   Publicado originalmente en `Culture Machine Vol.
   14 <http://www.culturemachine.net/index.php/cm/issue/view/25>`__
   (2013) como *“Red Plenty Platforms”*. Traducción por fauno y
   corregido por minitrue y KaZe. Publicado bajo la Licencia de
   Producción de Pares con permiso del autor.

Introducción: Abundancia roja
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Poco después de la gran caída de Wall Street del 2008, una novela acerca
de eventos históricos oscuros y remotos proveía un inesperado punto de
discusión sobre la crisis en marcha. Abundancia roja, de Francis
Spufford (2010), ofrecía un recuento ficcionalizado del intento fallido
de los cibernéticos soviéticos de los ’60 por establecer un sistema
completamente computarizado de planificación económica. Mezclando
figuras históricas –Leonid Kantorovich, inventor de las ecuaciones de
programación lineal, Sergei Alexeievich Lebedev, pionero del diseño de
computadoras soviéticas, Nikita Khrushchev, Secretario General del
Partido Comunista– con imaginarias y poniéndolas en acción en los
pasillos del Kremlin, colectivos rurales, fábricas industriales y la
ciudad científica siberiana de Akademgorodok, Abundancia roja tuvo éxito
en la improbable misión de convertir la planificación cibernética en un
libro atrapante. Pero el interés que atrajo por parte de economistas,
informáticas y activistas políticas no fue solo por la narrativa
científica y la intriga política. También le debió mucho al momento en
que se publicó. Al aparecer en medio de la austeridad y el desempleo,
con el mercado global todavía al borde del colapso, Abundancia roja
puede interpretarse de distintas formas: a) como un cuento con moraleja
que al retrotraernos a las debacles soviéticas nos recuerda que el
capitalismo sigue existiendo, aun cuando no funcione del todo bien (“no
hay otra alternativa”); o b) contraintuitivamente, como una recolección
de potencialidades no realizadas, no solo susurrando el pintoresco
eslogan altermundialista “otro mundo es posible”, sino lo que David
Harvey (2010) identifica como la otra posibilidad, más fuerte y
subversiva, la del “otro comunismo”.

Este artículo toma la novela de Spufford como el punto de partida desde
el que examinar las plataformas informáticas que serían necesarias para
una “abundancia roja” contemporánea. No es una discusión sobre los
méritos o deméritos del hacktivismo, la desobediencia digital, los
entramados electrónicos de las luchas, *twits* en las calles o las
revoluciones por Facebook, sino del comunismo digital. Este tema ya ha
sido tratado por una ola de repensadoras de la vida luego del
capitalismo iniciada por la implosión de la URSS en 1989, en propuestas
como “economía participativa” (Albert & Hahnel, 1991), un “nuevo
socialismo” (Cockshott & A., 1993), “socialismo del siglo XXI”
(Dieterich, 2006) o forma de “*commonwealth*” (Hardt & Negri, 2009). Al
contrario de estas fuentes, este ensayo no intenta proveer cianotipos
detallados, a menudo competitivos, para una sociedad nueva, sino lo que
Greg de Peuter llamaba (en una conversación privada), “rojotipos”, es
decir orientaciones aproximativas a posibilidades revolucionarias.

Al discutir informática y comunismo resulta casi imposible escapar a las
acusaciones de abandono de las luchas por un determinismo mecanicista.
Ciertamente todos los modelos automáticos, teleológicos y
evolucionistas, incluyendo las coreografías esquemáticas de fuerzas y
relaciones de producción, deben ser rechazados. Resulta tan importante,
sin embargo, como evitar por el contrario un determinismo humanista, que
exagera la autonomía y el privilegio ontológico del “hombre contra la
máquina”. Aquí, los modos de producción y las luchas que los
convulsionan, son entendidos como combinaciones de agentes humanos y
mecánicos, enredados, híbridos y co-determinados “ensamblajes
deleuzo-delandianos” (Thorburn, 2013).

Es por esto que la estimación que me enviara Benjamin Peters,
historiador de la cibernética soviética, comparando las máquinas que los
planificadores de Abundancia roja tenían a disposición en, digamos 1969,
con la computadora mas rápida de 2019 arroja que el poder de
procesamiento de esta última representará “aproximadamente un aumento de
100 mil millones de veces en operaciones por segundo” resulta excitante,
un hecho que es, como remarca Peters, “no significativo en sí mismo pero
aun así sugestivo”. El argumento que sigue explora esta sugestividad.
Este artículo trata sobre la línea más directa en la continuidad de la
cibernética soviética en cuanto a teorización de formas de planificación
económica basada en algoritmos de tiempo de trabajo y supercomputación.
Ademas discute las preocupaciones sobre el autoritarismo en la
planificación centralizada y como es afectado por los medios sociales y
los agentes de software, antes de pasar a considerar si la planificación
se vuelve redundante en un mundo de autómatas, junto con la copia y la
replicación. Como respuesta parcial a la última pregunta, este artículo
recorre el rol de la cibernética dentro de la bio-crisis planetaria,
concluyendo con algunas observaciones generales sobre la cibernética en
el “horizonte comunista” actual (Dean, 2012). Primero, no obstante,
revisa algunos de los problemas, tanto prácticos como teóricos, con los
que se encontraron los planificadores soviéticos de Abundancia roja.

¿El capitalismo es una computadora?
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Las filósofas digitales sugieren que el universo podría ser una
simulación por computadoras programada por extraterrestres. Sin
involucrarse en esta posición, hay motivos para considerar una
proposición intermedia, es decir que el capitalismo es una computadora.
Esta es la contienda implícita en una de las más serias respuestas
intelectuales al pensamiento comunista, “el problema del cálculo
socialista”, formulado por economistas de la escuela de Austria como
Ludwig von Mises (1935) y Frederick Hayek (1945). Escribiendo en el
período definido por el éxito de la revolución rusa, estos economistas
atacaron las premisas y la factibilidad de la economía centralmente
planificada. Todos los sistemas sociales, reconocían, necesitan una
forma de planificación de recursos. El mercado, sin embargo, funciona
como un plan distribuido, espontáneo, emergente y no-coercitivo –lo que
Hayek llamó la “catalaxia” (1976). Los precios proveen una señal
sinóptica y abstracta sobre condiciones y necesidades cambiantes y
heterogéneas a los que la inversión empresarial responde. Una economía
comandada, en contraste, debe ser a la vez despótica e impráctica,
porque el cálculo de una distribución óptima de recursos escasos depende
de innumerables conocimientos locales sobre las necesidades de consumo y
las condiciones de producción que ningún método central de reporte
podría compilar y evaluar.

Por lo tanto los economistas austríacos ofrecían una versión actualizada
de la “mano invisible” del capital de Adam Smith, ahora reconvertida en
un sistema de información cuasi cibernético:

   Es más que metafórico describir el sistema de precios como una
   especie de maquinaria para registrar el cambio, o como un sistema de
   telecomunicaciones que permite a las productoras individuales
   observar algunos puntos como una ingeniera observa las indicaciones
   de un medidor, para poder ajustar sus actividades a cambios de los
   que no podrían saber más que lo que se refleja en el movimiento de
   precios (Hayek, 1945).

Aunque se refería a las telecomunicaciones y la ingeniería durante el
ultimo año de la Segunda Guerra Mundial, Hayek bien podría haberse
referido a las gigantes *mainframes* del Proyecto Manhattan, porque lo
que estaba proponiendo era que el mercado actúa como un motor de cálculo
automático: una computadora.

Este es, sin embargo, un argumento contra el socialismo de doble filo.
Si el mercado actúa como una computadora, ¿por qué no reemplazarlo por
una? Si la planificación centralizada sufría de un problema de cálculo,
¿por qué no resolverla con máquinas de cálculo reales? Este fue
precisamente el argumento del oponente de Hayek, el economista Oskar
Lange, que refiriéndose en retrospectiva al debate sobre el “cálculo
socialista”, remarcaba: “Hoy mi tarea hubiera sido mucho más simple. Mi
respuesta a Hayek hubiera sido: ¿cuál es el problema? Pongamos las
ecuaciones simultáneas en una computadora electrónica y obtendremos la
solución en menos de un segundo” (Lange, 1967). Este era el proyecto de
las cibernéticas de Abundancia roja, un proyecto motivado por la
realización de que la aparentemente exitosa economía industrial
soviética, pese a sus triunfos en los ’40 y ’50, se estaba estancando en
medio de la incoherencia organizativa y los cuellos de botella
informacionales.

Su esfuerzo dependió de una herramienta conceptual, la tabla de
entrada-salida, cuyo desarrollo está asociado a dos matemáticos rusos:
el emigrado Wassily Leontief, que trabajó en EEUU y el soviético
Kantorovich, protagonista de *Abundancia roja*. Las tablas de
entrada-salida –que recientemente se han descubierto parte del
fundamento intelectual del algoritmo *PageRank* de Google (Franceschet,
2010)– trazan la compleja interdependencia de una economía moderna al
mostrar cómo las salidas de una industria (por ejemplo el acero o el
algodón) proveen las entradas para otras (automóviles o ropa), de forma
que puede estimarse el cambio en la demanda resultante de un cambio en
la producción de bienes. En los ’60 estas tablas eran un instrumento
aceptado por las organizaciones industriales de gran escala: el trabajo
de Leontief incidió en la logística del bombardeo masivo a Alemania por
parte de las fuerzas aéreas estadounidenses. No obstante, se creía que
la complejidad de una economía nacional completa impedía su aplicación a
tal nivel.

Las científicas informáticas soviéticas se propusieron resolver este
problema. Ya en los ’30, Kantorovich había mejorado las tablas de
entrada-salida con el método matemático de programación lineal, que
estimaba, u “optimizaba”, la mejor combinación de técnicas de producción
necesarias para un objetivo. Las cibernéticas de los ’60 intentaron
implementar ese descubrimiento a escala masiva, estableciendo una
infraestructura informática moderna capaz de procesar los millones de
cálculos requeridos por *Gosplan*, la Mesa Estatal de Planificación que
supervisaba los planes quinquenales económicos. Luego de una década de
experimentación, su intento colapsó, frustrado por el lamentable estado
de la industria informática soviética –que al estar dos décadas atrasada
con respecto a los EEUU, se perdió la revolución de la computadora
personal y no desarrolló un equivalente a Internet. Por lo tanto era
totalmente inadecuado para lo que se proponía lograr. Además tenía la
oposición de la *nomenklatura [1]_*, que veía en la planificación
informática una amenaza a su poder burocrático y apuró el abandono del
proyecto (Castells, 2000; Gerovitch, 2008; Peters, 2012).

Este no fue el único proyecto sobre “cibernética revolucionaria” del
siglo XXI. Igual de remarcable fue el intento del gobierno de Salvador
Allende en Chile por introducir una versión descentralizada de
planificación electrónica, el Proyecto *Cybersyn* (Medina, 2011).
Liderado por el cibernético canadiense Stafford Beer, fue concebido como
un sistema de comunicación y control que habilitaría al gobierno
socialista a recolectar información económica y presentarla a quienes
tomaban las decisiones políticas, aun cuando incluía en su tecnología
salvaguardas contra la microgestión estatal y estímulos para discusiones
multilaterales sobre la planificación. Este fue un intento de ingeniería
sociotécnica para el socialismo democrático que hoy en día parece más
atractivo que las maniobras post-estalinistas de las planificadoras
soviéticas. Pero se encontró con un destino más brutal: el Proyecto
*Cybersyn* fue exterminado por el golpe pinochetista de 1973.

La falla de la URSS por adaptarse al mundo del software y las redes
contribuyó a su derrota económica y militar ante EEUU. Su
desintegración, donde, como demostraba Alec Nove (1983), los cuellos de
botella de información y la falsificación de reportes jugaron un rol
preponderante, pareció reivindicar a los economistas austriacos. Las
alabanzas de Hayek a la catalaxia del mercado se volvieron centrales al
“pensamiento colectivo neoliberal” (Mirowski, 2009) que lideró la marcha
victoriosa del capitalismo global.

La presión combinada del desastre práctico de la URSS y el argumento
teórico de la escuela de Austria ejerció una fuerza enorme dentro de lo
que quedaba de la izquierda, presionándola para reducir y redefinir el
límite de sus aspiraciones radicales a, como mucho, una economía de
empresas colectivamente apropiadas, coordinadas por señales de precios.
Las muchas variantes de tal “socialismo de mercado” han provocado el
rechazo de las marxistas que se resisten al intercambio de mercancías.
Tal vez porque le otorgan al mercado las mismas funciones de
procesamiento automático de información que los economistas austríacos y
las socialistas de mercado, pueden tocar temas como la innovación
tecnológica o la disponibilidad de datos públicos, pero no parecen
involucrarse profundamente con las potencialidades de la computación
moderna.

En la actualidad y después de la crisis, decir que los mercados son
máquinas infalibles de información puede sonar menos creíble que un
cuarto de siglo atrás. El parasitario robo energético que subyace a las
transmisiones de señales de precios (es decir la explotación en el
momento de la producción), la incapacidad de los intercambios
individuales de mercancías para registrar las consecuencias colectivas
(las llamadas “externalidades”) y la recursividad de un sistema
crematístico [2]_ que se vuelve sobre sí mismo en la especulación
financiera destacan cada vez mas en el medio de la implosión económica y
ecológica del capital global. Pero la identificación de estas fallas no
excusa a las comunistas de especificar cómo otro sistema de distribución
de recursos podría funcionar, sin caer en la “servidumbre” de la
subyugación estatista que predijo Hayek (1944).

Algoritmos laborales
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A pesar de la caída del socialismo real, la idea de la planificación
central computarizada continuó siendo desarrollada por pequeños grupos
de teóricas, que han avanzado su alcance conceptual mas allá de lo que
habían intentando las cibernéticas soviéticas. Dos escuelas han sido de
fundamental importancia: el “Nuevo Socialismo” de los científicos
informáticos escoceses Paul Cockshott y Alan Cottrell (1993) y la
“Escuela de Bremen” alemana, incluyendo a Peter Arno (2002) y Heinz
Dieterich (2006), el último de los cuales es un militante del
“Socialismo del Siglo XXI” al estilo venezolano. Estas tendencias han
convergido recientemente (Cockshott, Cottrell, & Dieterich, 2010). Sin
embargo, como muy pocas obras de la Escuela de Bremen han sido
traducidas, el foco aquí estará puesto sobre el Nuevo Socialismo de
Cockshott y Cottrell.

La marca distintiva del proyecto del Nuevo Socialismo es el rigor
marxista clásico. De esta forma, la planificación por supercomputadoras
del siglo XXI sigue al pie de la letra la lógica de la Crítica al
Programa de Gotha (Marx, 1970) de finales del siglo XIX, que sugería que
en el primer estadío del comunismo, antes que las condiciones de
abundancia permitan el “a cada cual según su necesidad”, la remuneración
sería determinada por la cantidad de horas socialmente necesarias
requeridas para la producción de bienes y servicios. En el espacio de
trabajo capitalista, las trabajadoras son pagadas por la reproducción de
su capacidad de trabajo y no por el trabajo realmente extraído de ellas.
Esto es lo que permite al capitalismo asegurarse la plusvalía.

La eliminación de este estado de hechos, dicen Cockshott y Cottrell,
requiere nada menos que la abolición del dinero –es decir, la
eliminación del medio general de intercambio que, a través de una serie
de metamorfosis desde y hacia la forma mercancía, crea el valor
auto-expandible que es el capital. En su Nuevo Socialismo, el trabajo
sería remunerado en certificados de trabajo. Una hora de trabajo podría
ser intercambiada por aquellos bienes que requieran la misma cantidad de
tiempo social promedio para ser producidos. Los certificados quedarían
extintos en el acto, siendo incapaces de circular ni ser utilizados para
especular. Como las trabajadoras son retribuidas con el valor social
completo, no habría ganancias ni capitalistas para dirigir la
distribución de los recursos. De todas formas las trabajadoras pagarían
un impuesto que establezca un pozo de recursos en tiempo productivo,
disponible para las inversiones sociales hechas por mesas de
planificación cuyos mandatos serían establecidos por decisiones
democráticas sobre objetivos sociales generales.

El tiempo de trabajo provee “la unidad objetiva de valor” del Nuevo
Socialismo (Cockshott & A., 1993). En este punto son invocadas las
capacidades de la tecnología informática. Tal sistema requeriría la
enumeración del tiempo de trabajo utilizado, tanto directa como
indirectamente, en la creación de bienes y servicios, para evaluar la
cantidad de certificados necesarios y también para habilitar la
planificación económica. La tabla de entrada-salida reaparece, poniendo
especial atención en el tiempo de trabajo, tanto como una entrada
necesaria para la producción de bienes como una salida que requiere a su
vez las entradas del entrenamiento y la educación. No obstante, aquí las
Nuevas Socialistas deben confrontar una objeción básica. Desde la caída
de la URSS se ha aceptado convencionalmente que la escala del
procesamiento de información que intentaron las cibernéticas soviéticas
era simplemente demasiado grande. En los ’80, Nove (1983) sugería que
tal esfuerzo, involucrando la producción de unos doce millones de ítems
discretos, demandaría una complejidad de cálculos de entrada-salida
imposible aun con computadoras. Esto fue repetido en las discusiones
recientes sobre *Abundancia roja*, donde las críticas de la
planificación central sugerían que aun con la “máquina de escritorio”
actual, resolver las ecuaciones tomaría “algo así como mil años”
(Shalizi, 2012).

La respuesta de Cockshott y Cottrell involucra más herramientas, tanto
conceptuales como técnicas. Los avances teoréticos son tomados de ramas
de la ciencia informática que tratan con la abreviación de los pasos
discretos necesarios para completar una ecuación. Tal análisis,
sugieren, demuestra que las objeciones de las oponentes están basadas en
métodos “patológicamente ineficientes” (Cockshott & Zachariah, 2012). La
estructura de entrada-salida de la economía es, dicen, “dispersa” –es
decir, solo una mínima fracción de los bienes son utilizados
directamente para producir cualquier otro bien. No todo es una entrada
para todo el resto: el yogur no es utilizado para producir acero. La
mayor parte de las ecuaciones que se invocan para sugerir complejidades
insuperables son por lo tanto gratuitas. Es posible diseñar un algoritmo
para encontrar atajos en las tablas de entrada-salida, ignorando las
entradas en blanco, repitiendo el proceso iterativamente hasta que se
alcanza un resultado con un orden de precisión aceptable.

El tiempo podría reducirse masivamente por la velocidad de procesamiento
computacional predicha por la Ley de Moore. Sugerir que la planificación
económica de alto nivel se realice en una “máquina de escritorio”
resulta poco sincero. De acuerdo con una comunicación electrónica con
Benjamin Peters, en 1969 (la época de *Abundancia Roja*) el “caballo de
tiro indisputable” de la economía informática soviética era la BESM-6
(“*bolshaya electronicheskaya schetnaya mashina*”, literalmente “gran
máquina calculadora electrónica”), que podría operar a una velocidad de
800.000 flops u “operaciones flotantes por segundo”, es decir, a 8
megaflops, o 10\ :sup:`6` flops. En 2013, no obstante, las
supercomputadoras utilizadas en el modelado climático, testeo de
materiales y cálculos astronómicos generalmente sobrepasan los 10
cuadrillones de flops o diez “teraflops”. La mayor al momento de
escribir este articulo es la Titán de Cray, en el *Oak Ridge National
Laboratory*, alcanzando unos 17,6 petaflops, es decir 10\ :sup:`15`
flops (Wikipedia, 2013b). Las computadoras con una capacidad de 1
“exaflop”, o 10\ :sup:`18` flops, han sido predichas para el 2019 en
China (Dorrier, 2012). Por lo tanto, como dice Peters (2012),
“otorgándole a las soviéticas unos generosos 10\ :sup:`7` flops en 1969,
podemos encontrar que 10\ :sup:`18` - 10\ :sup:`7` = 10\ :sup:`11` … es
decir un incremento de 100.000.000.000 de veces”.

Con estas capacidades, se vuelve plausible la sugerencia de Cockshott y
Cottrell donde los requerimientos computacionales de la planificación
económica de gran escala pueden ser manejados por instalaciones
comparables a las de las estaciones meteorológicas actuales. El
“problema de cálculo”, no obstante, no solo involucra el procesamiento
de los datos sino también su disponibilidad. La crítica de Hayek no pasa
solo por la velocidad imposible con la que las planificadoras
centralistas deberían procesar las cifras económicas, sino que esos
números no existen hasta el momento de la fijación del precio, que
provee una medida de otra forma ausente de performance de la producción
y actividad del consumo. De nuevo, Cockshott y Cottrell sugieren que la
respuesta está en el uso de computadoras para la recolección de
información económica. Escribiendo en los ’90 e invocando los niveles de
infraestructura de red disponibles en la Inglaterra del momento,
sugieren un sistema de coordinación compuesto por unas pocas
computadoras personales en cada unidad productiva, que usando paquetes
de programación estándar procesarían los datos de la producción local y
los enviarían por “teletipo” [3]_ a una instalación de planificación
central, que cada 20 minutos respondería por señales de radio con los
datos ajustados estadísticamente, para ser reutilizados en el nivel
local. Este escenario recuerda mucho al destartalado tecno-futurismo que
nos muestra Terry Gilliam en *Brazil*. Para actualizar a las Nuevas
Socialistas deberíamos referirnos más bien a la iconoclasta visión de
Fredric Jameson sobre *Wal-Mart* como “la silueta del futuro utópico
avecinándose entre la niebla” (2009). El punto es que si por un momento
ignoramos la explotación de trabajadoras y proveedoras, *Wal-Mart* es
una entidad cuyos colosales poderes organizativos modelan los procesos
planificativos necesarios para elevar los estándares globales de vida.
Como Jameson reconoce y otras autoras documentan en detalle
(Lichtenstein, 2006), este poder descansa sobre las computadoras, las
redes y la información. Para mediados de los 2000, los centros de datos
de *Wal-Mart* procesaban activamente más de 680 millones de productos
distintos por semana y más de 20 millones de transacciones de venta por
día, todo esto facilitado por un sistema computacional solo seguido en
capacidad por el del Pentágono. Los escáneres de código de barras y las
computadoras en los puntos de venta identifican cada ítem vendido y
almacenan su información. Las comunicaciones satelitales vinculan a las
tiendas con el sistema central y esta a su vez con las computadoras de
los proveedores, posibilitando el re-abastecimiento automático. La
adopción temprana de los códigos universales de producto llevaron a un
“estadío más alto” requiriendo que todos los productos lleven etiquetas
de Identificación por Radio Frecuencia (RFID) para permitir el
seguimiento de mercancías, trabajadoras y consumidoras dentro y más allá
de la cadena de suministro global.

Wal-Mart resulta importante porque se encuentra “en la vanguardia de un
cambio [4]_ sísmico en el imaginario corporativo”. Es un cambio que
vincula la noción de “revolución de la logística” con la “producción
justo a tiempo” y “aprovecha las tecnologías digitales y cibernéticas
emergentes para la gestión de la producción, distribución y ventas de la
forma más veloz y eficiente” (Haiven & Stoneman, 2009). Este cambio es
estimulado por la emergencia de la “Internet de las cosas”, que
relaciona la información digital con las cosas físicas del mundo real a
través de una red de productos, usuarias y ubicaciones instrumentadas
por sensores. Es habilitada por la difusión de redes inalámbricas 4G y
almacenamiento de datos bajo demanda en “la nube” de empresas como
Amazon. Y especialmente, es habilitada por el moderno protocolo de
Internet llamado IPv6, que aumenta la cantidad de direcciones
disponibles proveyendo identificadores digitales únicos para una
cantidad de cosas “verdaderamente gigantesca, en el orden de los 340
miles de miles de miles de miles de millones”. Esta comunicación de
dispositivo a dispositivo probablemente exceda el volumen de datos del
tráfico entre personas en Internet (Economist, 2010). Como observa
Benjamin Bratton (2013), con tal capacidad de direccionamiento,
combinada con la codificación digital comprimida a niveles
sub-microscópicos, habilita una capacidad virtualmente infinita para la
identificación no solo de cosas y de personas, sino también de los más
elementales componentes de sus relaciones.

Por lo tanto la trayectoria tanto de la velocidad del procesamiento de
información como de la capacidad de recolección de datos apunta a la
supresión del “problema de cálculo socialista”. Sin embargo, hablar de
planificación en contextos panopticistas significa invocar
inevitablemente el miedo al control estatal omniciente. Las Nuevas
Socialistas provienen de un linaje marxista-leninista de vanguardia, con
una perspectiva “jacobina” auto-asumida (Cockshott et al., 2010). Para
empezar a considerar cómo la planificación cibernética podría
desarrollarse en modos más transparentes y participativos, tenemos que
enfocarnos en tradiciones comunistas diferentes.

Agentes comunistas
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Históricamente, la tendencia marxista anti-estatista se ha dado
mayormente bajo la tradición de los “consejos obreros”, que contra los
poderes del Partido y del Estado han insistido en el rol de las
asambleas en el lugar de trabajo como espacio para la toma de
decisiones, la organización y el poder. En el ensayo (antediluviano para
los estándares digitales) *Los consejos obreros y la economía de la
sociedad autogestionada*, que fue escrito en 1957 pero re-publicado en
1972 inmediatamente después del aplastamiento soviético de los consejos
obreros húngaros, Cornelius Castoriadis señalaba la frecuente
incapacidad de esta tradición de abordar los problemas económicos de una
“sociedad totalmente auto-gestionada”. La pregunta, decía, debía
situarse “firmemente en la era de la computadora, de la explosión del
conocimiento, de la onda de radio y la televisión, de las matrices de
entrada-salida”, abandonando “las utopías socialistas o anarquistas de
años atrás” porque “las infraestructuras tecnológicas […] son tan
inconmensurablemente distintas que cualquier comparación resulta
insignificante” (Castoriadis, 1972). Como los planificadores de
Abundancia roja, Castoriadis imagina un plan económico determinado por
tablas de entrada-salida y ecuaciones de optimización que gobiernen la
distribución de recursos (por ejemplo el balance entre inversión y
consumo), pero cuya implementación se encuentre en manos de los consejos
locales. El punto más importante, sin embargo, es que debería haber
varios planes disponibles para la elección colectiva. Esta sería la
misión de la “fábrica de planificación”, una “empresa específica
altamente mecanizada y automatizada” usando “una computadora” cuya
“memoria” podría “almacenar los coeficientes técnicos y la capacidad
productiva inicial de cada sector” (Castoriadis, 1972). Esta fábrica
central estaría soportada por otras estudiando las implicaciones
regionales de planes específicos, las innovaciones tecnológicas y las
mejoras algorítmicas. La “fábrica de planificación” no determinaría
cuáles objetivos sociales deberían adoptarse sino que solo generaría
opciones, analizaría consecuencias y después de que uno de sus planes
haya sido democráticamente seleccionado, lo actualice y revise según sea
necesario. Castoriadis estaría de acuerdo con Raymond Williams (1983)
cuando observaba que no hay nada intrínsecamente autoritario sobre la
planificación, siempre y cuando exista más de un plan.

Esta concepción temprana de la auto-gestión cibernética es precursora de
una visión post-capitalista más reciente, la “economía participativa” o
*Parecon* de Michael Albert y Robin Hahnel (1991). La economía
participativa también emerge de la tradición de los consejos obreros,
aunque de una línea de pensamiento anarquista antes que marxista. Su
obra es famosa por el modelo de “planificación participativa
decentralizada” (Albert, 2003) como alternativa tanto a los mecanismos
del mercado como a la planificación centralizada. Los consejos son, de
nuevo, las unidades societarias básicas para la decisión democrática,
pero en la *Parecon* se incluyen los consejos de consumidoras junto con
los de obreras. La distribución de recursos está determinada por la puja
entre estas organizaciones por diferentes niveles de producción y
consumo, que luego de una serie de rondas de negociación son
reconciliadas progresivamente por las Mesas de Facilitación de
Iteraciones. En las etapas sucesivas del proceso de planificación, los
consejos obreros y de consumo son alentados por las MFI a revisar sus
propuestas con conocimiento de las posiciones mutuas, hasta que exista
una convergencia tal que se pueden someter varios planes posibles a
votación.

La *Parecon* ha sido tema de considerable controversia. Una de las
objeciones más frecuentes es que ejemplifica el problema que Oscar Wilde
identificaba al remarcar que “el socialismo es una buena idea pero toma
demasiadas tardes”, es decir que parece requerir reuniones infinitas.
Hahnel (2008) sugiere que el incremento de la interactividad social es
una característica positiva de la *Parecon*, a la vez que su complejidad
no debería ser necesariamente mayor que muchos de los requisitos
rutinarios de la vida diaria bajo el capitalismo –hacer las compras,
pagar los impuestos, llevar finanzas, etc. Pero pareciera que conducir
los ciclos iterativos y multi-nivel de planificación a una velocidad
suficiente como para lograr algo podría demandar una infraestructura de
red muy sofisticada y un alto nivel de participación mediada por la
tecnología, es decir bancos de datos extensivos accedidos por consejos y
personas individuales, tarjetas electrónicas para la medición del
trabajo y el consumo, software para la preparación de propuestas y
sistemas de inventario justo-a-tiempo para la producción (Albert, 2003).

De hecho la *Parecon* parece reclamar un desarrollo digital posterior a
su propuesta: los *social media*. Una sociedad donde la planificación
colectiva sea participativa, informada, democrática y oportuna
requeriría plataformas comunicativas rápidas, variadas e interactivas
donde las propuestas pudieran circular, ser respondidas breve o
extensivamente, identificando tendencias, estableciendo reputaciones,
generando revisiones y amendas, etc. Demandaría de hecho que *Facebook*,
*Twitter*, *Tumblr*, *Flickr* y otras plataformas de la web 2.0 no solo
se conviertan en operaciones auto-gestionadas por sus trabajadoras
(incluyendo a las prosumidoras no pagas), sino también en foros para la
planificación, en *Gosplán* con *tuits* y *likes*. Además debemos pensar
en estos órganos transformados hacia direcciones ya experimentadas por
las redes sociales alternativas como
`Diaspora <https://diasporafoundation.org/>`__,
`Crabgrass <https://crabgrass.riseup.net/>`__ o
`Lorea <https://lorea.org/>`__ y liberados del ánimo de lucro y el
control centralizado, tomando formas “distribuidas” y “federadas”
(Cabello, 2013; Sevignani, 2013). Convirtiéndose, como proponen Hui y
Halpin (2013), en redes cuyo formato mismo priorice los proyectos
grupales sobre las identidades individuales, o como plataformas de
“individuación colectiva”. No tanto *social media* sino más bien
*council media*\  [5]_.

Aun así la idea de que todo el mundo se encuentre observando la pantalla
de su celular a riesgo de perder, no ya un mensaje de *Facebook*, sino
la votación de la enésima iteración del plan participativo duplica las
características no atractivas de la vida diaria bajo el capitalismo de
alta tecnología. Entonces debemos especular más allá y sugerir que lo
que la planificación decentralizada realmente necesita no son los
*council media* sino las agentes comunistas, las agentes comunistas de
software. Las agentes de software son entidades complejas programadas
capaces de actuar “con un cierto grado de autonomía […] en nombre una
usuaria (u otro programa)” (Wikipedia, 2013a). Tales agentes manifiestan
“orientación a objetivos, selección, priorización e iniciación de
tareas”. Pueden activarse a sí mismas, analizar y reaccionar al
contexto, exhibir aspectos de inteligencia artificial, como el
aprendizaje y pueden comunicarse y cooperar con otras agentes
(Wikipedia, 2013b).

Comercialmente, las “agentes de puja” por software son capaces de
superar consistentemente a agentes humanas tanto que “las humanas están
al borde de perder su estatus como la única especie económica del
planeta” (Kephart, 2002). La habilidad de tales entidades de crear una
“competencia perfecta” en los mercados electrónicos las ha convertido en
las favoritas de los economistas influenciados por la escuela de Austria
(Mirowski, 2002). En tanto compradoras y vendedoras pre-programadas
capaces de procesar grandes cantidades de datos de mercado, las agentes
de software han transformado el comercio electrónico por su habilidad
para buscar rápidamente en Internet, identificar las mejores ofertas,
agregar la información para sus usuarias o, de hecho, realizar compras
autónomamente. Sin embargo, el espacio en el que tales agentes son
excelentes es en el sector financiero, donde la compraventa de alta
frecuencia depende enteramente de “bots” de software capaces de
responder a posibilidades de arbitraje en cuestión de milisegundos.

No podemos evitar preguntarnos qué pasaría si las agentes de software
pudieran manifestar una política diferente. Tomando en cuenta que los
modelos multi-agente pueden pensarse como un medio para responder
problemas de distribución de recursos, Don Greenwood (2007) sugiere que
podrían orientarse a resolver el “problema de cálculo socialista”. En
tanto herramientas de planificación, los sistemas multi-agente tienen la
ventaja sobre los mercados reales de que “los objetivos y restricciones
están pre-especificados por quien diseña del modelo” (Greenwood, 2007).
Es posible diseñar agentes con objetivos macro que involucren más que la
sola maximización del interés individual. La igualdad y la
sostenibilidad ambiental son dos principios “de bienestar” que las
economistas han experimentado con incorporar.

Tal vez debamos concebir los ciclos de decisión de la planificación
democrática como no solo sujetos a debate y deliberación en los *social
media* sino también parcialmente delegados a una serie de agentes de
software comunistas, que absorban las demandas atencionales del proceso,
corriendo al paso de los algoritmos de alta compraventa, barrenando a
través de redes ricas en datos, haciendo recomendaciones a las
participantes humanas (“si te gustó la geo-ingeniería más la
nano-tecnología pero el plan quinquenal no nuclear, también te podría
gustar…”), comunicándose y cooperando entre sí en diferentes niveles,
pre-programadas para umbrales y configuraciones de decisión específicas
(“mantener las emisiones de CO2 por debajo de las 300 partes por millón,
incrementar los ingresos en el quintil inferior… y no aumentar la
cantidad de horas de trabajo necesarias para que podamos tomar café”).
En la era de las máquinas autónomas, así podrían verse los consejos
obreros.

Autómatas, copias y replicadoras
--------------------------------

Aun así, ¿es necesaria la planificación? Los esquemas de planificación
neo-socialistas centralizados tanto como sus contrapartes las
consejistas descentralizadas toman las computadoras como instrumentos de
cálculo y de medición, particularmente en la medición del trabajo. Su
objetivo es abolir la explotación capitalista retornándole a las
trabajadoras el valor completo de su tiempo de trabajo. Sin embargo
existe otra línea del futurismo comunista que entiende a las
computadoras no tanto como instrumentos de planificación sino como
máquinas de abundancia. Podríamos decir que existen dos formas de
ganarle a la catalaxia capitalista de Hayek. La primera es superarla en
capacidad de cálculo. La segunda es demolerla: la escasez es reemplazada
por plenitud, terminando con la necesidad de los precios o la
planificación. Para las marxistas, la “abundancia” cierra la transición
desde la fase “baja” del comunismo, que todavía debe resolver los
problemas de la escasez, a una fase más elevada bajo el principio “de
cada quien según su capacidad, a cada quien según su necesidad”. Una
metáfora popular para las condiciones tecnológicas necesarias para este
último momento es el “replicador” de *Star Trek*, que automáticamente y
con energía infinita provee a las necesidades humanas (Fraise, 2011).
Este ensayo no intenta adjudicar qué nivel de satisfacción de
necesidades debería ser considerado “suficiente” o qué combinación de
crecimiento y redistribución es adecuada para alcanzarlo. Este
seguramente será el problema de las planificadoras colectivas del
futuro. Sin embargo, identificamos tres tendencias cibernéticas que
apuntan hacia esta fase “alta” del comunismo: la automatización, la
copia y la producción de pares.

La automatización ha sido lo más central para el imaginario comunista.
Su postulado clásico es el ahora famoso “Fragmento sobre las máquinas”
de los Grundrisse, donde al observar la fábrica industrial de su tiempo,
Marx (1973, pp. 690-711) predice que la tendencia del capital hacia la
mecanización de la producción y la eliminación consecuente del trabajo
asalariado hará explotar el sistema. El fundador de la cibernética,
Norbert Wiener (1950) vio que su mayor consecuencia sería la eliminación
computarizada del trabajo. Esta tesis digital sobre el “fin del trabajo”
ha sido desarrollada de manera muy clara por pensadoras como Andre Gorz
(1985) y Jeremy Rifkin (1995). Sin embargo, a fines del siglo XX el
capital había evitado notoriamente este escenario. Lejos de automatizar
por completo el trabajo, sale a buscar tanto las reservas globales de
trabajo barato, seguido por una “marcha de los sectores” que impulse un
frente móvil de *comodificación*\  [6]_ del trabajo a través de la
agricultura, la industria y los servicios.

Desde el 2000, no obstante, el debate sobre la automatización se ha
renovado. La reducción continua de los costos computacionales, las
mejoras en las tecnologías visuales y táctiles, las inversiones
militares en drones y vehículos autónomos para las guerras posteriores
al 11 de septiembre, las demandas salariales de las trabajadoras en
China, India y otras fuentes de trabajo barato ha disparado una “nueva
ola de robots… mucho más adeptas que aquellas utilizadas comúnmente por
las automotrices y otras fábricas pesadas”, más flexibles y fáciles de
entrenar, reemplazando trabajadoras no solo en la manufactura sino
también en los procesos de distribución, circulación y servicios, como
el almacenamiento, los *call centers* e incluso el cuidado de personas
ancianas (Markoff, 2012). Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee (2011),
economistas del MIT, han dado la alarma sobre “el ritmo y la escala de
esta usurpación de las capacidades humanas” que está alcanzando un nuevo
nivel con “profundas implicaciones económicas”. Estas preocupaciones se
están haciendo eco entre los economistas *mainstream* (Krugman, 2012).

Dentro del capital, la automatización amenaza a las trabajadoras con
desempleo y aceleración de la producción. Si, sin embargo, no hubiese
una tendencia estructural dominante hacia el incremento en la
productividad que lleve al desempleo o no reduzca el tiempo de trabajo,
la automatización podría disminuir cada vez más el tiempo requerido por
los espacios de trabajo formales. En un marco comunista que proteja el
acceso al valor de uso de bienes y servicios, la robotización crea el
prospecto del salto del reino de la necesidad al de la libertad.
Reintroduce el objetivo, bloqueado tanto por el experimento soviético
stajanovita y por el gremialismo occidental abocado a la lucha salarial,
de liberar el tiempo del trabajo, con todo lo que esto incluye en
términos de auto-desarrollo humano y compromiso comunal.

Juliet Schor (1991) estima que si las trabajadoras estadounidenses
hubieran utilizado sus victorias sobre los incrementos en la producción
en tiempo libre en lugar de salarios más altos, para los 2000 hubieran
tenido una semana laboral de 20 horas. Esto indica la escala del cambio
posible. La “renta básica” ha figurado entre las últimas propuestas de
la izquierda. Ciertamente hay críticas para hacer a esto ya que son
propuestas como estrategias reformistas, con el riesgo de convertirse en
un mero servicio social racionalizado para apoyar la precariedad
neoliberal. Pero sería difícil imaginar un futuro comunista pleno que no
instituya medidas similares para reconocer las reducciones en el tiempo
de trabajo socialmente necesario, hechas posibles por los avances en la
ciencia y la tecnología y que destruyen el problema de cálculo de Hayek
al sustraerle progresivamente la mercancía original capitalista que es
la fuerza de trabajo.

Mientras las robots socavan la centralidad de la relación asalariada, la
Internet presenta una posibilidad paralela que son los bienes sin
precio. Los economistas *mainstream* han reconocido desde hace tiempo
las características anómalas de los bienes informacionales no rivales,
que pueden ser copiados infinitamente con costo nulo, circulados
instantáneamente y compartidos sin detrimento de su valor de uso.
Mientras más se digitalizan las producciones intelectuales y culturales,
las tendencias que convierten la Internet en “un espacio de abundancia”
(Siefkes, 2012) se han vuelto cada vez más problemáticas para el sistema
de precios. El capital ha luchado por mantener la forma mercancía en el
ciberespacio, tanto en sus intentos por imponer la propiedad
intelectual, como por tomar los flujos informacionales como aceleradores
publicitarios para otras mercancías. Sin embargo, la corriente hacia la
*decomodificación*\  [7]_ ha probado ser inerradicable e incluso se ha
intensificado por la capacidad de conducir su circulación por fuera de
servidores centralmente controlados, a través de redes de pares. La
piratería, que abarca la mayoría de la música, juegos, películas y
software digitales distribuidos en Asia, África, América Latina y Europa
del Este (Karaganis, 2011) es la manifestación clandestina y
criminalizada de esta tendencia. El movimiento del Software Libre es su
expresión organizada.

Este último ha sido el foco de la izquierda libertaria desde la
inauguración de la *Free Software Foundation* por Richard Stallman en
1984, que publica código bajo la *General Public License* (GPL)
garantizando a las usuarias la libertad de reutilizarlo, estudiarlo,
modificarlo, redistribuirlo y cambiarlo. Como observa Jacob Rigi (2012)
la llamada “cláusula *copyleft*” de la GPL, que requiere que cualquier
programa que use código GPL sea también GPL, es una “negación
dialéctica” del *copyright*, porque al mismo tiempo que preserva la
propiedad sobre el software la está aboliendo, formulando “un derecho de
propiedad global que incluye a todas”. Este desarrollo fue elaborado por
la organización que hace Linus Torvalds a principios de los ’90 como un
método en línea, voluntario, colectivo y cooperativo para la producción
de software libre. Como dice Rigi (2012), la combinación de la licencia
GPL con la programación colectiva al estilo de Linux “representa la base
del modo de producción de pares”. Rigi ve en esto una instanciación del
“alto comunismo” de Marx que reconoce la naturaleza colectiva del
conocimiento científico y rechaza cualquier demanda basada en la escasez
por la “equivalencia entre la contribución a la producción social y la
participación en el producto social”.

El Software Libre ha alcanzado un éxito práctico considerable (Weber,
2004) mientras que la producción de pares se ha desarrollado en varias
direcciones, con posiciones políticas que van desde los
*libertarians*\  [8]_ capitalistas a posturas progresistas sobre la
nueva “riqueza de las redes” (Benkler, 2006) como suplementarias y
compatibles con los mercados. Pero también hay posturas específicamente
comunistas como las del proyecto *Oekonux* (Meretz, 2012). Incluso la
ecuménica *Foundation for P2P Alternatives* (Bauwens, 2005) abarca todo
el espectro político. Sin embargo, aun cuando se considere al software
libre y la producción de pares como un modo de producción germinal, las
dificultades para cultivar esta semilla se han vuelto visibles. Una de
estas dificultades es la facilidad relativa con la que el capital ha
incorporado esta semilla como una contribución a los procesos de
formación de mercancías posteriores. En efecto, puede decirse que la Web
2.0 ha actuado como contenedora de la “nueva” producción de pares y sus
métodos de circulación, manteniéndolos dentro de la cáscara de las
“viejas” formas de mercancía capitalistas. El otro problema ha sido lo
que Graham Seaman (2002) denomina “el problema del lavarropas”, es decir
la distancia entre la producción virtual y la material, el software
cornucópico y la producción industrial, que parece restringir las
prácticas de pares, aun progresivas, a un pequeño subconjunto de la
actividad económica total.

Durante la última década, no obstante, esta brecha se ha reducido por el
rápido desarrollo de formas de micro-fabricación controlada por
computadora, de las que la impresión tridimensional aditiva es la más
famosa. Pero existen otras, incluyendo las micro-fresadoras sustractivas
y otros dispositivos de ingeniería miniaturizados y digitalizados que
ponen la capacidad industrial dentro del alcance de *hacklabs*, hogares
y comunidades pequeñas. Esto ha provisto las bases para la emergencia de
un movimiento *maker* que vincula estas unidades de manufactura digital
con la circulación en red del diseño, sugiriendo a algunas que “el modo
de producción de pares puede extenderse a la mayor parte de las ramas de
la producción material” (Rigi, 2012). Estas tecnologías también están
asociadas a la proliferación de robots y autómatas de pequeña escala. De
hecho el cáliz sagrado del movimiento *maker* es la replicadora
auto-replicante, la máquina de von Neumann perfecta. La extrapolación de
estas tendencias pone a las *fabbers* y replicadoras de la imaginación
de la ciencia ficción mucho más cerca de realizarse de lo que hasta
ahora parecía posible.

Hasta las *makers* más orientadas al mercado no dejan de reconocer que
estos desarrollos parecen retornar los medios de producción a manos
populares (Anderson, 2012; Doctorow, 2009). Pero como sugiere el ejemplo
del Software Libre, no existe una lógica comunizante intrínseca al
movimiento *maker*, lo que podría muy fácilmente resultar tanto en una
proliferación de micro-emprendorismo como en un común micro-industrial.
En su crítica a las entusiastas progresistas de la producción de pares,
Tony Smith observa que el desarrollo pleno de la producción de pares
basada en los comunes es “incompatible con las relaciones capitalistas
de propiedad y producción” (Smith, 2012). Mientras estas relaciones
persistan, aquellas involucradas en la producción de pares voluntaria
continuarán siendo explicadas en los términos de la relación salarial de
la que dependen. Sus creaciones continuarán siendo apropiadas por el
capital como “regalos libres” y el desarrollo más amplio de estos
proyectos continuará estando famélico de recursos.

Sin embargo, en un mundo donde las inversiones se determinen sin
favorecer sistemáticamente la formación de mercancía del conocimiento y
sin la posibilidad de combinar los bienes comunes con el conocimiento
privativo, la “inmensa promesa emancipadora” de la producción de pares
podría realizarse (Smith, 2012). Como señala Smith, el capital contiene
dentro de sí una tendencia a desarrollar tecnologías “que permiten a
ciertos tipos de valores de uso ser distribuidos en cantidades
ilimitadas a individuos con costos marginales cercanos a cero” (Smith,
2006). “En cualquier forma de socialismo digno de su nombre, los costos
de la infraestructura y el trabajo socialmente necesario para producir
productos como estos serán socializados y los productos serán
distribuidos directamente como bienes públicos gratuitos para cualquiera
que los quiera.” Aunque Smith es escéptico de que esta tendencia
prevalezca “en el futuro cercano” a través de toda la economía, concede
que si así lo hiciera, la experiencia soviética “plagada por las
dificultades de la escasez” se volvería “completamente irrelevante para
el proyecto socialista” (Smith, 2006).

Infraestructuras de conocimiento en el Antropoceno
--------------------------------------------------

Sin embargo, Fraise (2011) sugiere que una sociedad comunista de la
abundancia con alta automatización, software libre y replicadoras
domésticas necesitará más planificación que nunca antes. No para superar
la escasez sino para resolver los problemas de la abundancia, que hoy en
día amenazan las condiciones de la vida misma. El cambio climático
global y un conjunto de problemas ecológicos intervinculados son un
desafío para todas las posturas que hemos discutido. La bio-crisis llama
a la planificación, o al cálculo, pero un cálculo de acuerdo a métricas
que midan límites, umbrales y grados de la supervivencia de las
especies, humanas o no. Al discutir los imperativos de una planificación
eco-socialista, Michael Lowy (2006) señala que requeriría una dirección
social mucho más comprensiva que el mero “control obrero” o incluso la
reconciliación negociada entre los intereses de las trabajadoras y las
consumidoras que sugieren abordajes como los de *Parecon*. Más bien,
implica una reconstrucción profunda de los sistemas económicos,
incluyendo la abolición de ciertas industrias, como la pesca
industrializada o la tala indiscriminada, la reformulación de los
métodos de transporte, “una revolución en el sistema energético” y un
impulso hacia el “comunismo solar” (Lowy, 2006).

Tales transformaciones pondrían a la cibernética sobre dos ejes mayores,
ambos contribuyendo a la bio-crisis actual y a la vez como medios
potenciales para su resolución. En el primero de estos ejes, los costos
ecológicos de las tecnologías digitales nominalmente “limpias” se han
vuelto cada vez más aparentes: los requisitos en energía eléctrica de
los centros de datos de la computación en la nube, la demanda de agua
limpia y minerales de la manufactura de microchips y la prodigiosa
cantidad de basura electrónica tóxica resultante. Convertir a todas las
casas en mini-fábricas *fablab* solo aceleraría la muerte por
calentamiento planetario. Contrariamente a todas las nociones idealistas
de los mundos virtuales, la cibernética es parte inevitable del mismo
sistema industrial cuyas operaciones deben ser puestas bajo escrutinio
en un nuevo sistema de regulación metabólica que apunte a una abundancia
tanto roja como verde.

Sin embargo, los sistemas cibernéticos son también una parte potencial
de cualquier resolución de la bio-crisis. A Vast Machine [Una máquina
vasta] de Paul Edwards (2010) analiza el sistema global de medición y
proyección climatológica, es decir el aparato de estaciones
meteorológicas, satélites, sensores, registros digitales y simulaciones
por computadora masivas que se originaron, como la Internet, durante la
planificación estadounidense de la Guerra Fría sobre el que descansa
nuestro entendimiento del calentamiento global. Esta infraestructura
genera información tan vasta en cantidad y en diversidad de plataformas,
calidad y formas que solo puede ser comprendida a través del análisis
computacional. El conocimiento sobre el cambio climático depende de
modelos computacionales: simulaciones sobre el clima, modelos de
re-análisis, que recrean la historia climática a partir de datos
históricos y los modelos de datos que combinan y ajustan mediciones de
distintas fuentes.

Al revelar la contingencia de las condiciones para la supervivencia de
las especies y la posibilidad de su cambio antropogénico estas
“infraestructuras de conocimiento” sobre gente, artefactos e
instituciones (Edwards, 2010) que no solo miden el clima sino que
también monitorean la acidificación de los océanos, la deforestación,
pérdida de especies o la disponibilidad de agua, también se revela el
punto ciego de la catalaxia de Hayek, donde las bases mismas de la
existencia humana figuran como un “externalidad” arbitraria. El así
llamado “capital verde” intenta subordinar tales bio-datos a las señales
de precios. Resulta fácil señalar la falacia en ponerle precio a eventos
no-lineales y catastróficos. ¿Cuál es el precio apropiado para el último
tigre o el nivel de emisiones de carbono que dispara la liberación
incontrolable de metano? Pero los bio-datos y las bio-simulaciones
tienen que estar incluidas en cualquier noción de planificación
colectiva comunista. Mientras este proyecto apunte a un reino de la
libertad que escape de la necesidad del trabajo, los bienes comunes que
cree deberán serlo con energías más limpias y el conocimiento libre que
circule debe priorizar la regulación metabólica. Los problemas de la
remuneración apropiada por el tiempo de trabajo deben integrarse a los
cálculos ecológicos. Ninguna bio-salida que no reconozca las
aspiraciones de millones de proletarias planetarias de escapar de la
desigualdad y de la miseria tendrá éxito. Pero también las mediciones
laborales mismas deben ser repensadas como parte de un cálculo más
amplio de uso de energía compatible con la supervivencia colectiva.

Conclusión: ¿Por el K-omunismo?
-------------------------------

En la famosa, o notoria, comparación entre “el peor de los arquitectos”
y “la mejor de las abejas”, Marx (1964) veía al primero distinguirse por
su habilidad por “erigir en la imaginación” la estructura a crear. Hoy
en día, con nuestro conocimiento sobre las comunidades de abejas, esta
distinción hiede a antropocentrismo. Aun así, junto a abejas, castores y
otros primates, la especie humana manifiesta una capacidad de
planificación hipertrófica. La experiencia soviética de la que las
cibernéticas caracterizadas en Abundancia roja formaban parte fue solo
una instanciación estrecha, históricamente específica y trágica de esta
capacidad, cuyo autoritarismo ocluye el punto más crucial del concepto
marxista de planificación. Es decir, su propósito es ser un medio de
elección comunal con una variedad de trayectorias entre las cuales
podría darse un devenir colectivo en tanto especie humana
(Dyer-Witheford, 2004).

Un nuevo comunismo cibernético, en sí una de estas opciones,
involucraría algunos de los elementos siguientes: el uso de las
super-computadoras más avanzadas para calcular algorítmicamente el
tiempo de trabajo y los recursos necesarios a niveles globales,
regionales y locales entre múltiples caminos posibles de desarrollo
humano; la selección entre estos caminos mediante una discusión
democrática en capas, conducida a través de asambleas que incluyan redes
digitales socializadas y enjambres de agentes de software; actualización
a velocidad de la luz y revisión constante de los planes seleccionados
por flujos de *big data* tomados de la producción y el consumo; el
pasaje de cada vez más bienes y servicios al reino de lo libre o la
producción directa de valores de uso una vez que la automatización y los
comunes *copyleft* de pares se establezca; una información del proceso
completo por parámetros establecidos a través de simulaciones, sensores
y sistemas satelitales que midan y monitoreen el intercambio metabólico
de la especie con el ambiente planetario.

Este sería un comunismo heredero de los “soviets más electricidad” de
Lenin, con raíces en el futurismo rojo, el constructivismo, la
tectología y la cibernética, unidas a los imaginarios de ciencia ficción
de izquierda de autoras como Iain M. Banks, Ken McLeod y Chris Moriarty.
Sería una matriz social llevando a formas cada vez más sofisticadas de
inteligencia artificial a convertirse en aliadas de la emancipación
humana. Para aquellas que temen la marcha de las máquinas hay este
consuelo: cualquier singularidad que emerja de estas redes no será la de
entidades programadas para la expansión ilimitada del lucro y la defensa
militar de la propiedad, sino para el bienestar humano y la protección
ecológica. Un comunismo tal está en consonancia con una política
aceleracionista de izquierda que, en lugar de anarco-primitivismos,
localismos defensivos y nostalgia fordista, “puja hacia un futuro más
moderno, una modernidad alternativa que el neoliberalismo es
inherentemente incapaz de generar” (Williams & Srnicek, 2013). Si
necesita un nombre, puede tomarse el prefijo K- con el que algunas
designan las empresas kibernéticas y llamárselo *komunismo*. El espacio
de posibilidad para tal comunismo existe ahora entre las líneas
convergentes del colapso de la civilización y la consolidación
capitalista. En este pasadizo estrechándose el comunismo no surgirá de
ninguna lógica teleológica sino pieza por pieza a través de innumerables
conflictos y rupturas sociales, como un modo de producción
post-capitalista emergiendo en el contexto de la crisis masiva del siglo
XXI, ensamblándose a sí mismo desde un centenario de historia comunista
de computación no-lineal, para crear las plataformas de una futura
abundancia roja.

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.. [1]
   Lista o clase de personas selectas que conformaban el alto mando de
   la burocracia sovietica. (Nota de la traducción.)

.. [2]
   Conocimientos y estudios referidos a la producción y la distribución
   de la riqueza. (Nota de la traducción.)

.. [3]
   Red similar a la telefónica, utilizada para la transmisión de datos
   mecanográficos. (Nota de la traducción.)

.. [4]
   *Shift* en el original, como en cambio de paradigma. (Nota de la
   traducción.)

.. [5]
   *Council* significa consejo en inglés (Nota de la traducción.)

.. [6]
   Transformación de bienes, servicios, ideas y otros conceptos en
   mercancía. (Nota de la traducción.)

.. [7]
   Del ingles *decommodification*, debe interpretarse como la intención
   de transformar un bien, servicio o idea en algo inmune a la
   *comodificación*. (Nota de la traduccion.)

.. [8]
   No traducimos *libertarian* para no confundir con libertarias de raíz
   anarquista. (Nota de la traducción.)
