En Defensa del Software Libre

Del ciber-autonomismo al ciber-populismo: una historia de la ideología del activismo digital

Paolo Gerbaudo

Publicado el 09/07/2018. Última modificación 01/02/2019

From Cyber-Autonomism to Cyber-Populism: An Ideological Analysis of > the Evolution of Digital Activism publicado en Triple-C Volumen 15. Traducido y liberado bajo licencia de producción de pares con permiso del autor.

Introducción

La expresión “Activismo digital” es ampliamente utilizada para describir distintas formas de activismo que se sirven de la tecnología digital que han sido atravesadas por una rápida transformación desde su emergencia en el amanecer de la Internet. En la actualidad es posible identificar dos grandes olas. La primera se corresponde con la popularización temprana de la Internet y el auge de la Web a mediados de los ’90. Esta ola abarcó una cantidad de proyectos e iniciativas impulsadas por las activistas de la tecnología y los medios alternativos que se enmarcaban en el movimiento anti-globalización, incluyendo el sitio de noticias alternativas Indymedia, las listas de correo alternativas, grupas hackers (o hacktivistas) y laboratorios hacker (o hacklabs).
La segunda ola coincide con el auge de la así llamada Web 2.0, los sitios de redes sociales como Facebook, YouTube y Twitter, que fueron acompañadas por el surgimiento de los famosos colectivos hacker Anonymous y Lulzsec; así como por el “activismo de medios sociales” del 15M, Ocuppy y otros movimientos de las plazas, cuyas organizadoras utilizaron los sitios de medios sociales como plataformas para la movilización de masas. ¿En qué medida estas dos fases del activismo digital son simples reflejos de la evolución de la tecnología digital y del salto de la Web 1.0 a la Web 2.0 (como usualmente se las describe)? ¿Debemos entender sus diferencias como derivadas de los cambios en las posibilidades materiales de una tecnología digital en un momento de rápida innovación o hay que agregar algo más a la ecuación?

Hasta el momento, el debate sobre la transformación del activismo digital ha tendido a seguir la típica tendencia tecno-determinista que considera a la tecnología como la causa última de la transformación social. Esta concepción es sostenida por la popularidad que han tomado términos como “revolución 2.0” (Ghonim, 2012), “wiki-revolución” (Ferron & Massa, 2012) o “twitter-revolución” (Morozov, 2009), utilizados ampliamente en los medios y estudios académicos para referirse a los movimientos de protesta que se sirven de la tecnología digital. La racionalidad subyacente en estas expresiones es que la adopción de un cierto tipo de plataforma, como Facebook o Twitter, define automáticamente la forma de activismo que se manifiesta a través de ellas. Este abordaje proviene de una visión simplista de los efectos de la tecnología que está profundamente enraizada en la teoría de medios de McLuhan y su famosa frase “el medio es el mensaje” (McLuhan, Gordon, Lamberti, & Scheffel-Dunand, 2011; McLuhan & Fiore, 1967) y según la cual, el uso de un determinado dispositivo tecnológico resulta en una serie de consecuencias inevitables. La escuela de la ecología de medios basada en las obras de McLuhan tiene cosas muy importantes para decir sobre la forma en que la tecnología estructura la acción, por ejemplo la forma en que las diferentes tecnologías de la comunicación (como el teléfono, la TV o Internet) traen consigo distintas arquitecturas comunicacionales (una-a-una, una-a-muchas, muchas-a-muchas) y diferentes disposiciones para las usuarias de esas tecnologías (Lundby, 2009; Postman, 1985). Sin embargo, tiende a descuidar los factores no-tecnológicos –los socio-económicos, políticos y culturales– que intervienen en la definición del contenido del activismo. Para superar esta visión simplista de la tecnología como una fuerza no-mediada capaz de dar su propia forma a las estructuras organizacionales y las prácticas de protesta, el análisis del activismo digital necesita recuperar una comprensión de la ideología, entendida como una cosmovisión y un sistema de valores que da forma a la acción colectiva y de cómo la ideología interactúa con la tecnología para dar forma a las prácticas activistas.

Siguiendo este abordaje, en este artículo desarrollo una periodización del activismo digital que se centra alrededor de dos olas, cada una con sus características ideológicas y sus orientaciones “tecno-políticas” propias –para usar el término introducido por Rodotà para describir el nexo entre la política y la tecnología–, adoptado tanto por activistas como por investigadoras. Para este fin tomaré elementos de mi trabajo previo (2012, 2016) en el movimiento de las plazas del 2011 y otros movimientos posteriores.

El argumento puede ser resumido esquemáticamente así: las activistas anti-globalización adoptaron un abordaje tecno-político al que describo como ciber-autonomista, enraizado en la contra-cultura de los ’70 y ’80, la cultura DIY y la tradición de los medios alternativos; desde las radios piratas hasta los fanzines. Estas diferentes inspiraciones compartían un énfasis en la lucha por la liberación de las personas y las comunidades locales de la interferencia de las instituciones de mayor escala. Con estos antecedentes, el ciber-autonomismo tomó la Internet como un espacio autónomo. El movimiento de las plazas, en cambio ha adoptado una actitud ciber-populista que ve a la Internet como un espacio de movilización de masas donde las personas individuales se unen en una subjetividad inclusiva y sincrética. Este abordaje refleja el giro populista que ha marcado el movimiento de las plazas, como la adopción de un discurso del pueblo o del 99% contra las élites (Gerbaudo, 2017).

Estas dos orientaciones tecno-políticas reflejan el proceso de evolución tecnológica que fue desde la más elitista web 1.0, a la masificada web 2.0 con sus sitios de redes sociales. Pero para analizarlas no es cuestión de reducirlas a la mera transformación tecnológica, también hace falta abarcar una pluralidad de otros factores y tomar en cuenta el cambio abismal en las actitudes y percepciones causadas por la crisis financiera de 2008 y los desarrollos ideológicos relacionados. En paralelo al giro de los movimientos sociales desde el anarco-autonomismo al populismo como forma dominante de la ideología contestataria, el activismo digital ha transicionado de tomar a Internet como un espacio de resistencia y contestación contra-cultural, hacia un espacio de movilización contra-hegemónica.

El artículo comienza como una discusión teórica sobre los diferentes factores involucrados en la transformación del activismo digital y en particular, sobre la relación entre tecnología, política y cultura. Se subraya la necesidad de prestar más atención a los factores políticos, culturales e ideológicos para comprender el activismo digital más allá del tecno-determinismo que actualmente domina su cobertura. Intento demostrar cómo los cambios ideológicos han dado forma a la transformación del activismo digital, explorando la transición del ciber-autonomismo al ciber-populismo y cómo se ha manifestado en algunos ejemplos concretos. Concluyo con algunas reflecciones sobre las implicancias de investigaciones futuras sobre el activismo digital, enfatizando la necesidad de traer la ideología de vuelta al análisis de los movimientos de protesta en la era digital.

La tecno-política más allá del tecno-determinismo

El activismo digital es una forma de activismo que pone en el eje de su discusión la relación entre política y tecnología. Para hacer uso de un término en boga entre las activistas e investigadoras en los últimos años, se trata de la naturaleza y la dinámica de la “tecno-política”. “Tecno-política” es un término acuñado por el político y académico italiano Stefano Rotodà (1997) para referirse al nexo entre la política y la tecnología, que desde entonces ha sido popularizado por académicas y activistas (como Javier Toret (2013) en España) para definir el nuevo campo de análisis que enmarca el activismo digital. Al referirnos a los dos conceptos constitutivos de la tecno-política, podemos argumentar que hasta este momento los estudios sobre el activismo digital se han enfocado excesivamente en la tecnología antes que en la política. Las académicas han tendido a leer la transformación política como el resultado de la transformación tecnológica y por lo tanto, han soslayado que lo inverso también es apropiado, es decir, que los cambios políticos e ideológicos modifican la forma en que la tecnología es concebida y utilizada.

La naturaleza tecno-determinista de gran parte de la academia contemporánea sobre el activismo digital propone que la naturaleza de esta forma de activismo se deriva directamente de propiedades específicas de la tecnología. Esto puede verse en el debate respecto a los efectos de la cobertura mediática sobre el activismo digital. Un ejemplo es el libro de Earl y Kimport (2011) y la forma en que aborda los medios digitales como un grupo de aparatos que reducen los costos de participación y por lo tanto facilitan nuevas formas de interacción que anteriormente eran imposibles. En sintonía con gran parte de la literatura proveniente de las ciencias políticas, esta perspectiva propone una comprensión instrumental y económica de los efectos de los medios, como puede verse en el lenguaje de los “costos” y “beneficios” que utilizan para explicar el uso de la tecnología digital. Este abordaje explica las ventajas prácticas que constituye la tecnología digital para las activistas, pero omite la dimensión simbólica y cultural del activismo digital, empezando por el mismo contenido de aquello que es canalizado a través de esa tecnología. Puede hacerse una crítica similar a la obra de Lance W. Bennett y Alexandra Sederberg. Su teoría describe una “acción conectiva” (Bennett & Segerberg, 2012) en oposición a la noción de la acción colectiva. Argumentan que los social media, con su capacidad de promover la conectividad, superan la lógica colectiva de los movimientos sociales anteriores y su necesidad de liderazgo e identidad colectiva (Bennett & Segerberg, 2012). Gracias a la tecnología digital, los movimientos pueden volverse más personalizados y menos controlados por centros organizacionales. Pero lo que se soslaya en este contexto es que la aplicación liberadora de la tecnología digital está muy lejos de ser el resultado inevitable. Las potencialidades de la tecnología digital pueden volverse hacia objetivos políticos totalmente distintos y acoplarse a diferentes formatos organizacionales. Resulta suficiente pensar que por ejemplo, fenómenos políticos tan dispares como Occupy Wall Street y la campaña presidencial de Donald Trump, se hayan servido tan eficientemente de los social media, aun en formas y estructuras organizacionales radicalmente distintas.

Este elemento tecno-determinista también se encuentra presente en la obra de Manuel Castells. Para ser justas, el registro de Castells tiene muchos más matices que los puramente estructuralistas que provienen del resto de las ciencias políticas. Esto es así porque Castells trabaja desde la tradición sociológica y su abordaje también toma en cuenta los factores culturales que se ponen en juego en la Internet y el activismo digital. A diferencia de otras autoras, no ve a la tecnología como un monolito todopoderoso, sino también como un producto social y cultural. Desde este punto de vista Castells ha argumentado que un factor importante para comprender la cultura digital es la influencia del espíritu libertario de los movimientos de protesta de los ’60 y ’70 y la forma en que inspiraron la arquitectura distribuida de la Internet (Castells, 2004). Sin embargo, su teoría de la sociedad-red y su concepción sobre la tecnología digital como apartada de la estructura piramidal de la sociedad fordista hacia unas estructuras de red apropiadas a la sociedad de la información, todavía contiene algunos elementos tecno-deterministas. La tecnología provoca un cambio “morfológico” que atraviesa a toda la sociedad y tiene consecuencias en todos los campos y organizaciones que adoptan la tecnología digital. Esta perspectiva sin duda contiene un elemento de verdad, pero parece omitir la flexibilidad con la que los procesos organizacionales son influenciados. Es un error asumir que la tecnología digital tiende a erosionar las jerarquías. Como he demostrado en mis obras anteriores, el activismo digital no es un espacio horizontal sin líderes, sino que está acompañado por nuevas formas de liderazgo (2012, 2016).

Esta tendencia también puede observarse en las obras de Castells sobre los social media. Castells argumenta que la difusión de social media como Facebook y Twitter ha transformado la comunicación en Internet y ha introducido una nueva lógica mediática a la que describe como “auto-comunicación de masas” (Castells, 2009), que combina la lógica de la auto-comunicación de los medios personales una-a-una –como el teléfono– con las masas y la capacidad una-a-muchas de los medios masivos. Según Castells, esta lógica comunicacional estuvo en la base de los movimientos del 2011 como los indignados, Occupy y la primavera árabe y contribuyó fuertemente a su alcance masivo (Castells, 2012). Esto ciertamente provee razones poderosas para comprender la forma en que la segunda ola del activismo digital ha superado las políticas minoritarias de la primera ola. Los social media proveyeron las condiciones técnicas necesarias para que emerjan las nuevas formas de activismo. No obstante, Castells tiende a omitir cómo han convergido factores ideológicos y políticos en este cambio. Como veremos en el curso de este artículo, sin un cambio ideológico las nuevas oportunidades de movilización de masas ofrecidas por los social media no hubieran podido ser cosechadas por los movimientos de protesta.

La obra de Jeffrey Juris, antropólogo y alumno de Manuel Castells, ha seguido una línea similar de razonamiento, leyendo la transformación del activismo como resultado de la transformación tecnológica. En su influyente libro Networking Futures [Los futuros en red] (2008), Juris argumenta que el movimiento anti-globalización se basaba en un imaginario de la red que constituyó la inspiración clave de una cantidad de proyectos de activismo digital que emergieron en ese tiempo, incluyendo el sitio de noticias alternativo Indymedia y las listas de correo alternativas utilizadas por las activistas para organizar actividades y campañas específicas. En su obra sobre el movimiento de las plazas de 2011, Juris dice que esta ola tuvo una lógica diferente a la de la anti-globalización. Argumenta que hubo un cambio de una lógica de red de las activistas anti-globalización hacia lo que describe como una “lógica de agregación”. Esta transformación deriva de la evolución de la Web 1.0 hacia la Web 2.0 y esta lógica de agregación refleja las nuevas potencialidades de difusión masiva de las plataformas de social media. Esta lógica es apoyada por la “viralidad”, es decir la capacidad para la difusión rápida permitida por las redes sociales corporativas como Facebook y Twitter. Esta capacidad ha sido trasladada físicamente a las plazas ocupadas de 2011, rebosantes de grandes multitudes (Juris, 2012). El inspirador análisis de Juris provee algunas ideas interesantes sobre el apuntalamiento tecnológico que encontramos en la transformación de las tácticas de protesta. Aun así, omite cómo este cambio en la forma de protestar también está basado en cambios significativos en la cultura e ideología de las protestas.

Recuperando la cultura de la protesta

Mientras estos abordajes están en lo cierto al identificar la influencia que juega la tecnología en la política contemporánea, a menudo tienden a adoptar una posición reduccionista en esta relación causa-efecto, donde un cierto tipo de arreglo tecnológico lleva automáticamente a una cierta lógica de acción y se presta poca atención al proceso de mediación política o cultural que interviene en los diferentes ejemplos concretos de activismo digital. En efecto, el activismo digital no es solo un fenómeno técnico, es un fenómeno. Es una actividad que involucra la comunicación de ciertos mensajes, ideas, imágenes y por lo tanto, está compuesto no solo de una dimensión tecnológica, sino también de una cultural. La naturaleza cultural, así como más generalmente política del activismo digital debe ser tomada en cuenta para comprender por qué se ha desarrollado de esta manera y por qué ha cambiado a través del tiempo. Para superar el sesgo tecno-determinista de los debates contemporáneos es necesario prestar atención a la compleja imbricación de la política, la cultura y la tecnología, con referencias específicas a a) la autonomía relativa de la política respecto de la tecnología; b) el carácter simbólico y no solo material de los procesos tecnológicos; c) el rol de la tecnología como mediadora de relaciones sociales y formas de vida que no pueden ser reducidas a la tecnología misma.

En primer lugar, un problema clave en los abordajes tecno-deterministas es la forma en que la tecnología es vista como una variable independiente siempre obligada a determinar la lógica de acción de los movimientos sociales y en consecuencia, como algo que debe ser dirigido en una cierta dirección. Este acercamiento descuida lo que puede describirse como “la autonomía relativa de los procesos políticos y culturales de la tecnología”, es decir la forma en que la cultura y la política son influenciadas pero no reducibles a la tecnología. La tecnología no define por sí misma el activismo, sino que el activismo está siempre informado por los contenidos culturales que canaliza, por las ideas, imágenes y puntos de vista que promueve. Una cantidad de obras recientes ilustran este punto.

En su libro CyberLeft [CiberIzquierda], Wolfson observa el movimiento anti-globalización y su uso de los medios digitales y resalta cómo las prácticas asociadas son acompañadas por un ethos y “lógica cultural” que aborda la Internet no solo como una herramienta, sino también como un espacio de solidaridad donde luchas diferentes pueden unirse (2014). Barassi y Treré argumentan de forma similar que además de la evolución tecnológica, resulta importante tomar en cuenta la experiencia vivida por las activistas que utilizan esas tecnologías y la forma en que deconstruyen presunciones acerca de la naturaleza y el propósito de la tecnología (2012). Coleman argumenta que el hacking no es solo una práctica técnica, también es social y conlleva éticas y estéticas específicas, es decir, aspectos que son influenciados por la tecnología pero que no pueden ser reducidos a ellos (2013). Esto puede observarse en la forma en que las grupas hacker construyen su propio lenguaje y simbología, cuyo epítome es la máscara de Anonymous tomada de la película de culto V for Vendetta [V de Vendetta]. Por lo tanto es necesario prestar atención no solo a los dispositivos técnicos usados por las activistas, sino también a los contenidos culturales que canalizan a través de esas tecnologías.

En segundo lugar, es importante tomar en cuenta el hecho de que la tecnología no es solo un aparato material, una estructura técnica o instrumental con propiedades determinadas. Es también un objeto simbólico con significados y usos culturales asociados. Este es un aspecto que ha sido ampliamente documentado en la literatura sobre la domesticación de los medios y la tecnología (Berker, Hartmann, & Punie, 2005) y en los estudios culturales sobre ciencia y tecnología (Menser & Aronowitz, 1996; Van Loon, 2002). Las académicas han mostrado que las tecnologías pueden asociarse a diferentes significados dependiendo de los contextos sociales y culturales que las utilizan. Como demuestra Kavada, el activismo digital refleja las propiedades de la Internet como conjunto de dispositivas técnicas y también a las culturas que han emergido dentro suyo, como la cultura hacker (2013). La Internet no es solo una tecnología, también es un espacio cultural y resulta difícil separar ambos aspectos. Esto llama a la necesidad de explorar el rol que juegan las distintas culturas y subculturas de Internet y su influencia sobre el activismo digital.

En tercer lugar, deberíamos evitar tener una visión instrumental de la tecnología en tanto herramienta en sí misma y en su lugar apreciar la forma en que la tecnología media relaciones sociales, ya que en última instancia es la forma más importante en la que la tecnología tiene un efecto sobre los fenómenos sociales. Este abordaje es central al que hicieron Marx y Engels de la tecnología industrial. Lo que importaba no solo era la forma en que habilitó nuevas formas de producción, también era el hecho de que materializó una relación de opresión, el de la burguesía sobre el proletariado (s. f.). El análisis tecno-determinista tiende a suspender este aspecto, pasando por alto el hecho de que la tecnología es una mediadora de cierta relación social, ya sea de opresión, liderazgo o cooperación. Aún más, pasa por alto la forma en que la tecnología se incrusta en ecologías sociales más amplias (no solo de la comunicación) y en las relaciones sociales que se establecen dentro de estas.

Lim ha demostrado cómo la efectividad de los social media para circular información relevante a los movimientos de protesta que eventualmente llevaron a las protestas en la plaza Tahrir en 2011 fue la presencia de densas redes sociales offline. Esto está ejemplificado en la forma en que las taxistas del Cairo facilitaron la circulación de información a través del boca a boca, repitiendo lo que habían escuchado decir a pasajeras anteriores sobre “lo que se anda diciendo en Facebook(2012). Los efectos de la tecnología dependen entonces de lo que permiten y también de las relaciones sociales y las formas de vida en las que se enredan. Este aspecto resalta la necesidad de apreciar la incrustación de la tecnología en diferentes comunidades culturales y la forma en que el uso tecnológico depende de las costumbres, valores y normas que esas comunidades adoptan.

Estas críticas piden por un abordaje matizado de la relación entre tecnología y política, que trate sobre cómo la tecnología influencia la política y como a su vez la política influencia a la tecnología. La forma de alcanzar este objetivo es resucitar la noción de ideología, entendida en un sentido neutral como un sistema de valores y creencias adoptado por actoras políticas y sociales que les permiten actuar colectivamente. Ideología es un término que provee una forma de explorar la compleja imbricación de factores políticos, culturales y sociales que junto a la tecnología influencian cómo se practica el activismo digital.

Algunas académicas han comenzado a explorar cómo las diferentes prácticas tecnológicas conllevan sus propias ideologías. Por ejemplo, Turner argumenta que el desarrollo de la ciber-cultura estuvo basado en la ideología del tecno-utopismo y el tecno-libertarianismo1, a su vez influenciadas por la contra-cultura de los ’70 y ’80, poniendo énfasis en la auto-realización individual y la sospecha en las instituciones de gran escala (2010). Barbrook y Cameron argumentaban que el auge de la economía digital en los ’90 manifestaba una ideología rudimentaria que describieron como la ideología californiana: una cosmovisión tecno-libertarian asociando yuppies[^yuppie] con hippies (1995). Un elemento ideológico es claramente visible en los social media, que no son solo un conjunto de aplicaciones con una determinada capacidad material. Como otros medios, poseen sus propias ideologías mediáticas (Gershon, 2010). En este caso lo que podríamos llamar “la ideología de los social media” se manifiesta en el lenguaje de compartir, de explotación multitudinaria [crowd-sourcing], de solicitudes de amistad y colaboración que han introducido [Fuchs (2013);Lovink (2011);van-dijck-2013]. Sobre esta literatura acerca del nexo entre tecnología e ideología, desarrollo una periodización del activismo digital separada en dos olas con características ideológicas distintivas y “orientaciones tecno-políticas” conectadas, es decir formas ideológicas distintas de concebir la relación entre política y tecnología.

De 1990 al 2010: El activismo digital desde la contra-cultura a la contra-hegemonía

Al poner la transformación del activismo digital a través de la lente de la ideología podemos apreciar la forma en que los factores políticos y culturales se combinan con los tecnológicos para dar forma al contenido de varias formas de activismo que se canalizan a través de los social media. Al ser una forma de activismo profundamente entramada con la tecnología, el activismo digital refleja la naturaleza y la transformación del ecosistema de comunicaciones digitales (Treré, 2012). Sin embargo, esta influencia tecnológica es “filtrada” por una cantidad de factores políticos y culturales y más específicamente “orientaciones tecno-políticas” que determinan cómo una cierta tecnología es concebida y utilizada. Esta concepción de la tecnología que describo con el término orientación tecno-política, tiene un carácter altamente ideológico ya que involucra el punto de vista de los valores sobre Internet y su rol en la sociedad y la política. Sus consecuencias también son ideológicas ya que son guías para la acción colectiva.

Siguiendo esta línea de pensamiento necesitamos explorar cómo los procesos evolutivos del activismo digital que normalmente se entienden como simples frutos de la evolución de la tecnología, de hecho reflejan un cambio en la ideología de los movimientos de protesta y su posición tecno-política. Este puede verse más claramente en el “activismo 1.0” seguido por el “activismo 2.0” en paralelo con la transición entre “web 1.0” y “web 2.0” y reflejando el cambio tecnológico y sus capacidades. Resulta obvio que hay algo de verdad en este paralelismo. No obstante, intentaré demostrar que las causas de esta transformación son más complejas y no pueden ser reducidas solo a factores tecnológicos. En efecto, además de coincidir con dos olas de la evolución tecnológica, estas dos olas de activismo digital también coinciden con dos fases de movilización de movimientos sociales cada cual con sus propias características.

Estas dos fases de protesta son el movimiento anti-globalización alrededor del cambio de milenio y el movimiento de las plazas de 2011. Estos dos movimientos de protesta comparten muchas similaridades, al punto que algunas activistas ven al segundo como continuación del primero. Al mismo tiempo estas olas han expresado orientaciones ideológicas diferentes que reflejan el cambio en la situación social y política desde el arribo de la crisis económica del 2008 y por lo tanto, se convierten en casos de estudios interesantes para un análisis comparativo. Mientras la ideología dominante del movimiento anti-globalización era anarco-autonomista (o autonomista para sintetizar) en tanto combinación del anarquismo y el autonomismo, el movimiento de las plazas se ha caracterizado por la influencia del populismo de izquierda (Gerbaudo, 2018). Este giro ideológico en los movimientos sociales tiene un correlato con el cambio en la orientación tecno-política de los movimientos sociales: el ciber-autonomismo en la primera ola y el ciber-populismo en la segunda del activismo digital.

Una periodización ideológica del activismo digital

La transformación del activismo digital en las últimas décadas puede esquematizarse como un movimiento desde los márgenes hacia el centro de la arena política, desde una política contra-cultural de resistencia a una política contra-hegemónica de movilización popular. Entonces, mientras las formas tempranas de activismo digital concebían la Internet como un espacio contra-cultural separado, la segunda ola del activismo digital la aborda como parte de un mainstream político a ser ocupado por protestantes (Gerbaudo, 2015). Por lo tanto, las primeras consideran la Internet un santuario en el que las activistas pueden encontrar respiro del caracter opresivo de la sociedad. En cambio, las segundas consideran la Internet como una pieza fundamental de la sociedad contemporánea, donde se manifiestan las mismas contradicciones, pero también donde las activistas tienen la esperanza de desarrollar un proceso de movilización masiva capaz de atraer, no solo a las personas altamente politizadas, sino también a una sección significativa de la población general.

Mi comprensión de la evolución del activismo digital y la presencia de las dos olas es cercana a la de Karatzogianni, una académica de medios que ha estado trabajando sobre el activismo digital desde los 2000. Karatzogianni propone la existencia de cuatro olas (2015). La primera va desde el ’94 al 2001 y coincide con la fase temprana del movimiento anti-globalización, desde el levantamiento zapatista en México en el ’94 a las protestas en Génova que fueron violentamente aplastadas por la policía durante el 2001. La segunda fase va desde el 2001 hasta el 2007 y comprende la segunda fase del movimiento anti-globalización y su prominencia como movimiento político. Describe la tercera como la “difusión del activismo digital” refiriéndose a su migración hacia países del sur global, por fuera de Europa y Estados Unidos donde se desarrolló originalmente. La cuarta y última fase es cuando el activismo digital invade la política mainstream, con el auge de Wikileaks, los levantamientos de la primavera árabe, las revelaciones de Snowden, poniéndolo en el centro de los conflictos políticos y dejando de ser un fenómeno marginal.

Sin embargo, mi análisis es más simple y solo se enfoca en dos fases principales. Explica la transformación como resultado de cambios ideológicos, que a su vez reflejan cambios en la situación socio-política, opiniones y actitudes. Poner el foco en la ideología no significa negar el rol que juegan los factores tecnológicos, en particular el giro de la web 1.0 basada en sitios estáticos hacia la web 2.0 con sus redes sociales. Más bien sugiere que el impacto tecnológico no puede ser entendido desde una perspectiva meramente instrumental, sino que necesita abarcar una comprensión del cambio cultural que es facilitado e influenciado por la tecnología, pero no reducible a ella. Este abordaje puede aplicarse a las dos fases diferentes que se han identificado en este análisis: el movimiento anti-globalización y el movimiento de las plazas.

El movimiento anti-globalización se desarrolló alrededor del cambio de milenio y se manifestó en una serie de protestas de gran escala contra las instituciones ecónomicas globales como el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y las reuniones del G8. Fue un movimiento multifacético que abarcó corrientes ideológicas dispares como sindicatos, grupos troskistas, ambientalistas, ONGs tercermundistas y organizaciones religiosas. Sin embargo, su núcleo y especialmente las facciones más jóvenes estaban formados profundamente en el autonomismo y el anarco-autonomismo, una ideología híbrida inspirada en el movimiento anarquista y marxista posterior al ’68 y marcada por un fuerte espíritu anti-autoritario y anti-estatista. Esta ideología se enfocaba en un proyecto político autónomo, alejándose del estado y el mercado para intentar construir un espacio auto-gobernado de “lo común”. El movimiento de las plazas se ha volcado en cambio hacia el populismo de izquierda, o más específicamente hacia una tendencia del populismo que llamo ciudadanismo, es decir un populismo ciudadano, antes que un populismo del pueblo. Esta ideología se centra en una recuperación desde las bases de la democracia y las instituciones políticas por partes de las ciudadanas comunes, empezando por reunirse en el espacio público y los social media. Anhela la construcción de una democracia radical que permita una participación más auténtica que la que ofrecen las corruptas instituciones democráticas liberales.

Como veremos, esta oposición entre anarco-autonomismo y populismo es similar a la oposición entre ciber-autonomismo y ciber-populismo como orientaciones tecno-políticas dominantes de las dos olas del activismo digital. La forma en que las activistas conciben y utilizan la Internet refleja su cosmovisión general, su actitud frente al estado, la política y la población general, con sus opiniones y actitudes prevalentes.

Anti-globalización y ciber-autonomismo

Comencemos por el movimiento anti-globalización y su activismo digital. Las activistas anti-globalización persiguieron lo que puede llamarse una estrategia “ciber-autonomista” que veía a la Internet como un espacio donde construir islas de resistencia por fuera del control del estado y el capital. Como el nombre sugiere, esta lógica comunicacional se revolvía en la idea de crear espacios autónomos de comunicacion dentro de la Internet, fuera de una sociedad controlada por el capital y el estado. Como propuse anteriormente (Gerbaudo, 2014), las activistas estaban convencidas de que la construcción de infraestructura de comunicación autónoma era una condición fundamental para una comunicación alternativa genuina (2014). Basándose en la tradición de los medios alternativos de los ’60 a los ’80, en un contexto de prensa underground, cultura del fanzine y radios piratas, las activistas técnicas esperaban usar la Internet para romper el monopolio de los medios informativos corporativos, responsables de canalizar propaganda neoliberal y el silenciamiento de cualquier punto de vista alternativo. Esta visión fundaba un conjunto de iniciativas de medios alternativos que se desarrollaron a finales de los ’90 y comienzos de los 2000 (Pickard, 2006).

La manifestacion más visible de esta estrategia fue Indymedia, la primera iniciativa global de noticias alternativas con decenas de nodos editoriales repartidos por el mundo. En el pico de las protestas anti-cumbres, Indymedia se convirtió en la voz no-oficial aunque semi-oficial del movimiento anti-globalización y también constituyó una infraestructura organizacional fundamental para las manifestantes, con nodos editoriales actuando a menudo como colectivas políticas directamente involucradas en la organización de las campañas de protesta. Además de Indymedia, los servicios alternativos de Internet como RiseUp, Aktivix y Autistici/Inventati proveían las necesidades de comunicación interna del movimiento. Estos grupos proveyeron cuentas de correo electrónico personales seguras así como listas de correo que permitían conversaciones agrupadas por temas, desde organización de protestas a ocupas y permacultura. El imaginario subyacente a estas actividades era el de “islas en la red”, como expresaba el nombre de uno de los proveedores de Internet más importantes de Italia. Las activistas pensaban la Internet como zonas autónomas temporales descritas por Hakim Bey, un espacio que comprendía islas temporales de un archipiélago rebelde fuera del control del estado y el capital. La Internet era concebida como un espacio autónomo donde el movimiento podía encontrar un lugar solidario para desarrollar acciones frente al ofrecido por la sociedad consumista dominada por la hegemonía neoliberal. Esta es la razón por la que la actitud tecno-política de esta fase también era fuertemente contra-cultural. Veía a la Internet como un espacio donde cultivar una cultura alternativa, claramente diferente de la cultura mayoritaria del momento, considerada irremediablemente corrupta. Podría considerarse que el movimiento de las plazas es la inversa de esta posición.

El movimiento de las plazas y el ciber-populismo

El activismo digital del movimiento de las plazas se caracteriza en cambio por una orientación tecno-política que he descrito como “ciber-populista” (2014). Con esto defino una orientación tecno-política que considera la web de masas compuesta por servicios de Internet comerciales controlados por corporaciones monopólicas como Facebook, Google y Twitter, como un espacio que a pesar de sus sesgos capitalistas inherentes necesita ser reapropiado por el activismo y cuya capacidad de alcance masivo necesita ser domada y utilizada para otros fines. Antes que crear una Internet alternativa –un espacio comunicacional libre, auto-gobernado y no-comercial– las activistas técnicas contemporáneas están más preocupadas por domar las capacidades de alcance de las plataformas de redes sociales corporativas como Facebook y Twitter y la cultura popular digital que ha emergido en ellas.

Los ejemplos de esta tendencia ciber-populista abundan en la ola de protestas del 2011, desde la página de Facebook de Kullena Khaled Said en Egipto llamando a que cientos de miles de personas tomen las calles, al trabajo de las activistas en España, Grecia, Estados Unidos, Turquía y Brasil, que usaron los social media como un medio de movilización masiva. En lugar de intentar crear espacios alternativos, las activistas digitales dentro de estos movimientos intentaron ocupar el mainstream digital, apropiándose de los social media como plataformas del pueblo.

Esta estrategia lleva la marca de la ambición popular y mayoritaria de la ola Ocuppy y el hecho de que estos nuevos movimientos no se contentan con la construcción de espacios minoritarios de resistencia. Al utilizar las plataformas de redes sociales corporativas las activistas invaden los espacios que saben, no les pertenecen y sobre el cual tienen poco control, pero lo hacen persuadidas de que es necesario tomarlos para construir formas de movilización popular a medida de las condiciones técnicas de nuestra era. En lugar de apuntar a crear zonas autónomas temporales en la Internet como sus predecesoras, la nueva generación de activistas digitales desean romper los guetos y reconectar con el 99% de la población por la que luchan. Podría describirse esta posición como más “oportunista” por cuanto intenta explotar las oportunidades políticas que se desenvuelven en un espacio moralmente ambiguo por su subordinación a la lógica del mercado. Sin embargo, este elemento también ha permitido a estos movimientos ser exitosos y lograr una magnitud movilizatoria que evidentemente supera la alcanzada por las activistas anti-globalización.

Conclusión

Para comprender la transformación del activismo digital es necesario prestar atención no solo solo a los cambios en la materialidad de la tecnología, sino también a los factores culturales, sociales y políticos que dan forma a su comprensión y uso. Por eso resulta imperativo recuperar la noción de ideología, entendida como el sistema de creencias y valores que informan la cosmovisión activista en cualquier período histórico.

Como he demostrado en este artículo, las diferencias entre la primera ola de activismo digital que se dio en el cambio de milenio y la segunda entre el 2000 y el 2010, no solo han seguido la forma de la transformación de la tecnología digital y el giro de la web 1.0 a las plataformas de redes sociales de la web 2.0, sino también por cambios en la ideología de estos movimientos conectados, en particular el cambio del anarco-autonomismo del movimiento anti-globalización hacia el populismo del movimiento de las plazas. Este giro ideológico se ha traducido, en el contacto del activismo digital, en un giro del ciber-autonomismo hacia el ciber-populismo, dos orientaciones tecno-políticas con diferentes asunciones sobre el rol de la tecnología digital tanto como medios y como espacios de lucha. Mientras el ciber-autonomismo concibe la tecnología digital como un espacio autónomo separado del estado y el capital, el ciber-populismo la concibe como un espacio de encuentro y movilización popular.

Esta interpretación ideológica del activismo digital no ignora el rol que juega la tecnología al dar forma a la acción colectiva. El activismo digital ciertamente refleja la naturaleza de las capacidades tecnológicas. Por ejemplo, el proceso de masificación de la web que se dio en paralelo a la difusión de los social media explicaría el giro desde una lógica minoritaria a una mayoritaria de movilización en el activismo digital. Sin embargo, la transformación tecnológica no es el factor determinante. Sus efectos en el contenido del activismo son filtrados por narrativas ideológicas y cosmovisiones que contribuyen a dar forma al modo en que las activistas conciben la Internet como un campo de lucha político, un aspecto que puede capturarse en la noción de “orientaciones tecno-políticas” utilizada en este artículo.

Lo que resulta necesario es por lo tanto investigación que pueda dar mejor cuenta de las formas complejas en las que la ideología da forma a las prácticas activistas y su contenido. Esta perspectiva permitiría superar algunas de las superficialidades en las que incurren muchos de los análisis contemporáneos del activismo digital y abordar mejor la forma en que este activismo refleja los temas, actitudes y motivaciones de los movimientos sociales conectados, aparte de los factores tecnológicos.

Sobre el autor

Paolo Gerbaudo es un teórico político y cultural estudiando la transformación de los movimientos sociales y los partidos políticos en la era digital. Es el director del Centro por la Cultura Digital en el King’s College de Londres y el autor de Tweets and the Streets: Social Media and Contemporary Activism [Tuits y las calles: Los social media y el activismo contemporáneo] (Pluto, 2012) y del próximo a publicarse The Mask and the Flag: Populism, Citizenism and Global Protest [La máscara y la bandera: populismo, ciudadanismo y protesta global] (Hurts/OUP, 2017).

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  1. No traducimos libertarian para no confundir con libertarias de raíz anarquista. (Nota de la traducción.)

Revisiones

Segunda corrección hasta línea 279
— andlefa, 31 Jan 2019

un espacio antes de la bibliografia
— fauno, 27 Jan 2019

publicación
— fauno, 27 Jan 2019

Lectura de corrección hasta línea 872
— andlefa, 20 Jan 2019

trump y distribuida
— librenauta, 13 Jan 2019

trump y distribuida
— librenauta, 13 Jan 2019

fin de la traducción
— fauno, 13 Jan 2019

falta poco!
— fauno, 12 Jan 2019

de 1990 a 2010...
— fauno, 10 Nov 2018

recuperando la cultura de la protesta
— fauno, 10 Nov 2018

corrección de estilo hasta línea 231
— andlefa, 23 Jul 2018

tecno-determinismo
— fauno, 15 Jul 2018

ciber-autonomismo... introducción
— fauno, 09 Jul 2018