   Traducido por fauno, nat y mpj. Liberado bajo la `Licencia de
   Producción de Pares <http://endefensadelsl.org/ppl_deed_es.html>`__
   con permiso del autor.

Introducción
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Casi tan pronto como la impresora 3D apta para el público general se
convirtió en un producto ampliamente disponible al público, surgió el
primer conflicto sobre la propiedad intelectual [1]_ de los objetos
tridimensionales imprimibles. En febrero del 2011, *Thingiverse*\  [2]_,
un repositorio de archivos de este tipo de objetos, propiedad de los
fabricantes de impresoras 3D *Makerbog Industries*, recibió su primera
carta de cese y desistimiento (*cease & desist*\  [3]_). El diseñador
que la envió, Ulrich Schwanitz, hizo un reclamo de propiedad sobre un
objeto que había sido subido a Thingiverse. El objeto en cuestión era un
modelo de un “Triángulo de Penrose”. Se trata de una muy conocida
ilusión óptica donde los lados del triángulo terminan en lugares
incorrectos. El objeto no puede existir sino como una representación
bidimensional en papel. Schwanitz había diseñado un objeto
tridimensional que, al ser observado desde el ángulo correcto, se
asemejaba a un Triángulo de Penrose. Un usuario de Thingiverse le había
hecho ingeniería inversa a partir de una foto. Temiendo responsabilidad
secundaria bajo la *Digital Millenium Copyright Act*, Makerbot
Industries decidió eliminar el archivo, aunque la situación legal era
altamente incierta. La representación bidimensional original del
Triángulo de Penrose se encuentra en el dominio público y no resulta
claro si Schwanitz reclamó derechos sobre el archivo de diseño, es decir
sobre el código de software, sobre los planos de la estructura del
objeto o sobre la foto con la imagen del Triángulo de Penrose. Después
de las protestas públicas, Schwanitz renunció a los cargos y liberó el
diseño (Rideout, 2012). Sin embargo, este primer encuentro ha sido
seguido por reclamos corporativos más estridentes y poderosos. Resulta
interesante que el primer reclamo de copyright sobre objetos
tridimensionales imprimibles haya concernido a una forma que, en
términos lógicos, no puede existir en el espacio físico sino como una
ilusión óptica.

Ya un año antes de la debacle de Penrose, muchos hobbistas de la
comunidad que estaba construyendo impresoras tridimensionales
libres [4]_ ya habían expresado sus dudas sobre el rol de Thingiverse.
En respuesta a estas dudas, uno de los fundadores del servicio de
compartición de archivos sueco *The Pirate Bay* lanzó un nuevo sitio web
llamado “The Product Bay” [5]_. Se anunció que este repositorio estaría
enteramente dedicado a la libertad de la información. En conjunto con
esta iniciativa, jóvenes seguidores del Partido Pirata de Suecia
visitaron ferias de muebles y diseño con la idea de llevar el mensaje a
vendedores de IKEA [6]_ y diseñadores profesionales: sus días estaban
contados, así como los de los intermediarios de las industrias de la
música y el cine. Esta amenaza, o promesa, llega directo al corazón de
los fundamentos detrás del desarrollo de la impresora tridimensional
libre. La tecnología fue desarrollada por un grupo de hobbistas y
hackers con el objetivo explícito de expandir el conflicto de la
propiedad intelectual sobre bienes tangibles, físicos. (Bowyer, 2004) Un
indicio de esto es un proyecto auxiliar de la impresora tridimensional:
el desarrollo de un escáner tridimensional de fácil uso, que sostiene la
promesa de evitar, en el espacio físico, cualquier tipo de control que
las autoridades legales podrían intentar ejercer sobre los repositorios
y redes informáticas. Con un escáner tridimensional trabajando junto a
la impresora tridimensional, los archivos de diseño pueden ser generados
(es decir, escaneados) directamente desde los objetos físicos
existentes.

La proposición de que el escaneo y la impresión tridimensionales harán a
los bienes físicos tan copiables como el código de software está abierta
a desafío. La afirmación presenta una vaga semejanza con lo que la
máquina existente puede realmente hacer. Aquí voy a dejar de lado las
objeciones técnicas que uno pueda tener sobre esta idea (Söderberg,
2013). Mi preocupación en este artículo radica en el imaginario que
impulsa el desarrollo de la tecnología casera en una u otra dirección.
El mérito principal de la impresora tridimensional libre es que presenta
una narrativa donde los “átomos” y los “bits” convergen. Esta
convergencia desestabiliza un número de límites disciplinarios y teorías
asociadas dentro de la academia. El estudio de los nuevos medios y la
comunicación es empujado hacia un circuito más amplio de producción,
mercantilización y relaciones laborales. En otras palabras, la vieja
crítica de la economía política se reafirma sobre el ya-no-tan-nuevo
campo subjetivo. En este artículo intento movilizar el análisis de la
economía política contra la crítica predominante de la propiedad
intelectual. La convergencia muestra que no hay límites duros entre la
propiedad privada (sobre átomos) y la propiedad intelectual (sobre bits
o ideas). La excepcionalidad de la información frente a los bienes
físicos, proclamada tanto por practicantes como por académicos, es la
base no tan firme sobre la que se ha construido la crítica de la
propiedad intelectual. A continuación, sugiero que este argumento
descansa sobre el limitado autoentendimiento de los militantes del
Software Libre y el Código Abierto, combinado con las limitadas
presunciones teoréticas del paradigma económico clásico y, hasta cierto
punto, neo-clásico. En resumen, este límite proviene de una
naturalización de la propiedad privada.

Cuando los hackers y hobbistas mudan su atención desde el software
(privativo) hacia el hardware (cerrado), la economía industrial como un
todo resulta implicada en su crítica a la propiedad intelectual. La
propiedad intelectual es puesta en igualdad de condiciones respecto de
la propiedad privada. Para los seguidores de la impresora tridimensional
libre, esto es percibido como un avance contra los defensores de los
derechos adquiridos y la propiedad intelectual. Pero la decisión de
hackers y hobbistas de abrir un nuevo frente en la lucha contra la
propiedad intelectual puede tener una interpretación diferente. Podría
reflejar desarrollos que se están dando en el régimen de propiedad en su
conjunto. De acuerdo con esta interpretación, la propiedad intelectual,
lejos de volverse obsoleta por los avances tecnológicos recientes,
comienza a convertirse en la forma predominante de propiedad. Los bienes
físicos no serán excusados por los rasgos más ofensivos de la propiedad
intelectual, como los intrincados esquemas de discriminación de precios
y las técnicas de restricción digital de derechos. Adicionalmente a la
impresora tridimensional y otras herramientas digitales de fabricación,
el surgimiento de la así llamada “Internet de las Cosas” y la “realidad
aumentada” apunta en la misma dirección: un desangramiento del ámbito
virtual e informacional hacia la existencia corpórea. En correspondencia
con este movimiento, uno podría prever un futuro donde la propiedad, los
intercambios de mercado, la extración de rentas y las relaciones
laborales fueran reguladas a través de lo que elijo llamar “propiedad
aumentada”. El empuje hacia la propiedad aumentada demuestra que la
naturalización ha sido abandonada por la sección más avanzada del
partido capitalista, es decir el Colectivo de Pensamiento Neo-Liberal
(Mirowski, 2013). La lección constructivista ha sido aquí adoptada
porque promete que la propiedad y los mercados pueden ser construidos
hasta el final.

Las dos fuentes de la crítica predominante a la propiedad intelectual
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A principios de los ’80, la regulación del copyright fue extendida en la
mayoría de los países occidentales: de limitarse a las obras literarias
y artísticas pasó a ocuparse también del lenguaje entendible por
máquinas, es decir, del código fuente. En correspondencia con esta
expansión del régimen de propiedad, surgió la resistencia al mismo. Fue
En ese momento que Richard Stallman inventó el concepto de Software
Libre y creó una licencia que lo acompañara. La Licencia Pública
General [7]_ explotaba los derechos contractuales otorgados al autor de
una obra bajo copyright, para especificar las condiciones bajo las que
su obra podía ser usada. Las condiciones impuestas por la GPL aseguraban
el acceso público a una obra al “excluir a los excluidores”. El
armamento retórico contra la propiedad intelectual fue desarrollado
durante la misma década. Stewart Brand, el editor del *Whole Earth
Catalogue*, veterano del movimiento contracultural estadounidense de los
’60 y pionero del *underground* informático, articuló los principios
clave de lo que luego se convertiría en la crítica predominante de la
propiedad intelectual:

   La información quiere ser libre. La información también quiere ser
   cara. La información quiere ser libre porque se ha vuelto demasiado
   barata de distribuir, copiar y recombinar como para medirlo. Quiere
   ser cara porque puede ser inmensamente valiosa para el receptor.
   (Brand, 1987, p. 202)

Brand identificó correctamente dos tendencias en conflicto y las situó
en una economía de la información. A continuación contrastó la unicidad
de la economía de la información con la ordinariez de la economía en su
conjunto. La excepcionalidad de la información consiste en que esta
puede ser copiada indefinidamente, convirtiéndose por lo tanto en un
bien no rival. En contraste, los bienes físicos tangibles son escasos y
rivales. La unión entre, por un lado, una afirmación (ontológica) sobre
lo que la información es y, por el otro, la teoría económica clásica y
neo-clásica sobre la escasez, proveyó la piedra fundacional del
argumento de Brand contra la propiedad intelectual. La integración de
ideas económicas listas para usar en este movimiento social emergente
apunta a otra conexión subterránea entre la contracultura y la
cibercultura, de la que Steward Brand era uno de los exponentes clave
(Turner, 2008). Su línea de razonamiento ha sido desde entonces
infinitamente elaborada y extendida por hackers, compartidores de
archivos y activistas, así como por simpatizantes académicos. Puede
resumirse sucintamente en el grito de protesta: “la información quiere
ser libre”. En pos de hacer una crítica de esta crítica, empiezo por
retomar la forma en que la “información” ha sido conceptualizada y
construida, para luego discutir cómo la teoría económica apuntala esta
posición.

El objeto-frontera: la excepcionalidad de la información
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El académico de la comunicación Dan Schiller ha producido una crítica
convincente de lo que llamó “la hipótesis de la excepcionalidad de la
información”. Resulta una falacia, dice, exigir un trato diferencial
para la información en relación a otros bienes. Resulta difícil
incorporar este argumento porque las diferencias entre la información
(digital) y los bienes físicos parecen ser auto evidentes. Para evitar
una rechazo visceral a este argumento, comenzaré por una maniobra de
flanqueo desarrollada en los estudios de la ciencia constructivista.
Poniendo entre paréntesis la cuestión de la verdad y los hechos, los
académicos de los estudios sobre la ciencia evitan empantanarse en
debates sobre el realismo. El foco puede ser puesto en cambio en cómo la
resemblanza entre hechos y realidad es producida por varios
facultativos. Soy el primero en reconocer que el desvío constructivista
puede llevar al estravío, especialmente si se encierra en una
descripción positiva del mundo en su propio derecho. Cuando es utilizado
en un sentido más restrictivo, como una maniobra de flanqueo para llegar
a lo esencial de un argumento, puede ser legítimo. Si es utilizado
sabiamente, el desvío constructivista ayuda a obtener matices que se
perderían en un razonamiento que comienza y termina con una afirmación
positiva de cómo es el mundo. Aquí propongo tomar tal desvío para
aflojar algunas certitudes sobre la naturaleza de la información
(discreta, no rival, etc.). Por el momento, pondré entre paréntesis la
pregunta sobre si puede decirse que la información es realmente
diferente de los bienes tangibles, físicos. Volveré en la segunda mitad
del texto sobre esto y por lo tanto sobre la crítica de Dan Schiller.
Primero necesito historizar la comprensión heredada sobre lo que es la
información.

El proceso por el cual “la información” fue definida y construida ha
sido extensamente debatido en las ciencias sociales. Tengo muy poco que
agregar a este debate, pero daré algunos indicios sobre este para poder
llegar al argumento que quiero desarrollar aquí. Como es bien sabido, el
artículo seminal de Claude Shannon *Una teoría matemática de la
comunicación*, de 1948, fue clave para definir la conceptualización
dominante de la información (Shannon, 1948). Él buscó definir la
información en términos de codificación y transmisión de mensajes. En
otras palabras, como señales indiferentes al significado que el receptor
les otorga. Como argumentó Rafael Capurro, esto marcó una línea
divisoria en relación a cómo era entendida la información en épocas
anteriores, llegando hasta los días de los griegos y los romanos. El
concepto de información solía tener un significado más amplio que
“enviar mensajes”. Implicaba el acto de dar forma a algo, como por
ejemplo al conocimiento o a la mente humana. Esto implicaba un concepto
de lenguage dependiente del contexto y de la creación de sentido.
(Capurro, 2009). No es accidental que el contexto y el significado hayan
sido sacados de la ecuación por Shannon. Katherine Hayles ha demostrado
cómo su definición respondía a las necesidades de una industria
tecnocientífica en ascenso. La industria quería una definición que le
permitiera cuantificaciones confiables. Otras definiciones, para las
cuales la información y su contenido eran considerados parte de un todo
inseparable, fueron propuestas en ese momento. Tomar esta noción de
“información como significado” requería, sin embargo, alguna forma de
medir qué había cambiado en la cabeza del receptor. Fue este tipo de
consideraciones prácticas lo que persuadió a la comunidad científica de
quedarse con una definición estrecha, matemática y descontextualizada de
la información (Hayles, 1999). Desde entonces un mundo entero ha sido
erigido alrededor de esta noción de información, para hacerla funcionar
de la forma en la que fue concebida originalmente.

Por supuesto y a pesar de los esfuerzos en sentido contrario, los
eventos de creación, transmisión y operacionalización de la información
permanecieron situados y encarnados, no pudiendo quedar completamente
divorciados de la creación de sentido. Aunque puede ser relevante por
otras razones distinguir entre conocimiento e información, como muchos
críticos culturales han hecho, éstos no son antitéticos en el sentido de
que uno conlleva significado y el otro no (Malik, 2005). La separación
de la información del sustrato material en el cual está inevitablemente
inscrita debe ser reconocida como una invención cultural. A partir de
ella se han derivado nociones sobre el “ciberespacio” y la “realidad
virtual”. En los ’90, Internet era habitualmente representada como un
reino incorpóreo de flujos de información. La atracción de esta idea
puede ser explicada parcialmente porque tomaba fuerza de un milenario
dualismo en el pensamiento filosófico, a veces referenciado como una
oposición entre forma y materia, otras como mente y cuerpo y así (Fuchs,
2003; Hayles, 1994). En la bibliografía sobre los estudios de los nuevos
medios han proliferado también variantes de este dualismo. Por ejemplo,
la misma oposición tiende a resurgir cuando la “comunidad virtual” es
contrastada con las comunidades reales ancladas geográficamente (para
una crítica, ver Proulx y Latzko-Toth (2005)). Entre los juristas se ha
desencadenado una discusión paralela que debate si los mundos virtuales
constituyen una jurisdicción separada que requiere leyes epecíficas
(Lastowka & Hunter, 2004).

La noción del ciberespacio como un reino incorpóreo de intercambio de
información ha sido puesta bajo una crítica sostenida por feministas y
estudiosos de la cultura. En lugar de reiterar estas críticas, me
gustaría redimir la posición contraria, a pesar de lo defectuosa que
pueda ser. Hay que tener en mente que la postulación de un Más Allá
trascendental ha servido históricamente como un punto para la crítica y
la oposición a aquello que existe. Algunos ejemplos incluyen el Reino de
los Cielos, los derechos naturales y el determinismo tecnológico (o
histórico). La actualmente infame declaración de independencia del
ciberespacio de Perry Barlow puede ser considerada en todo derecho una
continuación de esta larga, potencialmente crítica y emancipatoria
tradición. En efecto, la declaración hubiera sido inútil si Barlow no
hubiera pensado que el ciberespacio se colaría en y cambiaría los
estados del mundo industrial (Barlow, 1996). La lección es la siguiente:
en el momento en que algo (información, ciberespacio, etc.) es puesto
como un Más Allá separado y enfrentado a sus alrededores, ya ha
derramado ese límite y ha comenzado a afectar lo de “afuera”. La misma
estrategia es adoptada por los adversarios del régimen actual de la
propiedad intelectual cuando adoptan la hipótesis de la excepcionalidad
de la información.

La observación anterior puede ser desarrollada tomando prestados dos
términos populares de los estudios de las ciencias: trabajo-frontera y
objetos-frontera. El primer término fue propuesto por Thomas Gieryn. Lo
utilizó para describir cómo la ciencia es separada de la no-ciencia por
los esfuerzos de los científicos para sostener su estatus profesional
frente a científicos amateurs y contendientes religiosos. La lección que
vale la pena enfatizar en el contexto del presente argumento es que el
límite no está dado naturalmente. No existe independientemente del
paradero del profesional. El límite debe ser perpetuamente sostenido,
defendido y re-negociado (Gieryn, 1983). El segundo término fue
introducido por Susan Leigh Start y James Griesemer. Su contribución
consistió en tratar el límite no solamente como un marcador de
diferencia sino también como una interfaz que habilita la comunición a
través de comunidades científicas y heterogéneas. El objeto-frontera era
lo suficientemente plástico como para adaptarse a las necesidades
locales, a la vez que lo suficientemente robusto como para mantener una
identidad común a través de distintos sitios (Lamont & Molnár, 2002;
Star & Griesemer, 1989). La definición original del trabajo-frontera no
coincide perfectamente con la hipótesis de la excepcionalidad de la
información descrita más arriba, pero sí hace un buen trabajo en acercar
mi punto clave. El límite entre los recursos informacionales y los
bienes físicos no es un hecho dado. Debe ser sostenido a través de
trabajo continuo. La excepcionalidad de la información y la separación
del reino virtual constituyen el objeto-frontera de los militantes por
un fondo común de la información.

En consonancia con la concepción del término sostenida por Susan Leigh
Start y James Griesemer, la vaguedad de la noción de “información” no es
una falla sino una fortaleza. Es esta imprecisión la que permite a los
hackers y activistas de variadas persuasiones comunicarse y colaborar
entre sí. Esto es probablemente más importante para los hackers que para
la comunidad científica promedio, dadas sus marcadas diferencias
ideológicas. Esto corresponde de alguna forma con la observación sobre
el “agnosticismo político” de los hackers descrito por Gabriella Coleman
(2004). Hay un costado menos inocente en esta historia. Como
clarificaron Geoffrey Bowker y Susan Leigh Star en una obra posterior,
las clasificaciones que establece un objeto-frontera tienen sesgos que
validan algunos puntos de vista mientras que vuelven invisibles o
inefables otras posiciones (Bowker & Star, 1999). Aquello que se ha
vuelto invisible en el objeto-frontera de “la excepcionalidad de la
información” puede ser visto en una cita de uno de los principales
arquitectos detrás del movimiento de las licencias Creative Commons,
Lawrence Lessig. Después de haberse presentado apasionadamente en favor
de que la información y la cultura deban ser distribuídas en un fondo
común y gratuitamente, Lessig reasegura a sus lectores que los mercados
y los fondos comunes pueden coexistir uno al lado del otro. Subraya que
no todos los recursos pueden ni deben ser organizados en un fondo común:

   Mientras que algunos recursos deben ser controlados, otros pueden ser
   provistos mucho más libremente. La diferencia está en la naturaleza
   del recurso y por lo tanto en la naturaleza de cómo el recurso es
   provisto. (Lessig, 2001)

Está en la naturaleza de los recursos informacionales no rivales estar
organizados en un fondo común. En la misma línea, los recursos tangibles
y rivales, se piensan como adecuados para los mercados. Es la naturaleza
del recurso lo que determina si un producto es rival o no rival.
Mientras se dice que la propiedad intelectual crea escasez, la propiedad
tradicional se asume como fundamentada en limitaciones que existen
objetivamente en el mundo real. Por implicación, la propiedad de bienes
tangibles y rivales es vista como “operacional”, por no decir “óptima”.
La misma línea de pensamiento apuntala el argumento de Yochai Benkler,
que no ha sido menos influyente en la conformación de la crítica
predominante de la propiedad intelectual actual:

   En el contexto de la información, el conocimiento y la cultura, por
   la no rivalidad de la información y sus características como entrada
   y también como salida del proceso productivo, los comunes proveen un
   contexto cuya seguridad es sustancialmente mayor que lo que sucede
   cuando recursos materiales, como los parques y las autopistas, están
   en juego. (Benkler, 2006, p. 146)

Aun más que Lawrence Lessig, Yochai Benkler reconoce que su razonamiento
descansa sobre condiciones sociales y tecnológicas que son transitorias.
Como consecuencia, la balanza entre comunes y mercados puede cambiar y
necesita ser reevaluada de tiempo en tiempo. Sin embargo, Benkler
entiende el cambio social y el tecnológico como factores externos que
actúan sobre sus computaciones desde un Afuera. Lo que pasa
desapercibido es que esos factores son parte de un conflicto social más
amplio, en el que los dos juristas toman partido. Lo que está en juego
en esta lucha es precisamente la línea de demarcación entre comunes y
mercados. La idea de que el punto de balance óptimo entre comunes y
mercados puede establecerse de una manera técnica y neutral es ficticia.
Lessig y Benkler no son inconcientes de la presencia de una lucha, pero
la rebajan a maquinaciones de legisladores desinformados y/o corruptos.
Puede recolectarse suficiente evidencia para apoyar esta afirmación,
pero ésto deja fuera lo más fundamental. Esto se debe al límite
establecido por la hipótesis de la excepcionalidad informacional. Afirma
que una crítica de la propiedad intelectual actual no implica a su vez
una crítica general de la propiedad privada como tal. Afirma que la
militancia por los comunes informacionales no es a la vez un ataque al
libre mercado.

El sesgo del objeto-frontera debe ser respetado por todo el público
*geek*\  [8]_ bajo pena de quedar marginalizado. Esto incluye a los
críticos de la propiedad intelectual, típicamente identificados como
“izquierdistas”. Por ejemplo, Richard Stallman, el fundador de la *Free
Software Foundation*, insiste en no usar el término “propiedad
intelectual”. Argumenta que este término causa confusión al juntar un
rango de legislaciones diferentes bajo un término abarcativo (Stallman,
2006). Este deseo de separar la propiedad privada de la crítica de la
propiedad intelectual es también sugerida por la frase, pegadiza e
icónica, de la Free Software Foundation: *“libre como la libre
expresión, no como la cerveza libre”*\  [9]_. Al enmarcar el problema de
esta forma, el caso de los comunes informacionales puede ser retratado
como una defensa de las libertades civiles, en lugar de ser visto como
un ataque a la propiedad privada y, por lo tanto, como una lucha por la
redistribución económica. [10]_ Nadie puede negar que esta forma de
presentar el problema tiene ventajas tácticas. Tal vez, incluso el caso
por los comunes informacionales se vuelve más eficiente como crítica a
la propiedad privada y al libre mercado al no exponerse como tal. A la
vez, esto sugiere el arraigo de la crítica a la propiedad intelectual en
una visión del mundo liberal, enmarcada en el sentido común, ampliamente
definida y sistematizada en la disciplina económica.

La abundancia: la anomalía en las ciencias económicas (neo)clásicas
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La hipótesis de la excepcionalidad de la información explota una
anomalía en un paradigma (científico), esto es, la disciplina económica
y sus tradiciones predominantes, buena parte de la teoría clásica y toda
la neoclásica (Daoud, 2010, 2011). Uso el término “anomalía” en el
sentido estricto que le da Thomas Kuhn (1996). En su clásica teoría de
la ciencia, para decirlo resumidamente, una anomalía es definida como
algo que contradice la sabiduría científica imperante del momento.
Resulta difícil incluso tomar conciencia de la inconsistencia, e
imposible resolverla dentro de esa cosmovisión científica del momento.
Por lo tanto, una anomalía apunta más allá del orden establecido, hacia
un nuevo paradigma científico que pueda explicar mejor los datos
observados. Sin embargo, como ninguna forma de conceptualizar el mundo
puede dar una explicación de la realidad última y exhaustiva, nuevas
anomalías están destinadas a aparecer.

Un denominador común y postulado clave en el pensamiento económico
clásico y neoclásico es la omnipresencia de la escasez. Dado que los
recursos son limitados en relación a las necesidades y deseos ilimitados
de los humanos, éstos actúan como agentes económicos maximizadores. Es
por esta razón, nos dicen, que la teoría económica puede hacer
predicciones sobre el comportamiento humano. El economista debe postular
la escasez para poder ver cualquier cosa en el mundo. La escasez es su
condición para la visión y su punto ciego. Para tal ciencia, la
existencia de algo no rival se vuelve una anomalía. Este fenómeno ha
sido reconocido por los economistas como el problema de los “bienes
públicos”. Desde este paradigma, los bienes públicos son causa de fallas
en el mercado. Al definir los bienes públicos en estos términos la
anomalía no queda resuelta. Sólo reafirma las asunciones iniciales de la
ciencia económica. Un ejemplo profundamente relacionado con el argumento
presente es la charla sobre el surgimiento de la así llamada “economía
de la atención” (Simon, 1971). Se dice que la abundancia de la
información ha resultado en una nueva escasez, es decir, la falta de
atención entre las audiencias. Por lo tanto, el mercado de la
información es superado por un mercado de la atención. La abundancia es
definida como una escasez de la escasez. Mi punto no es que los bienes
no rivales abundantes existen en el mundo y que la ciencia económica
falla al punto de que es incapaz de reconocerlos. En vez de eso, lo que
es importante es que la anomalía es en sí misma producto de la forma
particular de observación del economista.

Al ser un artefacto de la forma de observación económica, se sigue que
el problema de los bienes no rivales surgieron al mismo tiempo que esta
disciplina fue puesta en escena. Para sus padres fundadores, sin
embargo, fue la luz, antes que la información, lo que captó su
desconcertada atención. Henry Sidgwick observó que “los beneficios de un
faro bien ubicado deben ser ampliamente disfrutados por naves sobre las
que ningún peaje puede ser convenientemente impuesto” (Sidgwick, 1901,
p. 412). John Stuart Mill acordaba que el servicio provisto por los
faros era mejor administrado colectivamente como un bien público (Mill,
1965, p. 968). Cien años después, Ronald Coase volvió sobre el debate de
los faros y afirmó que todavía suponía un desafío para la teoría
económica (Coase, 1974). La conexión entre luz e ideas fue hecha por
Thomas Jefferson (Peterson, 1984). Es famosa su conclusión de que ambos
deben ser compartidos libremente. Las invenciones no pueden, por su
propia naturaleza, estar sujetas a la propiedad privada exclusiva. Todas
estas declaraciones convergen en proclamar que la economía política de
la información se rige por leyes diferentes de aquellas que se
encuentran en la economía política en general. Esta suposición fue más
sistemáticamente explorada por el economista Fritz Machlup, que Subrayó
las propiedades inusuales de la información:

   Si un bien público o social se define como uno que puede ser usado
   por personas adicionales sin causar un costo adicional, entonces el
   conocimiento es el más puro de estos bienes (Machlup, 1984, p. 159)

Cuando Steward Brand declaró que la información quiere ser libre, estaba
metiéndose con una anomalía de la ciencia económica. Las quejas contra
la regulación de la propiedad intelectual no podían resolverse volviendo
a la ciencia económica contra sí misma. Estableció la fundación de la
actual crítica de la propiedad intelectual dominante en sus innumerables
variantes. A pesar de la gran cantidad de variantes, el argumento gira
alrededor de la discrepancia entre recursos digitales infinitos y
recursos tangibles limitados. Se dice que el costo marginal inexistente
de la reproducción del conocimiento entra en conflicto con su
tratamiento como una propiedad escasa. Es por esta razón que la
regulación de la propiedad intelectual es declarada culpable del pecado
capital de las ciencias económicas: eficiencia subóptima. Por lo tanto,
se la juzga de la misma forma que a cualquier otra industria o sector
obsoletos: debe perecer. Esta conclusión es subrayada al volver a
conectar de tanto en tanto con la teoría económica. En el caso de Yochai
Benkler, la conexión está incluso escrita en el título de su libro
principal: La riqueza de las redes [11]_ (2006). Es una hermosa jugada
retórica. En un mundo donde la ciencia económica ha dado forma a gran
parte del discurso oficial y la auto-comprensión humana, esta
auto-contradicción dentro de la misma cosmovisión se convierte en una
poderosa palanca para hacer llegar la crítica contra el status quo. Con
la misma seguridad con que los economistas establecen la omnipresencia
de la escasez y las inevitables leyes del mercado, los críticos de la
propiedad intelectual afirman la naturaleza no rival de los recursos
informacionales y su excepción de esas mismas leyes.

La economía política de la información
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La maniobra de flanqueo está completa. Habiendo ido tan lejos en este
argumento, ha llegado el momento de cerrar el paréntesis en el que
inicialmente coloqué la pregunta sobre si la hipótesis de la
excepcionalidad de la información es una proposición totalmente falsa.
Mi respuesta es que la excepcionalidad atribuida a la información no es
incorrecta per se. La hipótesis es problemática sólo porque lleva
nuestra investigación hacia la dirección equivocada al elegir un punto
de partida parcial y unilateral. No sirve de nada cuando tratamos de
darle sentido a la propiedad intelectual y los comunes informacionales.
Si esto parece una corrección menor que a duras penas merece todo el
revuelo que armé, entonces respondo que esta diferencia de matices lleva
a un enfoque totalmente diferente, tanto analítica como políticamente.
Al cuestionar la excepcionalidad atribuida a la información, la
orientación de la investigación en su totalidad es puesta en cuestión
también, porque la “excepcionalidad” es un artefacto de la forma en que
la investigación fue enmarcada. La clave del asunto es la noción de
escasez, el alfa y el omega de la disciplina económica, que hace surgir
a su Otro radical: la abundancia infinita de recursos informacionales.

El punto inicial de la hipótesis de la excepcionalidad de la información
es una afirmación de hecho sobre la existencia positiva de la escasez en
el mundo físico, tomada de la disciplina económica. La alternativa es un
acercamiento histórica y sociológicamente informado, de acuerdo al cual
la escasez (tanto de bienes tangibles como intangibles) siempre-ya [12]_
está inscrita en las relaciones sociales prevalecientes. Es aquí que un
análisis robusto de la propiedad intelectual debe comenzar. Mi
afirmación podría sonar contraintuitiva. La escasez en el mundo físico
es una característica de la vida moderna, experimentada en todos lados
como falta y deseo insatisfecho. La certeza sobre tales experiencias
debe suspenderse en favor de un punto de vista que relaciona la escasez
con el todo social del sistema industrial de mercado. El antropólogo
Marshal Sahlins, basándose en sus estudios sobre sociedades arcaicas,
hablaba desde este punto de vista privilegiado cuando hizo las
siguientes observaciones:

   El sistema industrial-mercantil instituye la escasez de una manera
   sin paralelo precedentes y en un grado sin aproximación en ningún
   otro lugar. Donde la producción y la distribución están organizadas a
   través del comportamiento de los precios y todos los medios de vida
   dependen de obtener y gastar, la insuficiencia del los medios
   materiales material se convierte en el punto inicial explícito y
   calculable de toda la actividad económica. (Sahlins, 1972, p. 4)

Muchos historiadores han demostrado cómo se ha llegado a esta situación,
comenzando por el movimiento de cercamiento en los siglos XV y XVI en
Inglaterra (Perelman, 2000). La tierra, que hasta ese momento había sido
un bien común, fue cercada y asignada a propietarios individuales. La
tierra fue convertida en un recurso escaso, tal como la información fue
convertida en una entidad abstracta y descontextualizada. La expansión
actual de la propiedad intelectual, en las memorables palabras de James
Boyle, se convirtió en “un segundo movimiento de cercamiento” (Boyle,
2003). Boyle ejemplifica un análisis que comienza con una crítica más
amplia de la propiedad privada y la mercantilización como momentos de un
todo social desplegándose históricamente. La perspectiva histórica de la
escasez pone el énfasis en la continuidad antes que en la discontinuidad
y muestra que la economía política de la información no es tan
excepcional después de todo. Nada de lo dicho hasta ahora niega la
noción de sentido común de que hay una diferencia cualitativa entre los
bienes informacionales y los tangibles. Tampoco niego que pueda resultar
significativo reflexionar sobre esta diferencia. Lo que está en juego es
solamente cómo enmarcar mejor tal pregunta. Esto fue señalado con
vehemencia por Dan Schiller en su crítica de la hipótesis de la
excepcionalidad de la información:

   En contra de la afirmación posindustrialista de que el valor de la
   información deriva de sus atributos inherentes en tanto recurso,
   respondemos que su valor nace solamente de su transformación en una
   mercancía: un recurso socialmente revalorizado y refinado a través de
   aplicaciones históricas progresivas del trabajo asalariado y el
   mercado, hacia su producción e intercambio. (Schiller, 1988. pp. 41)

Lo que parecen ser características inherentes a la información terminan
siendo, en un segundo vistazo, un momento pasajero en un proceso
histórico más amplio. Anteriormente en el texto mencioné que la
información fue definida a mediados del siglo XX como una entidad
abstracta y descontextualizada. Competían otras definiciones de la
información en ese momento, pero ésta era la que mejor se alineaba a las
necesidades de un complejo científico-industrial en ascenso. Cincuenta
años después, la definición de la información de Claude Shannon se ha
grabado a fuego en las infraestructuras, prácticas y representaciones de
nuestra sociedad. Decir que esta definición de la información es una
innovación cultural y una construcción no implica que pueda desaparecer
de la noche a la mañana, simplemente haciendo una crítica de ella. La
información entendida de esta forma es lo suficientemente real y ha
contribuido a una ruptura en la urdimbre de la sociedad,
correspondiéndose a grandes rasgos con el esparcimiento de la tecnología
de la información. Mi única disputa es que esta ruptura debe atribuirse
al proceso de trabajo, no a algunas características inherentes
atribuidas a la información como tal. En lugar de hablar de “información
infinitamente reproducible tratada como un recurso escaso”, sería más
apropiado decir “propiedad privada metida a la fuerza en un proceso
laboral socializado”. La ventaja principal de esta última descripción es
que permite un estilo más dinámico de razonamiento. Una realidad
empírica dada puede ser estudiada como una transición en su desarrollo.

Las ventajas del último enfoque se ven claramente cuando el objeto de
estudio consiste en el cambio tecnológico y en la destrucción creativa.
La convergencia de hardware y software es un caso en cuestión. Esta
tendencia se estaba abriendo paso mucho antes que la aparición de las
impresoras tridimensionales hogareñas forzara el tema. Un caso son los
circuitos programables en campo [13]_, ampliamente utilizados en la
industria computacional desde hace más de una década. Los circuitos son
manufacturados de forma tal que el diseño final puede ser reprogramado
más tarde, como si se tratara de código de software. No es necesario
decir que le debemos la existencia de los circuitos programables en
campo a algo más que a la innata trayectoria del progreso científico y
tecnológico. El testimonio de un líder industrial en los ’90,
anticipando el incremento en el uso de estos circuitos, ilustra este
punto sucintamente:

   Nuestra ventaja es que podemos utilizar capacidades de programación
   fácilmente disponibles para hacer lo que antes requería diseñadores
   de chips caros y díficiles de reclutar. (Gibson, 1999, p. 38)

Tanto la definición de información abstracta y matemática estipulada por
Claude Shannon, que más tarde respaldó las muchas afirmaciones sobre el
ciberespacio como un reino independiente de la existencia física y
corpórea, como la última narrativa donde los dos reinos convergen de
nuevo, deben localizarse en un circuito más amplio de producción,
mercantilización y relaciones de trabajo. Es decir, la propiedad
intelectual necesita ser analizada desde el punto de vista más elevado
de una crítica de la economía política.

Conclusión
----------

En este artículo he cuestionado la hipótesis de la excepcionalidad de la
información, sobre la que descansa la crítica predominante contra la
propiedad intelectual. Esta crítica ha sido cortada con la misma tijera
que la disciplina económica. La teoría económica neo-clásica, tendencia
dominante dentro de la economía, no es una búsqueda académica como
cualquier otra. Es materia prima del pensamiento hegemónico y, como tal,
una fuerza material que reescribe el mundo de acuerdo a sus propias
abstracciones. Para hacer cualquier predicción sobre la economía, la
teoría neo-clásica debe postular antes que nada la omnipresencia de la
escasez. La escasez es la condición para ver y, consecuentemente, el
punto ciego y constitutivo de este “paradigma científico”. Es esta la
anomalía que los críticos del régimen de propiedad intelectual explotan
cuando hablan sobre la excepcionalidad de los bienes informacionales no
rivales. La ironía de este giro es fácilmente apreciable. La
justificación para la existencia de la propiedad intelectual es
derrocada desde adentro de la fortaleza misma de la propiedad. La
liturgia del libre mercado está siendo cantada en alabanza a los comunes
informacionales. El precio a pagar es, sin embargo, que el punto ciego
de la disciplina económica sea debidamente reproducido en la crítica de
la propiedad intelectual. Esto es evidente en las obras de Lawrence
Lessig y Yochai Benkler, así como en el pensamiento de muchos hackers y
hobbistas. No es suficiente criticar las fallas intelectuales de esta
narrativa sin reconocer también cómo quienes la practican la hacen
funcionar para ellos mismos cuando hacen trabajo-frontera. Un buen
ejemplo es la distinción entre “libre expresión” y “cerveza libre”.
Cuando los militantes del Software Libre insisten en esta frontera, se
presentan a sí mismos como militantes estrictos de problemáticas de
derechos civiles, mientras eximen de criticar la propiedad, los mercados
y la distribución de la riqueza a su oposición abiertamente declarada a
los derechos de propiedad intelectual.

El trabajo-frontera en el que hackers, activistas y académicos se han
involucrado desde los ’80 está siendo desestabilizado por la
introducción de un nuevo elemento narrativo. A saber, la exclamación de
que, para ponerlo en el argot de la ideología californiana: “los átomos
son los nuevos bits”. En el corazón de la articulación de este nuevo
imaginario están los hobbistas construyendo impresoras tridimensionales
de código abierto. La máquina fue ideada con el objetivo explícito de
derrumbar la barrera que separa la información de los bienes físicos. La
expectativa entre muchos de los hobbistas es que se desencadenen, sobre
la manufactura industrial, las mismas fuerzas disruptivas que ya tienen
sitiadas a las industrias de la música y el cine. El *compartir
archivos* va a ser generalizado a toda la economía. Dicho en términos
más abstractos, los hobbistas rinden tributo a la revelación de que la
línea entre los comunes informacionales y los mercados de objetos
físicos no está dada de una vez y para siempre. La línea no está
inscrita en la naturaleza de los recursos, como la posición naturalista
establecería. Como esta línea ha sido construida, está sujeta a ser
reconstruida y renegociada. Pero hay que notar que la articulación de
una nueva narrativa alrededor de los átomos y los bits juega un rol
menor en este proceso de renegociación. Cuenta más la habilidad y la
dedicación de los hobbistas para trabajar en y dirigir el proceso de
desarrollo de las impresoras 3D. Desde el punto de vista privilegiado de
los hobbistas, esto es percibido como una movida ofensiva. Están
abriendo un nuevo frente en la lucha contra la propiedad intelectual.

Desafortunadamente, el mismo dezplazamiento desde una comprensión
naturalista de la propiedad privada hacia una constructivista ya ha sido
realizado por los sectores más avanzadas de los “derechos adquiridos”.
La comprensión naturalista o fundacionista de la propiedad privada no
sólo legitima la propiedad al retratarla como un estado natural eterno,
una crítica muy conocida por la izquierda desde que Karl Marx denunciara
el fetichismo de la mercancía. Del mismo modo, todo lo que no es
propiedad se retrata como igualmente perteneciente a un estado natural,
ya sea luz o ideas. Esto establece un piso o base más allá del cual la
propiedad no puede ser concebida. No hay que sorprenderse, entonces, de
que las falacias naturalistas del liberalismo clásico y la economía
política clásica hayan sido descartadas por el Colectivo de Pensamiento
Neo-Liberal (Mirowski, 2013). Lo mismo puede verse en un texto publicado
por el *Cato Institute*, uno de los muchos *think tanks* que conforman
la vanguardia neo-liberal. El libro discute la relación entre propiedad,
mercados y tecnología. En una re-examinación del viejo debate sobre los
faros y los bienes públicos, mencionado más arriba, un economista hace
notar que la luz ha sido reemplazada, como medio para asistir la
navegación, por las señales de radio. Esta tecnología está diseñada de
tal forma que la renta por el servicio puede ser extraída fácilmente. El
escritor se regocija: gracias al cambio tecnológico, ya no hay tales
cosas como los bienes públicos naturales. Es solo la inercia
institucional la que retrasa la implacable expansión e intensificación
de los mercados (Foldvary, 2003). Ese último comentario clarifica por
qué el Colectivo de Pensamiento Neo-Liberal, aunque su agenda oficial
sea “aplastar el Estado”, antes que nada está preocupado en capturar al
Estado. Es a través del poder estatal que la inercia institucional
contra la expansión de los mercados puede ser aplastada (Mirowski,
2013). El ejemplo más usado, discutido extensamente en otros lados, es
la privatización de los servicios públicos. Sin embargo, la proyección
de la propiedad intelectual sobre los objetos físicos puede añadirse a
la lista. Esto apunta a un futuro donde los aspectos más controversiales
de la propiedad intelectual, es decir, los sistemas de gestión de
derechos digitales [14]_, la vigilancia de los clientes en tiempo real y
los intrincados sistemas de diferenciación de precios han pasado sobre
la anterior barrera entre lo virtual y lo físico. En otras palabras, la
proyección ha transformado la propiedad privada tal como la conocemos.
Los dos tipos de propiedad convergen en lo que he dado en llamar
“propiedad aumentada”. La defensa de que esta proyección es lógicamente
imposible, dejaría muchas lagunas y no aplica correctamente a los
objetos realmente existentes, es de poca importancia. El triángulo de
Penrose no puede existir en términos lógicos, pero la ilusión de uno es
suficiente para los propósitos de leyes y mercados. La propiedad
aumentada implica que la granularidad de las mercancías puede hacerse
infinitamente pequeña. Son infinitas las formas de diseccionar la
información y proveerla en según el pago. La tosca manera en que los
bienes y servicios son cobrados hoy, dentro de algunos años se verá como
una larga e interminable lista de fracasos del mercado. La tecnología
mantiene su promesa de cerrar las fallas del mercado, una y otra vez.
Parafraseando el meme anti-fundacionalista y constructivista, los
mercados van “hasta el fondo”. Como antes sucediera con el régimen de la
propiedad privada, este nuevo orden solo puede continuar existiendo si
las transgresiones en su contra son sancionadas por el Estado. Mientras
se despliega el conflicto sobre la propiedad aumentada, la piratería se
generalizará en cada rincón de la sociedad. Y en todos lados
escucharemos el grito de guerra: ¡los átomos también quieren ser libres!

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.. [1]
   El autor no cree que haya una distinción entre propiedad y propiedad
   intelectual. Ver *¡Hackers GNUníos!*
   https://endefensadelsl.org/hackers_gnunios.html. (Nota de la
   traducción.)

.. [2]
   Una traducción fiel podría ser “cosoverso”. (Nota de la traducción.)

.. [3]
   Documento legal utilizado para obligar a que se termine con cierta
   conducta. Mayoritariamente se usa como coacción para eliminar obras
   publicadas en Internet. (Nota de la traducción.)

.. [4]
   Siguiendo el espíritu del software libre, libres por libertad de uso,
   modificación y distribución de los planos y el diseño. (Nota de la
   traducción.)

.. [5]
   La Bahía de los Productos, en lugar de La Bahía (de los) Pirata(s).
   (Nota de la traducción.)

.. [6]
   IKEA se dedica a la venta de muebles baratos listos para armar. (Nota
   de la traducción.)

.. [7]
   GPL por sus siglas en inglés (General Public License). (Nota de la
   traducción.)

.. [8]
   Geek es un término que se usa para referirse a la persona fascinada
   por la tecnología y la informática. (Nota de la traducción.)

.. [9]
   “Free as in free speech, not free as in free beer” es la frase
   original. En inglés, *free* puede usarse tanto para hablar de
   libertad como de gratuidad, de ahí la aclaración. (Nota de la
   traducción.)

.. [10]
   Este argumento ha sido llevado un paso más allá por los críticos
   *liberales libertarios* de la propiedad intelectual. En lugar de
   hablar sobre “propiedad intelectual”, promueven el término derogativo
   “monopolio intelectual”. El caso contra los derechos de propiedad
   puede entonces reciclarse como un ataque a las regulaciones estatales
   y a las distorsiones del mercado (Boldrin & Levine, 2008). Esta línea
   argumentativa es apuntalada por la vieja falacia libertaria de que la
   propiedad privada y los mercados pueden existir independientemente
   del Estado y sus poderes legales.

.. [11]
   En referencia a *La riqueza de las naciones* de Adam Smith. (Nota de
   la traducción.)

.. [12]
   *Always-already* en el original. Ver el artículo en Wikipedia:
   https://en.wikipedia.org/wiki/Always_already. (Nota de la
   traducción.)

.. [13]
   Un tipo de circuitos (FPGA) que se pueden programar fuera de la
   fábrica, o sea “en el campo”. (Nota de la traducción.)

.. [14]
   Del inglés Digital Rights Management. Creemos que un nombre más
   descriptivo es Gestión Digital de Restricciones. Ver el ensayo de
   Richard Stallman:
   http://www.gnu.org/philosophy/can-you-trust.es.html. (Nota de la
   traducción.)
