen títulos como “corresponsal”, dándole a esta operación un manto de objetividad y desinterés, con O’Reilly como un mero comentarista con el conocimiento suficiente para proveer algo de contexto a los ocupados ejecutivos de Silicon Valley. Una cita de Edwin Schlossberg que le gusta mucho –“la habilidad de escribir es crear un contexto donde otras personas puedan pensar”– es utilizada para explicar su disposición a involucrarse en campos disímiles entre sí. Mientras la Web 2.0 se vuelve central a todo, O’Reilly –el mayor exportador de charlas locas del mundo– se encuentra en una misión para proveer el “contexto” apropiado para cada campo.

En un fascinante ensayo publicado en el 2000, O’Reilly nos ilumina sobre su modus operandi. El pensador que emerge de este texto es muy distinto del espíritu de objetividad que busca cultivar en público. Este ensayo es de hecho una oda reveladora a lo que llama “ingeniería memética”: “Así como la ingeniería genética nos permite modificar genes, la ingeniería memética nos permite organizar y dar forma a ideas para que puedan transmitirse más efectivamente y tener el efecto deseado cuando lo son.” En una movida digna de Frank Luntz, O’Reilly crea mediante ingeniería memética un buen eufemismo –“ingeniería memética”– que describe lo que antes se conocía como “propaganda”.5

El objetivo putativo del ensayo es mostrar cómo se puede hacer ingeniería memética de un nuevo significado para las tecnologías P2P –tradicionalmente asociadas a la piratería– y volverlas amigables y no amenazantes a la industria del entretenimiento. Liderando con el ejemplo, O’Reilly invoca su éxito en renombrar software libre como open source. La llave del éxito, dice, está en “darle un giro completamente diferente a lo que anteriormente se consideraba el ‘mismo espacio’”. Para lograrlo, O’Reilly y sus acólitos “cambiaron la lista canónica de proyectos que queríamos sostener como ejemplos del movimiento”, al mismo tiempo que articulaban los objetivos más amplios a los que servían esos proyectos. Continúa refritando una narrativa familiar: O’Reilly pone la Internet en el centro de todo, vinculando algunos proyectos de software libre como Apache o Perl con startups y servicios exitosos. Como resultado, el objetivo del movimiento ya no era la producción de un sistema operativo completamente libre, independiente y funcional sino la adoración de los dioses de Internet.

Otro ejemplo de ingeniería memética es su intento de establecer un vínculo intelectual fuerte entre el desarrollo de Unix –un sistema operativo privativo al que Stallman intentaba reemplazar con software libre– y el desarrollo del open source y la Internet. Entonces, por ejemplo, proclamó que Unix fue construido y mejorado bajo el espíritu del open source porque sus animadoras académicas ya intercambiaban código entre ellas en los ’70. Que aquellos intercambios hayan sido parte normal de la despreocupada cultura académica y poco que ver con actitudes filosóficas con respecto al código no debilita el argumento; de hecho, es recuperado como una ventaja, ya que el modelo del open source puede presentarse como una extensión del método científico. (Ya que O’Reilly jugó un papel importante en la producción de manuales de Unix, su propia contribución al desarrollo de Internet y el open source adquiere un significado aun mayor.)

Pero la ingeniería memética sobre Unix no se detiene en el nivel puramente discursivo. En sus charlas y escritos, a menudo apunta a un libro altamente técnico editado en 1984 –El ambiente de desarrollo Unix– como prueba de que, al menos en cuanto a la colaboración, Unix fue una especie de proto-Internet. En efecto, el artículo de Wikipedia sobre el libro dice que “este libro es tal vez más valioso por su exposición de la filosofía Unix donde herramientas pequeñas colaboran entre sí con entradas y salidas estandarizadas. Esta filosofía y la arquitectura en la que se basaba fue la que permitió a los proyectos open source ensamblarse en sistemas más grandes como Linux, sin una coordinación explícita entre desarrolladores”.

¿Podría ser que O’Reilly tiene razón en proclamar que el open source tiene una historia previa a 1998? Wikipedia no nos dice mucho. En una charla en Berkeley, O’Reilly admitió que fue el editor del artículo en Wikipedia sobre el libro. O’Reilly se encuentra perfectamente posicionado para controlar nuestro discurso sobre la tecnología: como editor, puede sacar todos los libros necesarios para promover sus memes favoritos –y una vez que se encuentran codificados en forma de libro, pueden ser fácilmente admitidos en Wikipedia, donde rápidamente se convierten en hechos. ¿Qué podría no gustarnos de la “inteligencia colectiva”?

Tomemos los esfuerzos de ingeniería memética sobre la ciberguerra. En un artículo sobre el tema, discurre sobre cuán estrecha es la definición de la “ciberguerra” y sugiere expandirla para que incluya conflictos entre estados e individuos. Ahora bien, ¿quién se beneficia de esta definición más amplia de la “ciberguerra”? ¿Podrían ser aquellos que, como O’Reilly, no son capaces aun de captar una porción de la torta del presupuesto para ciberseguridad? Si la ingeniería memética triunfa, podríamos terminar clasificando hechos que deberían tratarse como crímenes, espionaje o terrorismo bajo la etiqueta ambigua de la “guerra”. Tal reformulación sería desastrosa para las libertades civiles y la privacidad y solo exacerbarían la ya horrible persecución legal a hacktivistas. Probablemente no falte mucho para que el imperio mediático de O’Reilly incorpore una “corresponsal de ciberguerra”. Vistas a través del prisma de la ingeniería memética, las actividades de O’Reilly parecen aun más siniestras. Sus “corresponsales” del Radar no trabajan sobre temas, sino sobre memes y epistemes, reformulando constantemente los problemas públicos de acuerdo a las plantillas profetizadas por O’Reilly. Recientemente, por ejemplo, se ha interesado en el meme de la “Internet industrial”, participando en eventos en conjunto con General Electric y hablando sobre la empresa en el blog. Una vez que el meme de la “Internet industrial” se hace público, solo la falta de imaginación previene a los escritores de O’Reilly a verlo en todos lados. Así describe uno de ellos una empresa que de otra forma no entraría dentro de los límites del meme: “Estoy seguro que [su fundador] no usaría las palabras ‘Internet industrial’ para describir lo que él y su equipo están haciendo y hablar de 3Scan de esta forma podría resultar forzado. Pero pienso que son un ejemplar de muchos de los principios fundamentales de este meme y resulta interesante pensarlos desde este marco.” Cinco años después, ¿te sorprendería que exista algo llamado la Internet industrial cuyo objetivo principal es defender la libertad de General Electric de “innovar” como le plazca?

En el bestseller del 2007 Words That Work [Palabras que funcionan] el operador republicano Frank Luntz lista las diez reglas de la comunicación efectiva: simpleza, brevedad, credibilidad, consistencia, novedad, sonido, aspiración, visualización, cuestionamiento y contexto. Aunque O’Reilly utiliza muchas de ellas, también tiene algunas propias. El uso astuto de la visualización, por ejemplo, le ayuda a crear su mensaje de forma que sea agudo y abierto. Por lo tanto, la ingeniería memética que practica a menudo resulta en “mapas de memes”, donde el meme a definirse –ya sea open source o web 2.0– es puesto en el centro, mientras que otros términos se colocan como conectados a él.

La naturaleza exacta de estas conexiones raramente es explicada, lo que resulta aun mejor, porque la lectora eventualmente las interpreta con su propia agenda en mente. Es por esto que el nombre del meme tiene que ser lo más inclusivo posible, porque nunca se sabe quienes serán tus aliados. “Una parte importante de la ingeniería memética es encontrar un nombre que cree un gran paraguas bajo la que mucha gente quiera estar, un tren que lleve a mucha gente a donde quieren ir”, escribe. Una vez que el meme es concebido, el resto del imperio O’Reilly puede involucrarse y ayudar a convertirlo en realidad. Sus conferencias, por ejemplo, juegan un rol crucial: “cuando observas nuestros eventos, en última instancia se trata de rescribir el mapa memético en cada uno de ellos. La web 2.0 se trataba de distinguir las empresas que sobrevivieron la crisis de las puntocom de aquellas que no. Los estratos se tratan de definir el nuevo campo de la ciencia de datos. La velocidad se trata de dejar en claro que las aplicaciones de la web dependen de gente manteniéndolas en pie, al contrario de generaciones pasadas de software que eran meros artefactos.”

Existe una considerable continuidad entre estos memes –a medida que pasa el tiempo, se mezclan unos con otros. De esta forma, como dice O’Reilly, “open source fue una gran reformulación del meme en su día, superando algunas de las limitaciones del ‘software libre’, aunque no fue el fin de la historia”. O’Reilly ha perdido interés en open source y web 2.0, migrando hacia nuevos memes: “Estado como plataforma” y “regulación algorítmica”. Solo podemos adivinar lo que vendrá. Esta destreza no solo le ayuda a organizar nuevos eventos e invertir en startups, también, como atestiguan los seis mil papers que citan la web 2.0, le permiten dejar una huella gigante en nuestra cultura.

Todas las patologías familiares de su pensamiento están puestas en juego en su búsqueda por hacer ingeniería memética hacia el “gobierno 2.0”. El escenario del software libre se repite: los esfuerzos para las reformas profundamente políticas ya no se presentan como “cruzadas morales” sino que se re-inventan como meros intentos de incrementar la eficiencia y promover la innovación.

Antes de que O’Reilly comenzara la búsqueda de un meme que sea un gran paraguas, había muy poca cohesión entre los muchos esfuerzos por utilizar tecnología para transformar el Estado. Algunas esperaban que la digitalización ayudara a reducir la burocracia y permitiera realizar los trámites tributarios en línea. Otras esperaban la llegada de los consejos deliberantes electrónicos que permitieran a las ciudadanas deliberar sobre las políticas que les afectan. Otro grupo esperaba que la digitalización volviera más transparentes y responsables a los gobiernos, al forzarlos a publicar algunos de los documentos obtenidos a través de la Freedom of Information Act6. Finalmente, hubo aquellos que pensaban que la disponibilidad y liquidez de la información estatal llevaría al surgimiento de proyectos emprendedores que promoverían la economía.

Muchos de estos esfuerzos comenzaron mucho antes que la web y no tenían una conexión obvia con la cultura de Internet, ni hablar de la web 2.0. Ocasionalmente, estos cuatro esfuerzos –mayor eficiencia, deliberación, transparencia e innovación– se superpusieron, pero han sido llevados por dos agendas distintas. Por un lado, el grupo interesado en la eficiencia y la innovación realizó campañas de carácter económico, sin interesarse particularmente en la naturaleza política de los regímenes que buscaban reformar. Singapur –donde cualquiera puede hacer trámites en minutos– era su modelo a seguir.

La otra facción, interesada en la deliberación y la transparencia, se preocupaba principalmente en la transferencia de poder desde los gobiernos a las ciudadanas y en el incremento de la responsabilidad de las instituciones públicas. Argumentaban que las ciudadanas tiene el derecho a obtener información sobre cómo operan sus gobiernos. Tales demandas explícitamente políticas se convirtieron en la piedra de toque de varias campañas por el derecho a la información. Este segundo grupo no aceptaría a la autoritaria Singapur como modelo, ya que la mayoría de sus e-innovaciones hacen muy poco por promover una participación ciudadana significativa en la elaboración de políticas o el incremento de la responsabilidad.

No es sorprendente que la mayoría de los estados modernos prefieran los aspectos económicos de la digitalización que los políticos. Los esquemas innovadores, como los sistemas de estacionamiento inteligentes, pueden ayudar en el momento de las elecciones; la publicación de deliberaciones gubernamentales probablemente cause dolores de cabeza. Los gobiernos de derecha tienen una razón más para celebrar el economicismo del primer grupo: la publicación de información agregada sobre la performance de proveedores de servicios públicos puede ayudar a convencer al electorado que esos servicios deberían ser provistos por el sector privado.

Al principio del 2000, mientras O’Reilly y sus camaradas celebraban el open source como el nuevo y revolucionario abordaje de todo, sus discusiones empezaron a derivar en debates sobre el futuro del gobierno. Por eso, un término como “gobierno abierto” –que hasta el momento había sido utilizado como sinónimo de “gobierno transparente y responsable”– fue re-inventado como una versión recortada de “gobierno de código abierto”. La implicación de este pequeño y sutil cambio lingüístico fue que los principales atributos culturales del open source –la disponibilidad del código fuente para la inspección pública, la inmensa contribución que puede hacer al crecimiento económico, el nuevo modelo de producción decentralizada, basado en las contribuciones de numerosas participantes altamente distribuidas– desplazaron los viejos criterios de “transparencia” y “responsabilidad” como los atributos más deseables del gobierno abierto. La acuñación de términos pegadizos como “gobierno abierto” tenía como objetivo la producción de una noción muy diferente de apertura.

Inicialmente, O’Reilly tuve un rol muy pequeño en este proceso. El meme del open source fue lo suficientemente promiscuo como para redefinir muchos términos importantes sin su intervención. Pero en el 2007, O’Reilly organizó otra cumbre a la que atendieron tecnólogos y hackers cívicos con el fin de idear una lista de los principios claves del gobierno abierto. El grupo hizo una lista de ocho principios, todos ellos enfocados al problema puramente técnico de asegurar que, una vez que los datos fueran publicados por el estado, nada los pudiera detener. Mientras estos “datos abiertos” fueran líquidos y reutilizables, otros podrían construir sobre ellos. Ni el proceso político que llevaría a la publicación de los datos ni sus contenidos fueron considerados relevantes para esta apertura. Entonces, los datos acerca de cuántas mascadoras de chicle envía Singapur a la cárcel serían “abiertos” siempre que el gobierno singapurense los compartiera en formatos adecuados. Por qué los compartiría resulta irrelevante.

Con el triunfo de Obama, Washington se convirtió en territorio de caza para todo lo que sea 2.0. Aquí es donde O’Reilly volcó toda su atención en la reforma estatal, lanzando y manipulando varios memes a la vez –“gobierno 2.0”, “gobierno abierto” y “Estado como plataforma”– para establecer la primacía semántica de la dimensión economicista de la digitalización. Una década antes, O’Reilly había redefinido la “libertad” como la libertad de los desarrolladores de hacer lo que quisieran, ahora era el tiempo de reciclar la “apertura” del estado en términos puramente económicos y orientados a la innovación mientras se minimizan las connotaciones políticas.

Sus escritos sobre el gobierno 2.0 revelan el mismo ingeniero de memes que con tanto talento nos diera el open source y la web 2.0. En su ensayo seminal sobre el tema, mezcla ambientes semánticos sin una pizca de arrepentimiento. Tanto la web 2.0 como el gobierno 2.0, argumenta, nos devuelven a maneras más tempranas y simples, lejos de la complejidad innecesaria de las instituciones modernas. “La web 2.0 no era una nueva versión de la World Wide Web, sino un renacimiento luego de la edad media de la burbuja de las puntocom, un redescubrimiento del poder escondido en el diseño original de la WWW. De la misma forma, el gobierno 2.0 no es un nuevo tipo de gobierno, sino un gobierno despojado hasta el núcleo, redescubierto y reimaginado como si fuera la primera vez.”

Una vez establecido que los nuevos paradigmas del Estado pueden modelarse a semejanza del éxito de las empresas tecnológicas, O’Reilly puede argumentar que “es importante pensar profundamente acerca de lo que los tres principios de diseño que son la transparencia, la participación y la colaboración significan en el contexto de la tecnología”. Estos eran los mismos tres principios que el gobierno de Obama articulaba en sus “Directivas para el Gobierno Abierto”, publicadas en su primer día como presidente. ¿Pero por qué tenemos que pensarlos en el “contexto de la tecnología”? La respuesta es bastante simple: lo que sea que la transparencia y la participación significaran ya no importa. Ahora que estamos en la era de Todo 2.0, el significado de estos términos será dictado por las posibilidades e inclinaciones de la tecnología. ¿Y qué es la tecnología actual sino el open source y la web 2.0?

Por ejemplo, así es como O’Reilly intenta hacer reingeniería del meme de la transparencia:

La palabra “transparencia” nos puede desviar mientras pensamos en la oportunidad que es el gobierno 2.0. Sí, es bueno que los datos del Estado estén disponibles para que los periodistas y grupos activistas como la Sunlight Foundation7 puedan publicar los costos inflados de proyectos estatales o resaltar la influencia de los lobbies. Pero eso es sólo el comienzo. La magia de los datos abiertos es que su misma apertura puede habilitar la transparencia que también habilita la innovación, como cuando los desarrolladores construyen aplicaciones que reutilizan los datos del estado de maneras inesperadas. Afortunadamente, Vivek Kundra y otros en el gabinete comprenden esta distinción y están proveyendo datos para ambos propósitos.

Vivek Kundra es el ex-jefe de información del gobierno estadounidense, que supervisó el lanzamiento de un portal llamado data.gov, requiriendo a las agencias estatales publicar al menos tres conjuntos de “alto valor” de los datos que manejan. Estos datos fueron “abiertos” en el mismo sentido que el software open source lo es –es decir, estaban disponibles para que todo el mundo los viera. Pero, otra vez, O’Reilly chapuceaba en ingeniería memética: los datos lanzados a través de data.gov, mientras que son potencialmente benéficos para la innovación, no “habilitan la transparencia” automáticamente. O’Reilly emplea el concepto altamente ambiguo de “apertura” para confundir “transparencia como responsabilidad” (lo que Obama decía en sus directivas) con “transparencia como innovación” (lo que O’Reilly quiere).

¿Cómo aseguramos la responsabilidad? Olvidemos las bases de datos por un momento y pensemos sobre el poder. ¿Cómo logramos que el gobierno sienta el calor de la atención pública? Tal vez forzándolo a hacer publicaciones puntuales de conjuntos de datos particularmente sensibles. O tal vez fortaleciendo las leyes de libertad de información o al menos asegurándonos que las agenciales estatales cumplen con las provisiones existentes. O tal vez financiando intermediarias que puedan construir narrativas sobre esos datos –ya que muchos de los datos publicados son tan complejos que pocas amateurs tienen la capacidad de procesamiento y experticia para leerlos y darles sentido. Esto podría ser muy útil para promover la responsabilidad pero inútil para promover la innovación. Del mismo modo, podemos imaginar muchas publicaciones de datos que serían geniales para la innovación y no provocar nada en cuanto a responsabilidad. El lenguaje de la “apertura” no nos ayuda mucho a captar las principales diferencias entre ambos intereses. En este contexto, la apertura lleva a la charla loca de Neil Postman, resultando en la polución de los valores de un ambiente semántico (la responsabilidad) con los de otro (la innovación).

O’Reilly no siempre acuña términos nuevos. A veces manipula los significados de los existentes. Aquí su concepción de la “participación”:

La noción de la participación nos puede despistar hacia pensar que está limitada a que los que toman las decisiones “reciban las posiciones” de los ciudadanos. ¡Esto sería como pensar que permitir los comentarios en un sitio web es el principio y el fin de los social media! Es una trampa para los ajenos al término pensar que el gobierno 2.0 es una manera de usar nuevas tecnologías para amplificar las voces de los ciudadanos para que puedan influenciar a aquellos que tienen el poder y para los interiorizados como una forma de aprovechar y canalizar esas voces para promover sus causas.

Resulta difícil darle sentido a esta cita sin comprender el significado exacto del término “participación” en el glosario del Todo 2.0. Según O’Reilly, uno de los atributos clave de los sitios de la web 2.0 es que están basados en una “arquitectura de participación”, que permite aprovechar la “inteligencia colectiva”. Puntuar tus compras en Amazon o reportar spam en Google son buenos ejemplos de arquitecturas de participación astutas. Una vez que Amazon y Google empiezan a aprender de sus millones de usuarias, se vuelven “más inteligentes” y más atractivas a las usuarias originales.

Esta visión de lo que es la participación es muy limitada. No es más que una simple sesión de retroalimentación con quien sea que está controlando el sistema. No estamos participando en el diseño de dicho sistema, ni nos preguntan opinión sobre su futuro. No hay nada “colectivo” en esa inteligencia distribuida, solo somos un montón de usuarias individuales actuando por nuestra cuenta y nunca experimentando un sentido de solidaridad o pertenencia de grupo. Tal “participación” carece de dimensión política, no hay poder cambiando de manos.

En ocasiones, las ilustraciones de O’Reilly incluyen actividades que no demandan una verdadera conciencia de la participación –por ejemplo, cuando un blog vincula a otros y esto termina mejorando el índice de búsqueda de Google. No es casual que sea lo mismo que pensamos sobre la “participación” que tenemos en el mercado cuando vamos de compras. Insinuar que la “participación” significa lo mismo en el contexto de la web 2.0 que en el de la política es hacer lo opuesto de lo que prescriben Korzybski y la semántica general. Si fuera fiel a esos principios, O’Reilly estaría demostrando las diferencias entre ambos, no difuminándolas.

¿Entonces qué tenemos que hacer con su exhortación sobre “la trampa para los ajenos pensar que el gobierno 2.0 es una forma de usar nuevas tecnologías para amplificar las voces de los ciudadanos para influenciar a aquellos que tienen el poder”? Podríamos pensar que el sello distintivo de reformas participativas exitosas sería la capacidad de las ciudadanas de “influenciar a aquellos que tienen el poder”. Aquí hay una despolitización muy explítica de la participación. O’Reilly quiere redefinir la participación desde algo que surge de reivindicaciones compartidas y miras a reformas estructurales a algo que surge de frustraciones individuales con las burocracias y que usualmente termina con ciudadanas usando o construyendo apps para resolver sus propios problemas.

Como resultado, los alguna vez acalorados debates sobre el contenido y significado de reformas específicas e instituciones son reemplazados por gobiernos convocando a las ciudadanas a ayudarles a encontrar errores de ortografía en aplicaciones de patentes o usar sus teléfonos para reportar baches. Si la participación 1.0 se trataba del uso de la razón pública para luchar por reformas políticas, con grupos de ciudadanas comprometidas juntándose alrededor de vagas nociones del bien público común, la participación 2.0 se trata de individuos atomizados encontrando o contribuyendo los datos correctos para resolver algún problema, sin alterar el sistema mismo. (Estas ciudadanas se juntan en hackatones para ayudar a Silicon Valley a liberar datos estatales sin cobrar, volviendo a una cómoda inactividad después.) Siguiendo el modelo del open source, las ciudadanas son invitadas a encontrar bugs en el sistema, no a preguntar si los objetivos del sistema son adecuados. Que la política pueda inspirar a algo más ambicioso que la administración de bugs no es una visión que ocurra luego de que la política haya sido reimaginada a través del prisma del software open source.

La protesta es una actividad que O’Reilly odia con pasión. “Hay una cierta pasividad incluso en nuestro activismo: pensamos que todo lo que podemos hacer es protestar”, escribe. “La acción colectiva ha devenido en queja colectiva. O como mucho, en un esfuerzo colectivo por juntar fondos.” En contraste, urge a las ciudadanas a “aplicar el espíritu DIY8 a escala cívica”. Para ilustrar el espíritu DIY en acción, le gusta invocar el ejemplo de la comunidad hawaiana que, luego de un período de inacción estatal, juntó 4 millones de dólares para reparar un parque local esencial para su forma de vida. Para O’Reilly, el ejemplo hawaiano revela la disposición natural de las ciudadanas ordinarias a resolver sus propios problemas. Los estados deberían aprender de Hawaii y descargar más trabajo en sus ciudadanas. Esta es la visión clave detrás del meme “Estado como plataforma”.

Por supuesto que este meme de las plataformas fue inspirado por Silicon Valley. En lugar de construir sus propias apps, Apple construyó la Apple Store, logrando que desarrolladoras ajenas a la empresa cargaran con el peso. Este es el modelo que el Estado debe emular. De hecho, nota O’Reilly, alguna vez lo hicieron: en los ’50, el Estado estadounidense construyó un sistema de autopistas que permitieron al sector privado construir muchos más asentamientos a su alrededor, mientras que en los ’80 el gobierno de Reagan comenzó por abrir el sistema de GPS, lo que nos dió las maravillosas direcciones de tránsito y Foursquare (de la que O’Reilly es inversor).

Sus prescripciones a menudo contienen una pizca de verdad, pero casi siempre exagera los beneficios mientras ofusca los costos. Una de las razones por las que los estados no eligen descargar ciertos servicios al sector privado no se deben a que piensen que pueden hacer un mejor trabajo en cuando a innovación o eficiencia sino porque existen otras consideraciones –como justicia y acceso igualitario– que están en juego. “Si Head Start fuera una startup iría a la quiebra. No funciona”, remarcaba en una entrevista reciente. Exactamente, por eso Head Start9 no lo es.

La pregunta real no es si las desarrolladoras deberían poder enviar apps a la App Store, sino si las ciudadanas deberían pagar por ellas o esperar que el Estado provea esos servicios. Promover la metáfora de la plataforma como la forma principal de pensar sobre la distribución de responsabilidades entre los sectores público y privado es promover la dimensión económica-innovativa del gobierno 2.0 –y asegurarse que el sector privado siempre emerja victorioso.

O’Reilly define el Estado como plataforma como “la noción de que la mejor manera de achicar el Estado es introduciendo la idea de que debe proveer menos servicios a los ciudadanos y en su lugar proveer solo la infraestructura, con APIs10 y estándares que permitan al sector privado proveer esos mismos servicios.” Cree que “la idea del Estado como plataforma aplica a todo aspecto del rol del Estado en la sociedad” –gestión de la ciudad, salud, regulación de servicios financieros, policía, bomberos y recolección de basura. “[El Estado como plataforma] es la forma correcta de enmarcar la pregunta del gobierno 2.0.

Una persona que está muy ocupada en volver realidad el meme del Estado como plataforma es David Cameron en el Reino Unido. La idea de Big Society de Cameron está basada en tres principios: decentralizar el poder desde Londres a los gobiernos locales, transparentar la información del sector público a las ciudadanas y pagar a los proveedores de servicios públicos de acuerdo a la calidad del servicio, que idealmente sería medido y publicado en línea, gracias a la retroalimentación provista por el público. La idea aquí es que el Estado funcionaría como una especie de coordinador, permitiendo a la gente unirse –tal vez proveyendo el capital semilla para arrancar alternativas a servicios públicos ineficientes.

La motivación de Cameron es clara: el Estado no tiene dinero para pagar por servicios que anteriormente eran provistos por instituciones públicas y de todas maneras el achicamiento estatal siempre ha sido un objetivo de su partido. Cameron captó inmediatamente las oportunidades estratégicas ofrecidas por la ambigüedad de términos como gobierno abierto y las abrazó de todo corazón –en su versión más apolítica y económica, por supuesto. Al mismo tiempo que celebraba la habilidad de los “auditores de sillón” de atravesar las bases de datos estatales, también criticaba las leyes de libertad de información, alegando que “están tapando las arterias del Estado” e incluso amenazó con cambiarlas. Francis Maude, el político conservador al que Cameron puso a cargo de liberar datos estatales, dijo públicamente que el gobierno abierto es “la desregulación moderna” y que le gustaría “volver redundante la libertad de información”. En el 2011, el gobierno de Cameron publicó un libro blanco sobre “Servicios Públicos Abiertos” que utiliza el término “abierto” de una forma muy peculiar: argumenta que, salvo la seguridad nacional y la justicia, todos los servicios públicos deben abrirse a la competencia de mercado.

Este es solo un ejemplo de cómo un gobierno que nominalmente promueve la agenda progresista de Tim O’Reilly sobre el gobierno 2.0 y el Estado como plataforma en realidad está haciendo retroceder el Estado de bienestar e incrementando el secreto de Estado –todo en el nombre de la “apertura”. La razón por la que Cameron ha logrado salir impune de tal charla loca es simple: el giro positivo asociado a la “apertura” le permite a su partido esconder la fea naturaleza de sus reformas. O’Reilly, que de otra forma festejaba el Servicio Digital de Estado, la unidad responsable de la digitalización del Estado británico, es muy conciente que la Big Society puede revelar las limitaciones estructurales de su búsqueda de lo “abierto”. Por lo tanto, se distanció públicamente de Cameron, quejándose de la “lamentable abdicación de responsabilidad que es la Big Society de Cameron”.

¿Pero no es el mismo O’Reilly que una vez proclamó que el objetivo de las reformas que propone es “diseñar programas e infraestructura de apoyo que permita que ‘nosotros el pueblo’ hagamos la mayor parte del trabajo”? Su rechazo a Cameron fueron puras relaciones públicas, porque comparten la misma agenda –algo difícil de notar, ya que O’Reilly alterna constantemente entre dos visiones del gobierno abierto. O’Reilly el policía bueno proclama que quiere que el Estado publique sus datos para promover la innovación en el sector público, mientras que O’Reilly el policía malo quiere usar los datos liberados para reducir el Estado. “No hay ‘creación destructiva’ schumpeteriana que elimine los programas estatales innecesarios”, lamentaba en el 2010. “El gobierno 2.0 requiere una meditación profunda sobre cómo eliminar aquellos programas que ya no funcionan y sobre cómo usar el poder de la plataforma estatal no para extender el alcance del Estado, sino para mejorar la ciudadanía y su economía.” Hablándole a funcionarios públicos ingleses, O’Reilly propone que el gobierno abierto es la manera correcta de hacer las cosas en tiempos de austeridad, no solo como una forma efectiva de promover la innovación.

Luego de que The New Yorker publicara un artículo largo y crítico sobre Big Society en el 2010, Jennifer Pahlka –aliada clave de O’Reilly desde su posición como dirigente de la ONG Code for America– rápidamente llamó a rechazar cualquier paralelismo entre Cameron y O’Reilly. “La belleza del modelo del Estado como plataforma es que no asume la participación cívica, sino que la alienta sutilmente al alinearse con las motivaciones pre-existentes de sus ciudadanos, para que cualquiera –desde los arregladores en Hawaii a los cínicos en Gran Bretaña– tengan la disposición a involucrarse”, decía en su blog. “Tengamos cuidado de no enviar el mensaje incorrecto y que cuando construyamos herramientas para el involucramiento cívico, lo hagamos de forma que aproveche motivaciones pre-existentes.”

¿Pero qué tipos de “motivaciones pre-existentes” hay para aprovechar? O’Reilly escribe que en su futuro ideal, los gobiernos “tomarán decisiones de diseño inteligente, que aprovechen el interés propio de la sociedad y los ciudadanos para alcanzar resultados positivos”. En efecto, así es como funcionan sus plataformas tecnológicas favoritas: las usuarias le dicen a Google que algunos de sus correos son spam para mejorar su propia experiencia. “La arquitectura de Linux, la Internet y la World Wide Web es tal que los usuarios en busca de sus intereses ‘egoístas’ construyen valor colectivamente como un producto derivado”, escribe. Así también es como a Eric Raymond le gusta explicar la motivación de aquellas personas que contribuyen a proyectos open source –lo hacen por razones estrictamente egoístas. “La ‘función utilitaria’ que los hackers de Linux están maximizando no es la de la economía clásica, sino la intangible satisfacción de sus egos y la reputación entre pares”, escribió en “La Catedral y el Bazar”.

Bajo presión, O’Reilly el policía bueno se niega a reconocer que su pensamiento sobre el gobierno abierto no es muy diferente de lo que piensa Raymond sobre el software open source. Cuando Nathaniel Tkacz, un académico de los medios, apuntó estas similitudes, O’Reilly se quejó de “estar un poco sorprendido de aprender que mis ideas sobre el Estado como plataforma descienden de las ideas de Eric Raymond sobre Linux, ya que: a) Eric es un notable libertarian que desprecia el Estado; y b) Eric se enfoca en la metodología de desarrollo de Linux”. Bien, aunque tal vez no debiera hacerse el sorprendido: como menciona Tkacz, los artículos de O’Reilly sobre Estado como plataforma dan crédito explícito a Raymond como la fuente de la metáfora. O’Reilly dijo en 2011 que “en ‘La Catedral y el Bazar’, Eric Raymond utiliza la imagen de un bazar para contrastar el modelo de desarrollo colaborativo del software open source con el modelo tradicional, pero esta analogía puede aplicarse de la misma forma al Estado”.

¿Pero es cierto? Aplicado a la política, todo este discurso sobre los bazares, motivaciones pre-existentes e interés propio trata a la ciudadanía como si fuera reducible a las relaciones de mercado –otra forma de charla loca. Tampoco se alinea con las aspiraciones de activar la ciudadanía implícitas en el “espíritu DIY a escala cívica”. Por supuesto, con un poco de astucia en las relaciones públicas, podría decirse que las hawaianas que reconstruyeron su parque tenían “motivaciones pre-existentes”, como tener que ganarse la vida. Pero si el umbral de lo que son estas motivaciones es muy bajo, no hay límites para el desmantelamiento del Estado de bienestar y su reemplazo por una salvaje cultura hacker DIY. ¿Por qué necesitamos un caro sistema de salud pública si las personas tienen “motivaciones pre-existentes” para auto-monitorearse en casa y adquirir drogas directamente de Big Pharma11? ¿Para qué preocuparnos por la policía si podemos imprimir armas en casa –¡gracias impresoras 3D!– y ya estamos altamente motivadas para mantenernos con vida?

Una vez que seguimos a O’Reilly en su exhortación para tratar al Estado como “el deus ex machina al que hemos pagado para que haga lo que podríamos estas haciendo por nosotros mismos”, tales preguntas resultan difíciles de evitar. En su teorización, no hay una pista de cuáles principios políticos y morales deberían guiarnos en la aplicación del modelo de plataforma. Cualesquiera sean, ciertamente no están agotados por los pedidos de innovación y eficiencia –que es el lenguaje que quiere que hablemos.

El problema fundamental con su visión es que, por un lado, se trata de que el sector privado construya nuevos servicios que no estaban disponibles cuando el Estado organizaba las cosas. Por lo tanto se trata de ciudadanas-consumidoras, guiadas por la Mano Invisible, creando valor a partir del aire. Pero a O’Reilly también le gusta invocar el “espíritu DIY a escala cívica” para llamar a las ciudadanas a tomar funciones que fueron previamente realizadas por el Estado (aun pobremente); aquí no estamos construyendo nuevos servicios –estamos tercerizando los servicios públicos al sector privado. El resumen de su lógica: el Estado no tenía que construir su propio Foursquare –la respuesta ante los desastres debería delegarse al sector privado. ¿El Estado debe ser una plataforma para proveer servicios o para estimular la innovación? Ciertamente es ambas cosas –pero los principios que deben regular su comportamiento en cada caso son diferentes.

Para O’Reilly, los memes de gobierno 2.0 y Estado como plataforma sirven una función mayor: lo vuelven relevante en la conversación sobre gobierno y política, permitiéndole expandir sus negocios hacia nuevos territorios. La Internet y el open source se han convertido en conectores universales capaces de relacionar cualquier cosa con cualquier otra. “Así como el sistema de autopistas interestatales ha incrementado la vitalidad de nuestra infraestructura de transporte, es ciertamente posible que un mayor involucramiento del Estado en el sistema de salud produzca el mismo efecto”, escribe. ¿Comprendido? ¿Pero qué pasa si la dinámica de construir autopistas es diferente de la de la provisión de salud pública? ¿Qué pasa entonces?

Sus intentos de hacer ingeniería memética sobre cómo pensamos la política son aun más perturbadores por el carácter profundamente reduccionista y antidemocrático de su propia posición política. Positivista de corazón, O’Reilly cree que existe sólo una respuesta a los problemas de políticas públicas, que es que el trabajo del gobierno (para él, solo hay “gobierno”) es producir legislación que llegue a esta respuesta “correcta” y tomar las medidas necesarias para volverla realidad. Los medios no tienen mucha importancia; solo se trata de los fines –y los fines son perfectamente conocidos, siempre y cuando tengamos los datos.

El último meme de O’Reilly, al que llama “regulación algorítmica” está inspirado por –no sería extraño– la Internet. Esta idea, escribe, “es central a todas las plataformas de Internet y provee un área fructífera para la investigación del diseño del Estado del siglo XXI”. Así lo explicaba en una charla reciente en la Long Now Foundation:

Si miramos a la forma en que el spam es regulado en Internet, es el principio de un tipo de respuesta del sistema inmunológico a un patógeno, funciona como en la biología: reconoces la firma de algo nuevo y hostil y lo arreglas […] comparen esto con el funcionamiento de las regulaciones estatales y se dan cuenta: “¡Está roto!” Alguien dispone algunas reglas, pero no hay un método para ejecutarlas.

No es una definición afilada todavía, pero así es como empiezan muchos de sus memes. Una vez que lo ha encasillado, sus “corresponsales” harán el resto, resaltándolos en sus artículos y reportes. (“En el futuro podrían haber mejores resultados […] mediante la adopción de lo que Tim O’Reilly ha descrito como regulación algorítmica, aplicando la dinámica de los ciclos de retroalimentación que los gigantes de la web usan para supervisar sus sistemas contra el malware y el spam en agencias estatales encargadas de la protección del interés público”, escribe Alex Howard, el corresponsal del gobierno 2.0 del O’Reilly Radar.)

La única institución política que corresponde con la visión de la regulación algorítmica es el banco central. Los bancos centrales tienen objetivos muy claros y numéricos –saben lo que “está bien” y no se tienen que preocupar con deliberaciones– y tratan de cumplir esos objetivos con algunas herramientas específicas que tienen a su disposición. Aman la retroalimentación y piensan como Google. Según O’Reilly, la forma en que regulan es “casi como la forma en que Google regula. Dicen algo como: tengo un resultado en mente y algunos botones y palancas. Periódicamente, podría obtener otros botones y palancas y los manipularé para llegar a ese resultado. No digo: esto es una regla y la voy a seguir independientemente de si el resultado es bueno o malo”. Los bancos centrales son elegantes y simples; solo hacen cosas, en lugar de sucumbir a la política. “[En los bancos centrales] tenemos un par de palancas y las manipulamos para ver si llegamos a donde queremos ir. Así es como me gustaría vernos pensar sobre los procesos regulatorios del Estado.”

Expandiendo esta noción, revela su tecnócrata inherente:

Recuerdo una conversación que tuve con Nancy Pelosi poco después que Google hiciera la actualización a Panda y en el contexto de SOPA/PIPA […] [Pelosi] dijo, “bueno, sabes, tenemos que satisfacer los intereses de la industria tecnológica y los de la cinematográfica”. Y pensé, “no, no tienes que. Tienes que conseguir la respuesta correcta”. Así que esta es la razón por la que mencione la actualización a Panda de Google, cuando dieron de baja un montón de gente que estaba construyendo estas granjas de contenido y publicando cosas de baja calidad para obtener visitas y clicks para hacer dinero sin satisfacer a sus usuarios. Y pensé, “dios mío, qué hubiera pasado si Google hubiera dicho, claro, claro, tenemos que sentarnos con Demand Media y satisfacer sus preocupaciones, tenemos que asegurarnos que al menos 30% de los resultados sean una cagada para que su modelo de negocios siga funcionando”. No harías eso. Dirías, “¡no, tenemos que hacerlo bien!” Y siento que no tenemos realmente un gobierno que comprenda que lo que tiene que hacer es construir una mejor plataforma para empezar a administrar las cosas con el mejor resultado para los usuarios reales. [gran aplauso]

Aquí O’Reilly descarta la industria del entretenimiento como “equivocada”, esencialmente comparándola con spammers. ¿Pero qué es lo que hace que Google sea el modelo apropiado en este caso? Mientras tiene obligaciones con sus accionistas, no le debe nada a los sitios que agrega en su índice. El Congreso nunca fue pensado para funcionar de esta forma. SOPA y PIPA eran malas leyes con un tremendo sobrealcance, pero proclamar que la industria del entretenimiento no tiene reivindicaciones legítimas contra la piratería suena bizarro.12

Lo que subyace a su fe en la regulación algorítmica es la creencia inocente en que el big data, aprovechado a través de la inteligencia colectiva, nos permitirían llegar a la respuesta correcta para cualquier problema, volviendo a la representación tanto como a la deliberación innecesarias. Después de todo, ¿por qué dejar que las facciones involucradas luchen en la esfera pública si podemos estudiar lo que pasa en el mundo real –con sensores, bases de datos y algoritmos? No sorprende que O’Reilly termine proclamando que “tenemos que alejarnos de la noción de que la política tiene que ver con el gobierno. En la medida en que podamos arreglar las cosas sin política, estaremos mucho mejor.” Es la presunción extrema de Silicon Valley: si solo tuviéramos más datos y mejores herramientas, podríamos suspender la política de una vez por todas.

La “retroalimentación” mágica que O’Reilly promociona tan apasionadamente es realmente la voz del mercado –y ocasionalmente se le escapa: “Los programas estatales deben diseñarse desde el principio no como un conjunto fijo de especificaciones, sino como plataformas sin límites fijos que permitan una extensibilidad y revisión del mercado. El pensamiento plataformista es un antídoto para las especificaciones completas que dominan el abordaje estatal, no solo para la informática sino para todos los tipos de programas”. Pero preferimos tener especificaciones completas desde el principio no porque nadie haya pensado en construir sistemas dinámicos de retroalimentación antes que O’Reilly, sino porque es la única forma de asegurar que todas las reivindicaciones son tenidas en cuenta antes que las políticas sean implementadas13.

El tratamiento que da a la retroalimentación como un fenómeno esencial de Internet es clásico de O’Reilly. Siempre y cuando la regulación algorítmica se defina sobre nociones como la web 2.0, O’Reilly no siente necesidad de involucrar el vasto cuerpo de pensamiento sobre los sistemas de retroalimentación y la sociología de los indicadores de performance. Que las ideas detrás de la regulación algorítmica hayan sido articuladas por personajes como Karl Deustch y David Easton en los ’60 probablemente sea una novedad para O’Reilly. Ni su equilibrio intelectual se vería perturbado por el hecho de que la RAND Corporation ya estaba implementado algo muy similar en las ciudades estadounidenses a fines de los ’60, con la esperanza de hacer que el gobierno sea más cibernético. Esos planes, sin embargo, no funcionaron. Los modelos nunca pudieron abarcar la enmarañada realidad de la vida urbana.

Una década antes de escribir _Ciencia y sanidad, Alfred Korzybski escribió otro extraño libro –Manhood of Humanity [La madurez de la humanidad]. A él también le gustaba la retroalimentación. “Para que filosofía, ley y ética sean efectivas en un mundo dinámico deben serlo a su vez; deben ser lo suficientemente vitales para seguir el paso del progreso de la vida y la ciencia.” La solución de Korzybski, sorprendentemente, también descansaba en convertir el Estado en una plataforma orientada algorítmicamente: “Un primer paso natural podría llamarse el Departamento de Dinámica –o Departamento de Coordinación o Departamento de Cooperación– no importa mucho el nombre, pero sería el núcleo de una nueva civilización”. Como en el Estado como plataforma de O’Reilly, este departamento aspiraría a habilitar a las ciudadanas. “Sus funciones”, decía Korzybski, “serán las de fomentar, ayudar y proteger a las personas en empresas cooperativas como la agricultura, la manufactura, finanza y distribución”.

Korzybski imaginaba este gobierno científico consistiendo en diez secciones, que iban desde el Sector de Sociología Matemática o Humanología (“compuesta de al menos un sociólogo, un biólogo, un ingeniero mecánico y un matemático”) al Sector de Legislación Matemática (“compuesta de, digamos, un abogado, un matemático y un ingeniero mecánico”) y el Sector de los Promotores (“compuesta de ingenieros cuyo deber será estudiar todos los últimos hechos científicos, recolectar datos y elaborar planes”) o el Sector de las Noticias (cuya tarea sería “editar un periódico diario proveyendo noticias verdaderas e incoloras, con un suplemento especial narrando el progreso de la Ingeniería Humana”).

A pesar de toda su profundización en la naturaleza del lenguaje y la realidad, Korzybski era un loquito tecnócrata que creía que la ciencia podría resolver todos los problemas políticos. Ciertamente estaría de acuerdo con O’Reilly que hay una única forma correcta de decidir sobre legislación y que cualquier problema o controversia que resulte de la deliberación se trataría de ruido semántico –astuta ingeniería memética de las partes involucradas. El cientificismo es cientificismo, aun envuelto en la retórica del big data.

Al menos O’Reilly es perfectamente claro sobre cómo el pueblo puede triunfar en el futuro. Hacia el fin de su charla en la Long Now Foundation, admite que:

[el] futuro de las aplicaciones de inteligencia colectiva es un futuro en el que el individuo que tanto premiamos en realidad tiene menos poder –excepto en la medida en que el individuo es capaz de crear nuevas lluvias de ideas […] ¿cómo vamos a influenciar este cerebro global? La forma en que lo haremos será la forma en que las personas crean estas lluvias virales […] vamos a ser buenos haciendo eso. Las personas serán capaces de comandar vastas cantidades de atención y dirigir grandes grupos de personas a través de nuevos mecanismos.

Sí, quedémonos con este pensamiento: nuestro Ideador en Jefe nos está diciendo que la única forma de triunfar en este mundo feliz es convertirse en Tim O’Reilly. ¿Alguien quiere un manual O’Reilly para ser buscamemes?


  1. Anglicismo de disrupt, interrumpir, desbaratar (nota de la traducción.)

  2. Al hacer investigación para este ensayo, intenté leer todas las publicaciones de O’Reilly: artículos en su blog, ensayos, tweets. He leído muchas de sus entrevistas y comentarios que ha dejado en blogs y sitios de noticias. Miré todas sus charlas en YouTube. Pero decidí no entrevistarlo. En primer lugar, no creo en entrevistar a spin doctors: la entrevistadora no aprende nada nuevo mientras la entrevistada obtiene una oportunidad extraordinaria para darle un giro [spin] a la historia incluso antes de ser publicada. En segundo lugar, mi objetivo al escribir este ensayo no era hacer un perfil de O’Reilly. Por supuesto, podría contar sobre las maravillosas mermeladas que hace en su tiempo libre –ciruela, frutos rojos, durazno. Dejé fuera estas cosas a propósito, porque mi interés principal es O’Reilly como pensador, no como ser humano. Las pensadoras serias pueden ser juzgadas solo por sus publicaciones. En tercero, los únicos dos correos electrónicos que alguna vez recibí de su parte me dieron una pista sobre su fuerte predilección por manipular los medios. El primero llegó mucho antes de haber empezado a trabajar en este ensayo. Era una queja sobre algo que escribí sobre él en el pasado, una mera oración dentro de un ensayo –queja que para mí no tenía ningún mérito. El segundo llegó justo al terminar el primer borrador de este ensayo, que casualmente sucedió en el mismo día en que tuvimos un intercambio corto pero acalorado en Twitter (iniciado por él). En ese correo, se ofreció a explicar todas sus posiciones cara a cara –oportunidad que rechacé, ya que había pasado los últimos tres meses de mi vida leyendo sus tweets, artículos y ensayos. Habiendo dicho esto, no tengo dudas que todo lo que diga este ensayo va a ser vuelto contra mí.

  3. De hecho lo fueron, ver por ejemplo “Libertad en la nube, Libertad del Software, Privacidad y Seguridad para la Web 2.0 y Computación en la Nube” de Eben Moglen https://endefensadelsl.org/libertad_en_la_nube.html (nota de la traducción).

  4. Algo así como “adoptante temprana”, es un término que se usa para nombrar a las personas que les gusta probar nuevas tecnologías y que por lo tanto son las primeras en recomendarlas (nota de la traducción).

  5. El meme es un análogo del gen en cuanto a unidad de información cultural, propuesto por Richard Dawkins en El gen egoísta (nota de la traducción).

  6. La Ley de libertad de información es una ley federal estadounidense que desde el ’66 permitiría acceso a las ciudadanas a información clasificada por agencias estatales, con algunas excepciones (nota de la traducción.)

  7. Una fundación sobre datos abiertos (nota de la traducción).

  8. Do It Yourself –hazlo tú misma– es un principio de acción directa punk (nota de la traducción).

  9. Head Start es un programa estatal que desde 1965 provee ayuda escolar a niñas de bajos recursos (nota de la traducción).

  10. Una API en este contexto es una forma de obtener datos de una plataforma desde otra, usando un protocolo público (nota de la traducción).

  11. Big Pharma es el nombre colectivo para las corporaciones farmacéuticas (nota de la traducción).

  12. WTF (nota de la traducción.)

  13. WTF (nota de la traducción).

Revisiones

ahora parece que existe disrupción — fauno, 20 Dec 2016

fin! — fauno, 20 Dec 2016

un poco mas... — fauno, 18 Dec 2016

faltara poco? — fauno, 18 Dec 2016

corrigiendo — fauno, 16 Dec 2016

más corrección — fauno, 11 Dec 2016

correcciones — fauno, 11 Dec 2016

formato de articulo — fauno, 10 Dec 2016

al fin!! — fauno, 10 Dec 2016

falta poco (!) — fauno, 06 Dec 2016

un poco mas... — fauno, 27 Nov 2016

traduciendo — kaze, 25 Oct 2016

traduciendo — kaze, 25 Oct 2016

error de formato — kaze, 25 Oct 2016

avances — mini, 17 Jun 2016

avances — mini, 12 Jun 2016

+ traduccion — mini, 17 May 2016

meme hustler avance — mini, 10 Mar 2016

add — mini, 05 Jan 2016

un poco mas — fauno, 28 Dec 2015

prueba — mini, 27 Dec 2015

un poco más — fauno, 26 Dec 2015

the meme hustler — fauno, 26 Dec 2015