   Este artículo es la traducción al castellano de “Hackers GNUnited!”,
   publicado en Free Beer 1.0 (2008). El libro completo en inglés puede
   encontrarse en http://freebeer.fscons.org. Traducción por fauno,
   revisión y correcciones por Leonardo G. De Luca, agosto, 2010. Este
   artículo y el original están licenciados bajo Creative Commons
   Atribución-CompartirIgual 2.5 (Corporation, s. f.)

La izquierda política y la política de los hackers
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En este artículo voy a mirar el hacking desde la perspectiva del
sindicalismo. El significado político del hacking informático ha
intrigado a la vieja izquierda, aunque existen algunos vasos
comunicantes entre el movimiento hacker y movimientos sociales más
tradicionales. Los más notables de estos grupos dentro del underground
informático son los autodenominados ‘hacktivistas’. Tratan de aplicar
sus habilidades informáticas a una agenda política ya establecida, como
el feminismo o el ecologismo (Jordan, 2002). Pero es más desafiante
darle sentido a la agenda política del núcleo del movimiento hacker. De
inmediato, uno se pregunta si el underground informático puede siquiera
considerarse un movimiento social. Muchos hackers, tal vez la mayoría,
dirían que este no es el caso. A lo más, la política es tenida como un
punto secundario frente a la alegría de jugar con tecnología informática
(Torvalds & Diamond, 2001). Aún así, de esta apasionada afirmación de
las computadoras han crecido ideas con ramificaciones políticas. Por
caso, hackers que de otra manera no se considerarían ‘políticos’ tienden
a oponerse a las patentes del software y la vigilancia estatal de
Internet, para mencionar sólo dos ejemplos. De hecho, estos puntos de
vista están tan compartidos en el underground informático que parecen
más sentido común que consignas políticas. Algunos temas, como las
campañas contra la expansión de las leyes de propiedad intelectual y la
defensa de la libertad de expresión, han sido agregadas a agendas
políticas y son promovidas activamente por grupos de lobby hacker, dos
ejemplos de esto son la Fundación del Software Libre (FSF) y la
Fundación Frontera Electrónica (EFF). Estas organizaciones están
claramente involucradas en política, aunque sostienen que estos
intereses cortan por ejes diferentes de los de la división
derecha-izquierda tradicional. Cuando los científicos sociales han
analizado los supuestos que descansan detrás de las declaraciones
públicas de estos grupos de lobby hacker han encontrado sin embargo una
cercana afinidad con el liberalismo (Coleman, 2008).

Un par de escritores de izquierda han hecho un corte en el que no
interpretan el hacking como una ideología liberal. Muy al contrario,
creen que el movimiento hacker podría revitalizar las viejas luchas de
la izquierda, no sólo por la libertad individual sino también en contra
de la injusticia y la desigualdad. El más renombrado enterado que ha
expresado tales opiniones sobre el hacking es Eben Moglen. Es profesor
de leyes y fue por un largo tiempo una figura maestra en la Fundación
del Software Libre (FSF). Moglen es además el autor del *Manifiesto
puntoComunista*, donde predijo que el anarquismo del desarrollo de
software reemplazará a las firmas capitalistas como el modo más
eficiente de organizar la producción en el futuro (Moglen, 1999). El
estudioso de los medios Richard Barbrook razonaba en forma similar
cuando desbancaba el hype acerca de los ‘mercados libres en el
ciberespacio’ creado en los ‘90. En su lugar presentó su propia visión
de una economía anarquista del don de alta tecnología. [1]_ El impulso a
dar se genera automáticamente del hecho de que en Internet la gente
tiene un interés propio en compartir información libremente antes que
comercializarla en un mercado (Barbrook, 2002). Podría decirse que el
surgimiento de Napster y generaciones posteriores de tecnologías de
compartición de archivos probaría que Barbrook estaba en lo cierto. Aun
más iconoclasta en su adopción de la retórica socialista es el filósofo
esloveno Slavoj Zizek. Parafraseó el apoyo de Lenin a la electricidad
diciendo, en tono de burla, que ’el socialismo es igual a libre acceso a
Internet más todo el poder a los Soviets’ (Zizek, 2002). Por lo menos
unos pocos comunistas de la vieja escuela están tomando esta idea con
seriedad. Creen que la tecnología informática ha provisto el vínculo
faltante que al fin podría hacer de una economía planificada una
alternativa viable a la economía de mercado (Pollack, 1998).

Pero estas afirmaciones positivas del hacking y la tecnología
informática probablemente sean opiniones minoritarias dentro de la
izquierda tradicional. Hay una sospecha profundamente arraigada entre
los intelectuales de izquierda hacia la tecnología informática y, por
extensión, a sus más celosos usuarios, es decir los hackers. El origen
de Internet dentro de instituciones del EEUU de la Guerra Fría es
suficiente para desanimar a muchos pensadores progresistas (Edwards,
1996; Shiller, 1999). Hay que agregar a esto el hype alrededor de
Internet a mediados de los ‘90. Dió rienda suelta al viejo dilema de la
’Edad de la Información’. Esta noción data de los ’50 y proviene de
sociólogos conservadores estadounidenses que se propusieron desaprobar
la relevancia y continuidad de los conflictos de clase. Al anunciar el
fin de la sociedad industrial, buscaban probar que las tensiones entre
clases se habían disuelto y la lucha ideológica entre liberalismo y
socialismo se estaba volviendo obsoleta. En consecuencia, los académicos
con tendencias de izquierda protestaron contra las nociones acerca del
surgimiento de la Edad de la Información e insistieron en la existencia
y continuidad del industrialismo, capitalismo y conflicto de clases
(Webster, 2002). Para probar este punto les basta con llamar atención
sobre las condiciones inhumanas bajo las que la electrónica informática
es manufacturada en zonas de exportación de países del tercer mundo
(Sussman & Lent, 1998). Un informe de 2008 ha documentado cómo en China
chicas de 16 años de edad trabajan de doce a quince horas diarias, seis
o siete días a la semana, y apenas ganan para vivir (Weed, 2008). Estos
descubrimientos resuenan junto a la circunstancia histórica de que las
tarjetas perforadas, maquinaria de control numérico, mainframes y otros
embriones de computadoras modernas fueron instrumental para volver
redundantes a los obreros y degradar sus calificaciones laborales en el
momento de la producción (Braverman, 1974; Kraft, 1977).

Ahora, habiendo delineado brevemente la relación confusa entre la
izquierda tradicional y el empuje político de los hackers, este artículo
procederá a examinar la importancia política de estos últimos a la luz
de un viejo debate acerca de la maquinaria fabril y el trabajo
asalariado. El Debate Braverman, como es conocido según el autor que
inició la controversia, se retrotrae a los ‘70. Harry Braverman publicó
un libro en el que argumentaba que la descalificación del trabajo era
una cualidad inherente al capitalismo. La razón era que los gerentes
tratan de independizarse de los obreros altamente calificados para
mantener bajos salarios y debilitar políticamente a los sindicatos.
Braverman encontró apoyo a su hipótesis en los escritos de los pioneros
de la filosofía gerencial. La figura pivote entre ellos, Winston Taylor,
fue el fundamento de lo que se conocería como ’gerenciamiento
científico’ o ‘taylorismo’. Una idea central del gerenciamiento
científico es que la línea de producción debe reestructurarse de manera
que las tareas puedan realizarse mediante rutinas simples que requieran
un mínimo de calificación de los empleados. Taylor argumentó que esto
podía lograrse con la introducción de maquinaria fabril. Braverman
mostró cómo esta estrategia se estaba desplegando en la industria pesada
a mediados del siglo XX.

Este punto de vista puede servir como lente con la que mirar el
significado político de la maquinaria informática y el hacking de esta.
La novedad de este argumento es que el análisis de los hackers está
formulado desde una perspectiva orientada a la producción, en oposición
a la perspectiva de los derechos del consumidor. Se argumentará que el
surgimiento del Software Libre y Abierto (FOSS) puede trazarse hasta el
conflicto industrial entre gerentes y trabajadores. Además, la
similaridad entre la lucha de los trabajadores contra la maquinaria
fabril y la lucha del movimiento hacker contra el software propietario
va a ser puesta en relieve. El libre acceso al código fuente,
preocupación clave de los hackers, contradice el sistema fabril y la
lógica del gerenciamiento científico en la programación informática
(Hannemyr, 1999). Aunque la situación de los programadores comparada con
la de los obreros es muy diferente en muchos aspectos, el artículo
muestra que ambos grupos están preocupados en la meta de preservar sus
calificaciones y la autonomía obrera frente al rápido cambio
tecnológico. La demanda de los hackers de que el código fuente debe ser
libremente accesible puede interpretarse como parte de una estrategia
orientada a preservar el saber-cómo de los programadores y su control
sobre las herramientas de su oficio.

La máquina en el trabajo
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Los sentimientos ambivalentes de entusiasmo y miedo que a menudo evoca
la tecnología informática entre la gente tienen un precedente histórico.
En el amanecer de la revolución industrial, se debatió fuertemente en
todos los segmentos de la sociedad qué efecto tendría la mecanización
sobre el ser humano, tanto social como espiritualmente (Berg, 1980).
Incluso algunos de los adelantados de la teoría económica liberal, como
David Ricardo, admitieron que la clase trabajadora tenía buenas razones
para resentir de la maquinaria fabril (Riccardo, 1821). La miseria que
cayó sobre los trabajadores que estaban subyugados a la maquinaria y la
disciplina fabril fue vívidamente descripta por James Kay, un reformista
social que trabajó como doctor en las villas:

   “Mientras la máquina anda la gente debe trabajar –-hombres, mujeres y
   niños están uncidos juntos con hierro y vapor. La máquina animal
   –-frágil en el mejor de los casos, sujeta a mil fuentes de
   sufrimiento–- está encadenada a la máquina de hierro, que no conoce
   sufrimiento ni fatiga.” (Kay, 1832)

Escritores sobre el gerenciamiento tempranos como Andrew Ure y Charles
Babbage dieron la bienvenida a esta oportunidad y aconsejaron a los
dueños de las fábricas sobre cómo diseñar maquinaria para mantener a los
obreros dóciles e industriosos (Babbage, 1971; Ure, 1835). Sus
testimonios informaron el análisis del capitalismo de Karl Marx, quien
denunció la maquinaria fabril como el ‘modo material de existencia del
capital’. Pero él también cualificó su crítica contra la tecnología
agregando que: “Tomó tiempo y experiencia para que los trabajadores
aprendieran a distinguir la maquinaria de su empleo por el capital, y en
consecuencia a transferir sus ataques de los instrumentos materiales de
producción a la formación social que utiliza esos instrumentos.” (Marx,
1976) Así Marx renunció a la estrategia de rompimiento de máquinas que
fue el sello de los Luditas. Los Luditas consistían en peinadores,
tejedores y artesanos que sintieron que su oficio era amenazado por la
introducción de nuevos telares y una subsecuente reorganización de la
industria textil. Se hicieron ataques nocturnos para destruir molinos de
lana y marcos de tejido de los que los ‘maestros tejedores’ eran dueños.
Estas actividades alcanzaron su punto cúlmine en 1811-1813 y una vez la
corona inglesa tuvo que desplegar 14.400 soldados en la región para
poder aplastar las insurgencias nocturnas. Remarcablemente, fueron
movilizados más soldados ingleses contra los Luditas de los que habían
sido enviados a Portugal cuatro años antes para enfrentar al ejército de
Napoleón (Sale, 1995). En su clásico reexamen del levantamiento Ludita,
Eric Hobsbawm mostró que el rompimiento de máquinas no fue una
resistencia fútil contra la tecnología y el progreso, como se hizo ver
después. En su lugar la interpretó como un método de ‘negociación
colectiva mediante el disturbio’. Romper la maquinaria era una opción,
pero los obreros también pudieron presionar a sus empleadores prendiendo
fuego los lugares de trabajo o enviando amenazas anónimas. Hobsbawm
concluye que, a juzgar por la habilidad de los trabajadores de preservar
sus salarios y condiciones laborales, tuvieron un éxito moderado
(Hobsbawm, 1952).

La lectura equivocada de la rebelión Ludita como alocada, irresponsable
y, más importante, sin relación alguna con la política, se asemeja al
retrato de los hackers que se hace en los medios de noticias actuales.
Andrew Ross protestó contra la imagen del hacker como un criminal menor,
un bromista juvenil o, alternativamente, un yuppie de la Era de la
Información. Hace hincapié en que el sabotaje espontáneo hecho por
empleados contribuye la mayor parte de tiempo muerto en las oficinas.
Estos ataques a menudo no son reportados ya que los gerentes prefieren
culpar a adversarios externos. Con esta observación en mente, sugiere
una definición de hacking más amplia:

   “Mientras un pequeño número de usuarios de computadoras se
   categorizaría a sí mismo como ‘hacker’, existen razones de peso para
   extender la definición restringida de *hacking* por debajo y a través
   de la jerarquía de analistas de sistemas, diseñadores, programadores
   y operadores para incluir a todos los trabajadores de alta tecnología
   –sin importar cuán inexpertos– que puedan interrumpir, molestar y
   redirigir el suave flujo de comunicaciones estructuradas que dicta su
   posición en las redes sociales de intercambio y determina el paso de
   su agenda de trabajo.” (Ross, 1991)

La sospecha de Andrew Ross es confirmada por estudios conducidos por
organizaciones de empleadores. Que el personal provoque la falla del
equipamiento informático de sus empleadores es el escenario más común,
más costoso y más temido por las firmas que la intrusión de usuarios
informáticos externos. De acuerdo a una encuesta realizada en 1998 por
la Iniciativa por la Seguridad Informática en conjunto con el FBI, el
costo medio de un ataque informático exitoso en los EEUU por un usuario
externo es de US$56.000. En comparación, el costo medio de actos
maliciosos hechos por usuarios internos (es decir, empleados) se estimó
en US$2,7 millones (Shell & Dodge, 2002). La afición de los empleados
por atacar los sistemas informáticos de sus empleadores subraya el rol
de la computarización en la transformación de las condiciones de trabajo
de los trabajadores de cuello blanco. La comparación de Ross con el
sabotaje seguramente despertará algunas objeciones entre los hackers
‘reales’. Aquellos en el movimiento hacker que quieren adecuarse a la
definición tratan de contrarrestar el estereotipo negativo de los
hackers que hacen los medios al diferenciar entre hackers originales y
los así llamados crackers. El primer nombre está reservado a usos
creativos que contribuyen a proyectos de software socialmente útiles.
Las connotaciones negativas del crimen informático están reservadas para
el último grupo [2]_.

Estos esfuerzos por mejorar las relaciones públicas de los hackers
meramente subrayan el paralelo histórico con la militancia laboral
sugerido arriba. El movimiento sindicalista también ha rescrito su
propia historia para que el sabotaje, las huelgas ilegales y los actos
de violencia queden fuera de la foto. En efecto, los sindicatos han
tenido bastante éxito en formalizar el conflicto entre trabajo y capital
como un problema de negociación institucionalizada. No obstante, puede
decirse que la negociación colectiva del trabajo todavía descansa sobre
la amenaza velada del sabotaje, las huelgas y los disturbios (Brown,
1977). De la misma manera, entiendo la distinción entre hackers y
crackers como una construcción discursiva que no retrata certeramente
las raíces históricas ni el solapamiento actual de esta subcultura. En
cambio, busca redefinir el significado de hacking y dirigirlo en una
dirección particular. A pesar del éxito de esta retórica, la liberación
de warez, la rotura de cifrados, y el crackeo de servidores corporativos
juegan sin embargo un papel en la lucha más amplia por mantener la
información libre.

Habiendo dicho esto, el lector estaría en lo correcto al objetar que la
motivación de los Luditas y trabajadores para rechazar la maquinaria
fabril y de oficina es muy diferente de la motivación de los hackers que
luchan contra el software propietario. Para el último grupo, las
computadoras se revelan como bienes de consumo y fuentes de estímulo.
Podría decirse que su relación con la tecnología es de pasión más que de
hostilidad. Aún cuando los hackers (crackers) sabotean servidores
corporativos, este es un acto de alegría. Los trabajadores de oficina
descontentos podrían obtener placer al destruir la computadora de su
empleador, pero todavía es significativo decir que su acto nace del
resentimiento contra su situación. Esta diferencia en motivación, sin
embargo, no descarta la posibilidad de que los hackers compartan terreno
con los antiguos rompedores de máquinas. Ambos están atrapados en un
combate luchado en el terreno del desarrollo tecnológico. Incluso podría
ser que la apasionada afirmación de la tecnología hecha por los hackers
ofrezca una línea de ataque aún más subversiva, en comparación a, por
ejemplo, la insurgencia Ludita. Aunque es incorrecto decir que los
Luditas estaban en contra de la tecnología *per se*, es verdad que
defendían una tecnología desactualizada contra la nueva del sistema
fabril. Así es que parece que su causa estaba perdida antes de empezar.
Los hackers, en contraste, tienen una tecnología propia sobre la que
trabajar. Pueden declarar plausiblemente que su modo de escribir código
es más avanzado que el ‘modelo fabril’ de desarrollo de software
propietario.

Descalificación de obreros, recalificación de usuarios
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Es una dialéctica extraña la que llevó a la situación actual en la que
los hackers recuperan tecnología informática de las compañías e
instituciones gubernamentales. Las pistas de cómo se llegó a esta
situación pueden encontrarse en lo que se llamó el Debate Braverman. La
controversia tuvo lugar contra el telón de la idea acerca de la llegada
de una era post-industrial (Bell, 1973). Dos décadas después, la misma
idea fue reempaquetada como ‘el surgimiento de la Era de la Información’
o la ‘Sociedad en Red’. Esta noción ha tenido muchos tonos pero
invariablemente pinta un futuro brillante donde el capitalismo avanzará
más allá del conflicto de clases y el trabajo monótono. Crucialmente,
esta transición no fue traída a través de la lucha social sino que se
debe exclusivamente a la trayectoria interna del desarrollo tecnológico.
Harry Braverman apuntó a uno de sus supuestos principales, la de que las
capacidades de los trabajadores se modernizarían cuando los trabajos de
obrero fueran reemplazados por trabajos de cuello blanco. Insistió en
que la lógica del capital es la de descalificar la fuerza de trabajo,
sin tener en cuenta si se emplea en una fábrica o en una oficina. En
lugar de una modernización general de calificaciones en la sociedad,
predijo que el crecimiento de la así llamada ‘economía del servicio’
pronto resultaría en que los trabajadores de cuello blanco confronten la
rutinización y descalificación así como la que obreros fabriles habían
pasado antes.

   “Por lejos lo más importante en la producción moderna es la división
   de procesos complejos en tareas simples que son realizadas por
   trabajadores cuyo conocimiento es virtualmente nulo, cuyo así llamado
   entrenamiento es breve, y que entonces pueden ser tratados como
   partes intercambiables.” (Braverman, 1998a)

Su afirmación fue rebatida por los sociólogos industriales. Reconocían
que la descalificación del trabajo está presente en industrias maduras,
pero argumentaban que esta tendencia se contrabalanceaba por el
establecimiento de nuevos puestos de trabajo con mayores calificaciones
en otros lugares de la economía. A primera vista, la emergencia de la
profesión de programador pareció haber probado que sus críticos tenían
razón. Uno de ellos, Stephen Wood, reprochó a Braverman por idealizar al
trabajador artesanal del siglo XIX. Wood señaló la difusión de la
alfabetización para probar que las calificaciones también habían
aumentado en la sociedad moderna (Wood, 1982). Su comentario es
intrigante ya que trae una sutileza que se perdió en el calor del
intercambio. No es la descalificación *per se* el objetivo del capital,
sino el hacer reemplazables a los trabajadores. Cuando las tareas y
cualificaciones se estandarizan, el trabajo será barato y falto de
fuerza política. Desde este punto de vista, no importa realmente si las
calificaciones de los trabajadores se nivelan en un equilibrio más bajo
o más alto. La alfabetización universal es un ejemplo de lo último.

En este sentido puede decirse que la alfabetización es análoga en el
presente a las campañas por la alfabetización informática que llaman a
cerrar ‘la brecha digital’. En un sentido trivial, las calificaciones
han aumentado en la sociedad cuando más gente sabe cómo usar
computadoras. Uno puede sospechar que un fuerte ímpetu para esto es, sin
embargo, que la alfabetización digital reduce una mayor inercia en el
esquema de ‘aprendizaje de por vida’, esto es, el tiempo que toma a los
humanos aprender nuevas habilidades. Una vez que los trabajadores
adquieren habilidades básicas para navegar en un ambiente digital, toma
menos esfuerzo aprender una nueva ocupación cuando su oficio anterior se
vuelve redundante. Esta interpretación de alguna manera cínica de la
alfabetización informática puede ilustrarse con una referencia a la
industria de la imprenta. Los oficios gráficos tradicionales toman
muchos años para dominarse y requieren grandes y costosas instalaciones.
La militancia sindical que caracterizó la industria de la imprenta se
fundaba sobre este monopolio del conocimiento por parte de los
trabajadores. La introducción de procesos informáticos fue decisiva para
romper la fuerza de los trabajadores gráficos (Zimbalist, 1979). Las
computadoras personales pueden verse como una extensión de este
desarrollo. La mediación por el software permite que la simple capacidad
de navegar una interfaz gráfica se convierta en múltiples capacidades.
Con una computadora corriendo GNULinux y Scribus, por ejemplo, el
usuario puede comandar el lenguaje de máquina de la computadora e imitar
los oficios de la imprenta y la tipografía. Se requiere muy poco
entrenamiento para usar estos programas, comparado al tiempo que le toma
a un trabajador gráfico dominar su oficio. Esto sugiere que la
alfabetización informática reduce la inercia del aprendizaje humano y
vuelve las calificaciones de los trabajadores más intercambiables. Los
escritores liberales interpretan este desarrollo como un ejemplo del
crecimiento lineal del aprendizaje y la educación correspondiente a la
llamada ‘sociedad del conocimiento’. Desde la perspectiva de la teoría
del proceso laboral, muy al contrario, el mismo desarrollo es visto como
una degradación de las capacidades de los trabajadores y en última
instancia apunta a debilitar la posición negociadora de los sindicatos.

El clásico estudio de David Noble sobre la introducción de maquinaria de
control numérico en la industria pesada a mediados del siglo XX provee
el vínculo faltante entre el argumento de Braverman sobre la
descalificación y la discusión actual sobre computadoras y hackers. Una
cosa sobre la que su estudio arroja luz es cómo la universalidad de la
herramienta informática estaba pensada para trabajar en ventaja de los
gerentes. Su esperanza era la de debilitar la posición de los
maquinistas calificados. La maquinaria de propósito especial había
fallado en reemplazar a estos obreros, ya que aún tenían que tomarse
iniciativas en la línea de producción para integrar los estadios
separados de la producción especializada. En contraste, las máquinas de
propósito general simulaban la versatilidad de los seres humanos, por lo
que estaban mejor capacitadas para reemplazarlos (Noble, 1984). Esta
conexión histórica es importante de enfatizar porque ahora es un lugar
común que la universalidad de las herramientas informáticas se asuma
como una cualidad inherente de la tecnología de la información en sí
misma. De ahí que la trayectoria hacia herramientas universales se haya
desprendido de la lucha y se atribuya en cambio a la gracia del
desarrollo tecnológico.

Decir eso no nos obliga a condenar la tendencia a un nivelamiento de las
calificaciones productivas y el crecimiento de herramientas universales
como las computadoras. Al contrario, en fuerte contraste con el retrato
negativo de Harry Braverman como un neo-Ludita, Braverman reconoce que
la unificación de la fuerza de trabajo causada por la maquinaria acarreó
un potencial positivo.

   “El proceso re-unificado en el que la ejecución de todos los pasos es
   construida en el mecanismo de trabajo de una sola máquina parecería
   ahora volverlo adecuado a un colectivo de productores asociados,
   ninguno de los cuales necesita gastar toda su vida en una sola
   función cualquiera y donde todos pueden participar en la ingeniería,
   diseño, mejora, reparación y operación de estas máquinas aún más
   productivas.” (Braverman, 1998b)

Con una herramienta universal, la computadora, y la casi universal
calificación de usarla, el público puede involucrarse en cualquier
cantidad y tipo de actividades productivas. Es desde este ángulo que
podemos empezar a dar sentido a la tendencia actual de ‘empoderamiento
del usuario’. En otras palabras: El desplazamiento del trabajo
organizado de los baluartes del aparato de producción capitalista, a
través de la combinación de descalificación y recalificación, ha
preparado el terreno para esquemas de innovación asistidos por
computadoras y centrados en el usuario. Porque programas como *Inkscape*
y *Scribus*, y sus equivalentes propietarios, están substituyendo formas
tradicionales de imprenta y tipografía, una multitud de gente puede
producir pósteres y panfletos, instantáneamente aplicables a sus luchas
locales. Las compañías tienen más difícil el control de la actividad
productiva ahora que cuando los instrumentos de trabajo estaban
concentrados en las manos de unos pocos, aunque relativamente poderosos,
empleados. Lo que es cierto para el diseño gráfico se aplica igualmente
a la escritura de código de software y el desarrollo de la tecnología
informática. Aquí la cara de Jano del software se pone en primer plano:
con la misma flexibilidad y precisión con la que el código de software
puede diseñarse para controlar trabajadores subordinados, esta misma
facilidad permite a muchos más tomar parte en el proceso de escribirlo.
Aunque formas embrionarias de tecnología informática, como la maquinaria
de control numérico, fueron introducidas en los lugares de trabajo por
los gerentes para independizarlos de trabajadores sindicalizados y
calificados; como un efecto lateral, la tecnología informática ha
contribuido al establecimiento de procesos productivos centrados en el
usuario, parcialmente independientes de gerentes y fábricas. La
comunidad de desarrollo de software libre puede tomarse como ilustración
de esto.

El software libre como una estrategia sindical
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El apoyo corporativo hacia la comunidad de Software Libre y Abierto
(FOSS) debe verse contra el trasfondo de un mercado de trabajo
restructurado. Durante las últimas décadas, los sociólogos industriales
han documentado una tendencia donde la fábrica está perdiendo su
anterior estatus como el modelo de producción principal. La producción
se vuelve cada vez más descentralizada y dispersa en una red de
subcontratistas, trabajadores independientes, esquemas de trabajo en
casa y franquicias (McChesney, Wood, & Foster, 1998). Las compañías
ahora pueden agregar a las comunidades voluntarias de desarrollo a la
lista de formas heterogéneas de contratación de trabajo. O, para decirlo
con una frase pegadiza, el trabajo es *outsource* y *opensource*. La
oportunidad para recortar drásticamente los costos laborales para el
mantenimiento de software ha atraído a instituciones estatales,
vendedores, proveedores de servicio y manufactureras de hardware hacia
el FOSS. Los ahorros que hacen gigantes como IBM, el ejército de EEUU y
la ciudad de Munich, para mencionar un par de casos de alto perfil, ha
creado el espacio para que firmas de software especializadas vendan
productos y servicios de software libre. Este análisis es consistente
con la crítica de Tiziana Terranova en la que el involucramiento de
trabajo libre se ha vuelto estructural a la economía cultural. Ella
protestaba contra los muchos ahelos y reclamos hechos sobre la tendencia
al consumo mediático activo, primero celebrada en la disciplina de los
estudios culturales desde los ‘80 en adelante y más recientemente
actualizada con el hype alrededor de la Web 2.0. En respuesta a estas
declaraciones a menudo infundadas, Terranova dijo que el capital siempre
ha anticipado al consumidor activo en sus estrategias de negocio
(Terranova, 2000). Su argumento provee un correctivo a los aplausos
acríticos a la subcultura del *fan fiction*, la licencia Creative
Commons y otras expresiones de ’medios participativos’. No obstante, en
mi opinión, los críticos de izquierda como Terranova han estado ansiosos
de denunciar la explotación económica del trabajo voluntario y han
fallado así en ver el cambio político en potencia que también existe en
algunos de esos casos.

La relevancia de mi objeción debe decidirse caso por caso. Mientras
concedo que la interactividad de los videojuegos y los esfuerzos
voluntarios de escritores de *fan fiction* probablemente no resulten en
ningún cambio político sustancial, la interactividad y el donar de los
desarrolladores de software libre no puede describirse con el mismo
pincel. Aquí debe tomarse en cuenta que el código de software es
regalado conjuntamente con una meta política claramente articulada:
hacer del software libre el estándar en computación. Es verdad que este
punto de vista no es anti comercial en un sentido concreto. Como el
lector probablemente sepa, la Licencia Pública General (GPL) protege el
derecho del usuario a correr el software con cualquier propósito,
incluido el comercial (Gay, 2002). En la práctica, por supuesto, esta
opción está limitada por el hecho de que la GPL también permite que las
copias vendidas sean copiadas y distribuidas gratuitamente. Mientras la
licencia libre reside perfectamente en un mercado libre idealizado,
difícilmente lo sea dentro del mercado existente que presupone siempre
los cuasi monopolios y las regulaciones estatales (Polanyi, 2001).

Esto explica de alguna manera por qué la derecha política tiene dos
visiones sobre las licencias de software libre. Los autoproclamados
*libertarians*\  [3]_, como Eric Raymond, ven el crecimiento de los
modelos de negocio basados en código abierto como una mejor aproximación
al libre mercado. Detrás de esta afirmación descansa un entendimiento
del capitalismo como básicamente idéntico a sus instituciones, es decir
propiedad privada, libre mercado y contratos. Pero esa mirada desecha
otras posibles definiciones de capitalismo que hacen énfasis en el
capital como autoexpansión del dinero, o, en otras palabras, en la
acumulación. Este último punto de vista es central al análisis que hace
Marx del capitalismo, pero también es muy cercano a las preocupaciones
de los ‘capitanes de la industria’. Con esto en mente, puede ser
interesante notar investigaciones de mercado que *señalan que la
adopción de aplicaciones de FOSS* en negocios está comiéndose los
ingresos anuales de vendedores de software propietario en US$60 billones
por año. Crucialmente, las pérdidas del mercado de software propietario
son desproporcionadas con respecto al tamaño de los nuevos mercados de
FOSS, por la simple razón de que mucho de este no se paga. [4]_ De ahí
que la oposición al FOSS por parte de sectores de la industria no sea
necesariamente una postura equivocada, como generalmente se quiso hacer
pasar. Esta oposición alcanzó su clímax en la corte en el caso del Grupo
SCO contra vendedores corporativos de GNULinux que terminó en 2007.
Durante el caso, el oficial ejecutivo del Grupo SCO, Darl McBride,
escribió una carta abierta al Congreso de EEUU donde acusaba a sus
competidores de ser ingenuos al apoyar las licencias FOSS: ‘A pesar de
esto, estamos determinados a llevar estos casos legales hasta el final
porque estamos firmes en nuestra creencia de que la difusión
incontrolada del software de Código Abierto, bajo la GPL, es una amenaza
mucho más seria para nuestro sistema capitalista de lo que las
corporaciones estadounidenses creen.’ [5]_

Por lo menos, estas preocupaciones entre algunas partes de la industria
informática muestran que los desarrolladores de software libre no pueden
adscribirse como meras víctimas insospechadas de la explotación
comercial. Tal vez esté más justificado decir que los hackers, al
ofrecer su trabajo libremente, están chantajeando a las corporaciones
para que adopten y difundan el modelo de desarrollo de FOSS. Ninguna
compañía que responda al imperativo del mercado de reducir costos puede
argumentar contra el trabajo libre (libre como en cerveza gratis). Mi
hipótesis es que la militancia por las licencias libres puede
interpretarse a la luz de la profesión emergente del programador de
computadoras. Esta sugerencia está lejos de ser obvia ya que la
identidad hacker está atada a la noción de ser un hobbista, o, en otras
palabras, un no-profesional, no-empleado. Contradiciendo esta
autoimagen, sin embargo, los números dicen que la mayoría de la gente
que contribuye a proyectos de software libre está trabajando en la
industria informática o se está entrenando para convertirse en
profesionales informáticos (Lakhani & Wolf, 2005). Por lo tanto, no
sería inverosímil conectar los puntos entre los hackers y el mercado
laboral que los espera. En efecto, esta línea de razonamiento ya ha sido
intentada en el famoso artículo de Josh Lerner y Jean Tirole (Lerner &
Tirole, 2002). Ellos trataron de enmarcar el supuesto altruismo de los
desarrolladores de software libre en la presunción de la teoría
económica neoclásica acerca del ‘hombre racional económico’. Los dos
autores concluyen que los hackers regalan código a cambio de nada para
crearse una reputación y mejorar sus chances de ser empleados más tarde.
Sin negar que estos casos puedan existir, no estoy de acuerdo con la
presunción del individualismo metodológico que sostiene su pensamiento.
Cuando digo que las licencias de software libre pueden beneficiar los
intereses laborales de los programadores informáticos, no quiero decir
que es una estrategia racionalmente calculada o que es una explicación
exhaustiva de por qué los hackers licencian su software bajo la GPL.
Además, en contraste con Lerner y Tirole, no pienso que estos intereses
laborales se persiguen exclusivamente a través de estrategias
individuales. Adicionalmente a mejorar su propia reputación, los hackers
individuales contribuyen a cambiar el mercado de trabajo para los
programadores como un colectivo.

Suena contraintuitivo que los programadores mejoren su fuerza de
negociación vis-à-vis las firmas al regalar su trabajo a empleadores
potenciales. Déjenme empezar por regresar a Harry Braverman. Él enfatizó
que el mismo diseño de la fábrica ponía al operador de la maquinaria en
desventaja. El obrero sólo podía emplear sus calificaciones cuando le
daban acceso a la maquinaria. Desafortunadamente, la escala y el modo de
organización de la fábrica ya estaban sesgados jerárquicamente. El
capitalista tenía una ventaja gracias a la propiedad de las máquinas y
los edificios, sin los cuales los obreros no podían emplear sus
habilidades. Los únicos pedacitos de negociación que tenían los obreros
eran sus calificaciones y su conocimiento íntimo del proceso de
producción. Fue así como Braverman explicó también la tendencia de los
capitalistas a desarrollar nuevas tecnologías que reducen el trabajo
calificado. Lo que pasó desde que Harry Braverman hizo su análisis en
los ‘70 es que la fábrica fordista de gran escala se volvió obsoleta en
muchos sectores de la economía. Esto es particularmente verdadero para
la industria informática. Las herramientas productivas (computadoras,
redes de comunicación, algoritmos de software e información) están
disponibles en tales cantidades que se han convertido en el estándar
común en lugar de ser una ventaja competitiva contra otros propietarios
(capitalistas) y un umbral para los no propietarios (obreros). Una horda
de sociólogos industriales y filósofos gerenciales han escrito sobre
esta tendencia desde principios de los ’80 (Zuboff, 1998). Es un truismo
de este cuerpo literario afirmar que los empleados, no el parque fabril,
son en la actualidad el recurso más valioso en una corporación moderna.
Está afirmación está nublada por la retórica, pero su validez puede
probarse contra la adopción de ’acuerdos de no divulgación’ dentro de la
industria informática. Es aquí donde se establece que el empleado no
tiene permitido divulgar información sensible de la firma. Otro tipo de
claúsulas que a veces se incluyen en el contrato de empleo suelen
producir el mismo efecto, es decir, prevenir fugas, prohibir al
programador trabajar en tareas similares para un competidor después de
haber dejado al empleador actual. Estos acuerdos pueden tomarse como
testimonios de que el conocimiento y las calificaciones de los
programadores se están volviendo cada vez más preciosos para que las
firmas quieran controlarlos. Argumentaré que estas prácticas, aunque
tienen muy poco que ver con la regulación del copyright, sin embargo
apoyan mi afirmación de que las licencias propietarias y libres afectan
la posición negociadora de los desarrolladores de software.

La justificación de estos diferentes tipos de acuerdos contractuales es
la necesidad de prevenir la fuga de secretos de negocio hacia la
competencia. No obstante, como un efecto lateral, previene que los
programadores se muevan libremente a otras posiciones similares de su
oficio. Dado que el programador se convierte en un especialista en el
campo en el que está trabajando, puede hacérsele difícil encontrar
trabajo en un puesto distinto. El significado de esta observación se
vuelve más claro si se lo contrasta con el estudio etnográfico de Sean
O’Riain de un grupo de técnicos de software de una firma informática de
Irlanda. Aquí se prueba que es muy difícil para los sindicatos organizar
a estos trabajadores. Ya que los trabajos se proveen a destajo, las
estrategias colectivas de los sindicatos carecen de agarre. Una de las
conclusiones de O’Riain es que la movilidad se convierte en el medio
principal por el que los empleados negocian sus condiciones laborales y
salarios (O’Riain, 2004). Al tener en cuenta este hecho, el significado
de los acuerdos contractuales mencionados arriba debe ser reconsiderado.
Las limitaciones que ponen a la capacidad de los empleados a ‘votar con
los pies’ significa que la firma regana la ventaja. En cuanto al alcance
en que los acuerdos de no divulgación y otras claúsulas son utilizados
en la forma maquiavélica que se esboza aquí, es algo que queda por
investigar empíricamente. Lo que me interesa en este artículo, no
obstante, es que el mismo argumento puede aplicarse a las licencias
propietarias en general.

La propiedad intelectual [6]_ también se justifica por la necesidad de
las firmas de proteger su conocimiento de los competidores. Una
justificación complementaria es que la propiedad intelectual es
requerida para que los productores puedan cobrar por la información a
los consumidores del mercado. Pero la propiedad intelectual también
afecta la relación entre la firma y sus empleados, tema menos discutido.
Puede decirse que las licencias propietarias previenen la movilidad de
los empleados. Asegura que los conocimientos de los programadores queden
encerrados en un estándar propietario del que la firma es dueña. Puede
trazarse un paralelo en cómo el obrero depende del parque de maquinarias
del que el industrialista es dueño. Sin acceso a la fábrica el
trabajador no puede emplear sus habilidades productivamente. En la
industria de la programación, como se mencionó anteriormente, muchas de
las herramientas con las que trabaja el programador están disponibles
como bienes informáticos baratos (computadoras, etc.). De ahí que la
compañía no tiene ventaja sobre el trabajador para proveer estas
instalaciones. Pero cuando el código fuente está encerrado por el
copyright y las patentes de software, se requieren grandes cantidades de
capital para acceder a las herramientas de programación. Como
consecuencia, la licencia de software garantiza a la compañía una
ventaja sobre el trabajadorprogramador. Este razonamiento teorético es
tanto más difícil de probar empíricamente que la afirmación hecha antes
de que las cláusulas en el contrato de empleo podrían usarse para
restringir la movilidad de los trabajadores. Aún más, podría ser en un
orden de magnitud superior en importancia para las condiciones de
trabajo en el sector informático. En efecto, este aspecto de las
licencias propietarias orientado a la producción podría ser tan
significativo como las justificaciones oficiales a favor de la
regulación de la propiedad intelectual, es decir a favor de regular la
relación entre la compañía y sus clientes y competidores. Si mis
razonamientos hasta ahora son correctos, entonces la Licencia Pública
General debería leerse bajo la misma luz. Fui llevado a este pensamiento
cuando leí el estudio autorizado de Glyn Moody sobre el modelo de
desarrollo del FOSS. Hace la siguiente observación acerca de las
condiciones excepcionales de las compañías especializadas en vender
servicios relacionados al software libre:

   “Porque el ‘producto’ es código abierto, y está disponible
   libremente, los negocios deben necesariamente basarse alrededor de un
   tipo distinto de escasez: las capacidades de la gente que escribe y
   provee ese software.” (Moody, 2001)

En otras palabras, cuando el código fuente se hace disponible
públicamente bajo la GPL, las únicas cosas que se mantienen escasas en
el mercado son las habilidades que se requieren para emplear
productivamente las herramientas de software. Y este recurso es
inevitablemente la facultad del ‘trabajo vivo’, para seguir la
terminología de Karl Marx. Es así que los programadores pueden obtener
una ventaja sobre el empleador cuando están negociando sobre su salario
y condiciones laborales. La licencia libre nivela el campo de juego al
asegurar que todos tengan acceso al código fuente. Terranova y
estudiosos similares están en lo cierto cuando señalan que las compañías
multinacionales están en mejor posición para explotar el valor comercial
de las aplicaciones de software libre que cualquier programador
individual. El ahorro que hace IBM al usar Apache en sus servidores es,
medido en números absolutos, muchas veces mayor a los golpes de suerte
de cualquier programador que ha contribuido al proyecto. Aún así, en una
segunda lectura, el programador podría estar mejor si existiera un
mercado de trabajo para desarrolladores de software libre, en
comparación a que no hubiere ocupaciones de este tipo disponibles. Al
publicar software bajo licencias libres, el hacker individual no solo
está mejorando su reputación y expectativa de empleo, como han
enfatizado Lerner y Tirole. También contribuye al establecimiento de un
mercado de trabajo donde las reglas del juego se han reescrito, para él
y para todos los demás de su oficio. Puede interpretarse como una forma
de acción colectiva adaptada al tiempo del individualismo rampante.

Queda por verse si el establecimiento de un mercado de trabajo en
desarrollo de software libre se traduce en mejores condiciones
laborales, salarios más altos y otros beneficios asociados al activismo
sindical. Tal hipótesis debe sustanciarse con datos empíricos. Se
necesita investigación comparativa entre gente trabajando
independientemente como programadores de software libre y aquellos que
trabajan con software propietario. Tal comparación no debe, sin embargo,
enfocarse en aspectos monetarios. Tanto más importante es el costado
subjetivo de la programación. Un ejemplo de esto es el descubrimiento
consistente de que los hackers consideran más divertido participar en
proyectos de software libre que trabajar con código propietario (Lakhani
& Wolf, 2005). Tampoco creo que las estrategias sindicales escondidas
son la única explicación de que los hackers publiquen bajo la GPL. Muy
probablemente, la preocupación por las libertades civiles y un ethos
antiautoritario dentro de la subcultura hacker sean factores más
importantes. Los hackers son un grupo muy heterogéneo para incluirlos a
todos en una sola explicación. Pero me atrevo a decir que la expectativa
de trabajo merece más atención de la que se le ha dado en la prensa
popular y la literatura académica hasta ahora. Aunque no faltan críticas
hacia la regulación de la propiedad intelectual, estas objeciones
tienden a formularse como una defensa de los derechos del consumidor
dentro de la tradición política liberal.

Hay, por supuesto, algunas excepciones dignas de notar. Gente como Eben
Moglen, Slavoj Zizek y Richard Barbrook han reaccionado contra la
ideología liberal implícita en mucha de la charla acerca de Internet y
temas relacionados. Lo han hecho al cortejar la retórica revolucionaria
de la Segunda Internacional. Sus ideas son originales y atractivas y a
menudo ricas en entendimiento. Sin embargo, la retórica revolucionaria
suena extrañamente fuera de lugar cuando se aplica a hackers
pragmáticos. Los militantes del software libre podrían estar mejor si
buscaran un contrapeso a la hegemonía del liberalismo en la rama
reformista del movimiento obrero, es decir en el sindicalismo. Creo que
tal estrategia tendrá más sentido mientras más madure la industria
informática. De acuerdo con la línea general de argumentación de Harry
Braverman, la profesión de ingeniería de software ya ha sido privada de
mucho de su estatus anterior. En efecto, desde los tempranos ‘60, los
escritores de revistas de gerenciamiento han llamado repetidamente al
subyugamiento de los programadores bajo el mismo régimen fabril que
previamente, y en parte a través de la introducción de la maquinaria
informática, había sido impuesto a los trabajadores de cuello azul
(Dafermos & Söderberg, 2009). Con esta historia en mente me gustaría
proponer que la militancia por el software libre, en lugar de caer en la
enmienda de libre expresión de la Constitución estadounidense, pueda
tomar su credo de la ’Declaración de Derechos Tecnológicos’. Esta
declaración fue escrita en 1981 por la Asociación Internacional de
Maquinistas en el medio de un conflicto industrial rabioso:

   “Las nuevas tecnologías de automatización y las ciencias que las
   sostienen son el producto de [un proceso] mundial de acumulación de
   conocimiento que duró siglos. De este modo, los trabajadores y sus
   comunidades tienen el derecho a compartir las decisiones y el
   provecho sobre la nueva tecnología.” (Shaiken, 1986)

Reconocimientos
---------------

El autor quisiera agradecer al editor, Stian Rødven Eide, así como a
Michael Widerkrantz y Don Williams, por sus comentarios constructivos a
los borradores de este artículo.

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.. [1]
   Traducimos “gift economy” por economía del don ya que es el término
   más extendido en castellano y podría decirse más exhaustivo que
   “regalo”. Ver Ensayo sobre el don, de M. Mauss, y El enigma del don,
   de M. Godelier. (Nota de la traducción.)

.. [2]
   Por ejemplo el *Jargon File*, que es considerada la fuente autorizada
   de argot hacker, hace malabares para distinguir entre crackers y
   hackers ‘reales’: http://ur1.caf6o3 (última visita: 27-05-2009).

.. [3]
   No traducimos *libertarian* para no confundir con libertarias de raíz
   anarquista. (Nota de la traducción.)

.. [4]
   El reporte de investigación de mercado al que se hace referencia es
   Tendencias en Código Abierto y fue publicado por el *Grupo Standish*.
   Dado que el acceso a este informe es restringido, la información
   sobre este viene de los medios de noticias (Broersma, 2008)

.. [5]
   http://ur1.caf6o4 (fecha de acceso: 01-11-2009).

.. [6]
   Muchos críticos de la regulación del copyright y las patentes
   rechazan las palabras ‘propiedad intelectual’. En su opinión, estas
   palabras están cargadas de connotaciones que confunden al público. En
   su lugar utilizan las palabras ‘monopolio intelectual’. No estoy
   convencido por este argumento aunque no queda espacio para
   desarrollar mi contraposición aquí. Es suficiente decir que uso las
   palabras ‘propiedad intelectual’ en el artículo porque pienso que la
   asociación a otras formas de propiedad está enteramente justificada.
